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A 80 años del asesinato de Trotsky

José Luis Hernández Ayala

Militante de la Coordinadora Socialista Revolucionaria

A 27 de agosto de 2020

 

Cuando el sistema capitalista se encamina hacia la mayor crisis de su historia, se hace más urgente estudiar a Trotsky para poder transformar al mundo y no repetir los errores del pasado en la construcción del socialismo.

Comencemos con dos advertencias:

1.- En México existe más de una decena de organizaciones que se reclaman del trotskismo, en lo personal mantengo buenas relaciones personales con varias de ellas, pese a diferencias políticas. Esto significa que, aunque existe un solo Trotsky, existe una gran diversidad de intérpretes que consideran ser sus auténticos herederos.

2.- En nuestra opinión es preferible adoptar una postura laica y crítica. Nuestro Trotsky no fue un ser infalible. Aunque el balance de la historia le es completamente favorable, Trotsky fue un ser humano con virtudes y defectos y, como todo revolucionario, cometió no pocos errores políticos.

Aunque la vida y obra de León Trotsky es imposible de resumir en unas cuantas palabras, haremos una exposición sintética de las principales lecciones de su obra revolucionaria que conservan toda su vigencia.

El centralismo democrático

En 1903, como joven integrante del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSR), Trotsky se encontró en medio de una fuerte polémica entre Lenin y Mártov sobre el tipo de partido que se debía construir: uno basado en una férrea disciplina de cuadros revolucionarios o una organización masiva pero laxa en cuanto a disciplina y formación política. Cabe aclarar que la concepción del centralismo democrático de Lenin nada tenía que ver con la concepción ultracentralista y antidemocrática de los partidos estalinistas, el POSR estaba integrado por dos fracciones públicas (Bolcheviques y Mencheviques) y al interior de cada una de ellas existían diversas corrientes o tendencias.

Aunque Trotsky era partidario de un partido eficiente y organizado, le causaba resquemor el tipo de centralismo propuesto por Lenin, aunque estuviera, en parte, justificado por la existencia de un régimen dictatorial. En su folleto de 1904 “Nuestras tareas políticas”, concluyó que el centralismo leninista podría conducir a que: “La organización del partido sustituye al partido, el Comité Central sustituye a la organización y, por último, el secretario general sustituye al Comité Central”. Años más tarde, al iniciar su lucha contra Stalin, Trotsky renegó de su análisis de 1904 y afirmó que fue Lenin quien tenía razón y no él. Ciertamente sin la existencia de un partido altamente centralizado y disciplinado, la revolución rusa nunca hubiera sido imposible, pero llevar el centralismo a un grado extremo, tuvo como resultado la previsión de Trotsky.

Esta diferencia dio pie a la separación de Trotsky con la fracción representada por Lenin y se mantuvo al margen de bolcheviques y mencheviques hasta 1917.

La teoría de la Revolución Permanente

La inexistencia de una revolución burguesa en la atrasada Rusia zarista, planteó a los revolucionarios rusos cuestionarse cuál sería el carácter de una próxima revolución. Los bolcheviques entendían que la revolución rusa en curso no podía triunfar sino bajo una dirección política obrera, a pesar del carácter democrático-burgués de la misma y a pesar de que no podía por el momento salirse del marco de las medidas compatibles con el capitalismo. La táctica de los trabajadores sería apoyada por los campesinos, que sólo podrían deshacerse de los terratenientes y obtener la tierra con el triunfo completo de la revolución. Los campesinos eran, por tanto, los aliados naturales del proletariado. En cambio, la burguesía no estaba interesada en el triunfo completo de la revolución, ya que necesitaba del zarismo contra los intereses obreros y campesinos, cuyo triunfo temía. Así, al alcanzar profundidad la revolución democrática, la burguesía le volvería la espalda y la masa campesina en unión con los obreros tendría que enfrentar no sólo a la autocracia sino a la burguesía.

Para los mencheviques, en cambio, puesto que se trataba de una revolución burguesa, ésta sólo podía tener como vanguardia a la burguesía liberal y por tanto era ella, y no el campesinado, el aliado fundamental de los obreros. No se podía asustar a la burguesía liberal ni darle pretexto para volver la espalda a la revolución, la cual fracasaría si la burguesía liberal se apartaba de ella. A la clase obrera le correspondía el papel de «oposición revolucionaria extrema» y a la burguesía, el gobierno y la realización de la revolución democrática.

La derrota de la revolución rusa de 1905, en la cual participó como presidente del Soviet de Petrogrado, llevó a Trotsky, junto con el revolucionario alemán Parvus, a elaborar una profunda reflexión teórica para explicar el papel jugado por las diferentes clases sociales y definir cuáles serían las principales fuerzas motrices de una nueva revolución.

En primer lugar, concluyó que el atraso de burguesía rusa, con respecto a sus congéneres de los países capitalistas avanzados y frente al potencial revolucionario de la clase obrera y del campesinado, le habían amputado todo potencial revolucionario y era incapaz, por sí misma, de enfrentar a la autocracia zarista y ponerse a la cabeza de la nación. “Para los países coloniales y semicoloniales, la teoría de la revolución permanente significa que la resolución íntegra y efectiva de sus fines democráticos y de su emancipación nacional tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado, empuñando éste el poder como caudillo de la nación oprimida y, ante todo, de sus masas campesinas.”

“La conquista del poder por el proletariado no significa el coronamiento de la revolución, sino simplemente su iniciación… La edificación socialista sólo se concibe sobre la base de la lucha de clases en el terreno nacional e internacional. El triunfo de la revolución socialista es inconcebible dentro de las fronteras nacionales de un país.”

La semilla de la teoría de la Revolución Permanente de Trotsky puede encontrase en el balance que hicieron Marx y Engels de la fracasada Revolución Alemana de 1848, en su célebre “Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas”, de marzo de 1850.

La Primera Guerra Mundial

El estallido de la Primera Guerra Mundial produjo un encontronazo dentro de las filas de la II Internacional. Ante esta guerra de rapiña entre potencias imperialistas para hacer un nuevo reparto del mundo, el ala derecha de socialdemocracia optó por una política patriotera, “defensista” le llamaron, para proteger los intereses de su propia burguesía. El ala izquierda, representada por Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo (que no asistió por estar encarcelada) y un puñado de socialistas alemanes, franceses, italianos, polacos y suizos, se reunió en 1915, en Zimmerwald, Suiza, para condenar la guerra imperialista, llamar a la revolución mundial y construir una nueva internacional. El encargado de redactar el manifiesto final fue León Trotsky.

La Revolución de febrero de 1917 en Rusia

El alto costo en vidas humanas y miseria causada por la guerra imperialista, destruyó toda la legitimad de la autocracia zarista y creó las condiciones para la sublevación de las masas. El régimen monárquico zarista fue derrocado, su lugar fue ocupado por un gobierno provisional dirigido por el príncipe Lvov y finalmente se estableció un gobierno burgués, encabezado por el “socialista” Alejandro Kerensky.

La Revolución de febrero de 1917 revivió el viejo debate sobre el carácter de la nueva revolución. La discusión al seno del partido bolchevique, sobre cuál debería ser la postura del partido ante el gobierno provisional, provocó fuertes diferencias entre los que proponían “conciliar” con el nuevo gobierno y los que proponían fortalecer el poder de los Sóviets y establecer un gobierno obrero y campesino. Lenin, en sus famosas “Tesis de Abril”, coincidió con Trotsky en que no cabía albergar ninguna ilusión con la burguesía rusa y de que solo un gobierno obrero y campesino podría cumplir con las tareas democrático burguesas pendientes y terminar con la guerra. La conferencia de abril llamó a luchar contra el Gobierno provisional con la consigna «paz, pan y tierra» y de entregar «todo el poder a los Soviets»

El Sexto Congreso del partido —celebrado clandestinamente entre el 26 de julio y el 3 de agosto de 1917— llamó a derrocar al Gobierno provisional y preparar la insurrección armada. En este congreso, participó el pequeño grupo «Interdistrital», con amplia influencia en Petrogrado, al que pertenecían Trotsky, quien el 30 de septiembre volvió a ser electo presidente del Soviet de Petrogrado, Lunacharski, Uritski, Riazánov, Yurénev, Manuilski y otros internacionalistas destacados que declararon su acuerdo con la política de los bolcheviques, se les unieron.”

Gracias al fuerte enraizamiento del partido bolchevique entre las más amplias capas de la clase trabajadora, de una correcta interpretación de los acontecimientos, de la voluntad unitaria de sus principales líderes y, sobre todo, de un pueblo auto organizado en sóviets y armado, es que fue posible el triunfo de la revolución.

Un gran equipo de dirección

Lenin y Trotsky fueron los líderes centrales de la Revolución Rusa, pero no fueron los únicos. Es muy justo reconocer que junto con ellos participó una brillante generación de ilustres revolucionarios como Alejandra Kollontai, Natalia Krúpskaya, Yakov Sverlov, Smilga, Lev Kamenev, Gregori Zinoviev, Adolf Joffe, Riazanov, Nicolás Bujarin, Preobajensky, Smilga, Elena Stásova, Noguin, Fedorov, Miliutin, Antónov-Ovséyenko y mucho otros. Ellos y ellas conformaron un poderoso equipo de dirección que logró una de las proezas más grandes de la humanidad: crear el primer estado obrero de la historia.

Las bases materiales que permitieron la burocratización

Apenas establecido el nuevo gobierno revolucionario de inmediato sufrió el acoso de las fuerzas imperialistas y de la reacción rusa. El imperialismo alemán continuó la guerra en contra del joven estado obrero hasta la firma del tratado de paz de Brest-Litovsk, luego el país se vio envuelto en una guerra civil y después vino la invasión imperialista en donde el Ejército Rojo, creado y dirigido por León Trotsky, se enfrentó y venció a 13 naciones en 11 frentes de batalla.

Al final la revolución triunfó en un país atrasado, aislado del resto del mundo y devastado por una guerra en la que murieron millones de personas, incluidos cientos de los mejores cuadros del partido bolchevique. Los bolcheviques se encontraron con las peores condiciones qua jamás pudieron concebir para iniciar la construcción del socialismo. La prolongada escasez de alimentos y de artículos de primera necesidad fueron creando las condiciones materiales para el surgimiento, en el seno del estado, de una casta privilegiada de funcionarios. “Baste recordar que el número de funcionarios, que ascendía a 800.000 en 1913 con el régimen zarista, paso a 7.300.000 en tiempos de la NEP, instaurada en 1921; y aún quedan por sumar los funcionarios del Partido, sindicatos y cooperativas. Según el acertado diagnóstico de Rakovsky, el trotskista más eminente de todos, la burocracia se había transformado en “una nueva categoría social”.

Las bases políticas de la burocratización

La tendencia hacia la burocratización se inició desde los primeros días de la Revolución, en 1918 Rosa Luxemburgo advirtió que el excesivo centralismo del partido conducía a desviaciones como la siguiente: “Unas docenas de jefes del Partido, de inagotable energía y de un idealismo ilimitado, dirigen y gobiernan. Entre ellos, la dirección se halla en realidad en manos de una minoría de hombres de cerebro eminente, que de vez en cuando convocan a una élite de la clase obrera para reunirse y aplaudir los discursos de los jefes y votar por unanimidad las resoluciones que se les presenta. Es, pues, en el fondo, un gobierno de camarilla, una dictadura, es cierto, mas no la dictadura del proletariado…”.

Revertir esta tendencia a la burocratización no era fácil en medio de la guerra y la penuria. Existía en los bolcheviques el temor de que el antídoto de una mayor democracia y la consolidación del poder popular, podrían ser aprovechados por la reacción para recuperar terreno político y menos cuando el llamado a la revolución mundial se hizo imposible luego del fracaso de la revolución alemana. Es por ello que en diciembre de 1919 “Trotsky lanza una propuesta al comité central para militarizar el trabajo hasta alcanzar una mayor productividad y, para eso, propone un estado de excepción en el mundo laboral suprimiendo todas las libertades sindicales y empleando si fuera necesario al ejército. Lenin no concuerda plenamente con Trotsky, pero sostiene la forma de nombramientos de jefes y gerentes en las empresas, la supresión del control obrero, y defiende que el papel del sindicato en la transición al socialismo es de educadores al servicio del Estado socialista.”

En su contra se organizó la tendencia “Oposición Obrera”, liderada por Alejandra Kollontai y el dirigente metalúrgico Alejandro Shiliapnikov, abogaron por reforzar el papel de los sindicatos en la dirección de la economía soviética. Propusieron entregar la dirección de la economía a un Congreso de Productores; establecer la dirección de las empresas y fábricas por los sindicatos; y elegir a los principales administradores por voto directo de los trabajadores. El Congreso del partido ordenó disolver este grupo y aunque en 1922 sus integrantes apelaron esta decisión ante la Internacional Comunista, la apelación fue rechazada. Shliápnikov fue forzado a renunciar a su cargo de dirigente sindical y enviado a trabajar en la embajada soviética en París.

El objetivo de Lenin y Trotsky de relanzar el aparato productivo soviético se cumplió, pero a costa de liquidar la autonomía y democracia de las organizaciones sindicales.

La tragedia de Krostand

“Los sucesos de Kronstadt van a suponer un punto de inflexión en el proceso que se había abierto en febrero de 1917 con la caída del zarismo. Los hechos que se produjeron son muy conocidos; la situación en Petrogrado era insostenible para miles de obreros y sus familias. En febrero de 1921 numerosas fábricas fueron a la huelga, los marineros de Kronstadt que habían sido decisivos en octubre de 1917 para la llegada al poder de los bolcheviques, se solidarizaron con el movimiento y comenzó una rebelión. Los puntos que pedían eran casi los mismos que el programa de los soviets cuatro años antes: elecciones libres para los soviets, libertad de expresión y prensa para los partidos socialistas, anarquistas o campesinos; libertad de reunión para los sindicatos obreros, liberación de los presos políticos; abolición de los comisarios políticos dentro del ejército, etc, etc. Se creó un comité formado exclusivamente por obreros y marineros de Kronstad, en él estaban representadas diferentes tendencias políticas.”

“El 4 de marzo se realizó una asamblea entre los máximos representantes bolcheviques, entre ellos Zinoviev, con obreros en huelga y marineros, pero lejos de llegarse a un acuerdo, las posturas se fueron radicalizando. Los anarquistas Emma Goldman y Alexander Berkman fueron propuestos por los trabajadores para mediar en el conflicto, pero el 7 de marzo de 1921, el Ejército Rojo empezó a bombardear Kronstadt. Diez días más tarde y después de rendirse a las tropas de asalto, comenzó una matanza injustificada. Victor Serge y muchos miembros del partido quedaron horrorizados.”[1]

Adicionalmente se suprimieron el derecho de prensa, la legalización de todo partido de oposición y la formación de tendencias dentro del partido. Desde este momento quedó allanado el camino para la consolidación de una casta burocrática completamente ajena a la clase trabajadora y del centralismo democrático sólo quedo el centralismo concentrado en una sola persona: José Stalin.

Una última oportunidad perdida

Desde su lecho de enfermo, Lenin observaba desesperado los acontecimientos, escribió numerosos artículos proponiendo reforzar la “inspección obrera y campesina” en los asuntos del Estado, condenó duramente la política represiva de Stalin hacia los georgianos, amenazó con romper sus relaciones personales con Stalin por el trato dado a su esposa, escribió un testamento político en donde sugirió que se le removiera del puesto de secretario general y, finalmente, le propuso a Trotsky un pacto para combatir a Stalin pero, lamentablemente, la muerte le impidió continuar en esta, su última batalla, como la denominó el historiador Moshe Lewin.

En mi opinión esta fue la última oportunidad que tuvieron tanto Trotsky como muchos otros bolcheviques para enfrentar a Stalin, pero no supieron actuar con la suficiente astucia, energía y espíritu conspirativo como lo hubiera hecho Lenin. Quizás este esfuerzo al final hubiera sido del todo inútil, dado el avanzado estado de descomposición del estado soviético, pero a pesar de todo fue una oportunidad que dejaron escapar. Después de la muerte de Lenin, el 21 de enero de 1924, Trotsky prefirió dedicar su tiempo a escribir numerosos artículos en lugar de conspirar en contra de Stalin y cuando lo hizo ya fue demasiado tarde.

Tampoco comparto el cuestionamiento hecho a Trotsky de por qué no dio un golpe de estado a Stalin, él mismo respondió que lo hubiera podido hacer, pero que eso lo hubiera hecho igual a Stalin y le hubiera restado toda autoridad para restablecer la democracia proletaria.

Mientras tanto Stalin no perdía el tiempo. Supo jugar con todas las oposiciones que surgieron, enfrentando a unos contra otros: se sirvió de Zinoviev y Kamenev para apartar a Trotski, que acabó siendo deportado para terminar asesinado en México; luego liquidó a Zinoviev y Kamenev, valiéndose de Bujarin y Rikov, los cuales se vieron después fusilados junto con toda la vieja guardia bolchevique. Sólo subsistieron los más dóciles, es decir, los más mediocres.

La revolución traicionada

En 1937 Trotsky escribió una de sus obras más trascendentales, La Revolución Traicionada, en ella analiza cómo los resultados de una economía planificada, a pesar de su deformación burocrática, son muy superiores a los que puede ofrecer la anarquía capitalista; lo absurdo de intentar desaparecer las leyes del mercado por decreto y la posibilidad de extinguirlas mediante el desarrollo de las fuerzas productivas controladas democráticamente por la sociedad; que el régimen de Stalin fue la antítesis del verdadero socialismo; aunque fue Lenin y Cristian Rakovsky (con su célebre opúsculo“Los Peligros Profesionales del Poder”), los primeros en advertir de la degeneración burocrática de la URSS, Trotsky fue mucho más allá al analizar la naturaleza de la nueva casta burocrática que usurpó el poder soviético; lo anterior le permitió profetizar que “cuanto más largo sea el tiempo que la URSS permanezca rodeada por un medio capitalista, más profunda será la degeneración de los tejidos sociales. Un aislamiento indefinido provocaría infaliblemente no el establecimiento de un comunismo nacional, sino la restauración del capitalismo.” Finalmente, la burocracia estalinista pasó de ser una casta a convertirse en una nueva clase capitalista. Así se consumó la restauración capitalista de 1992 en la ex Unión Soviética.

Trotsky y México

El arribo de Trotsky a México no fue obra de la casualidad y menos cuando casi todos los países del mundo se negaban a darle visado, ya sea en abierto rechazo a sus ideales revolucionarios o para no confrontarse con los países imperialistas o con el régimen de Stalin.

Para el gobierno del General Lázaro Cárdenas del Río, que reivindicaba una política nacionalista, otorgar el asilo a Trotsky le brindaba la oportunidad de tomar distancia tanto de imperialismo norteamericano como de la mal llamada “potencia socialista”. La única condición que el General Cárdenas le impuso a Trotsky, fue la de no inmiscuirse en los asuntos políticos de México, condición que fue cumplida al pie de la letra.

No obstante, como gran teórico revolucionario, Trotsky no podía evitar analizar y caracterizar al régimen político encabezado por el General Cárdenas, después de la expropiación de los ferrocarriles y de la industria petrolera de 1938, en los siguientes términos:

 “En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al prole­tariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno gira entre el capital extran­jero y el nacional, entre la relativamente débil burgue­sía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista “sui generis”, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capitalismo extran­jero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ga­nando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros. La actual política [del gobierno mexicano] se ubica en la segunda alternativa; sus mayores conquistas son la expropiación de los ferrocarriles y de las com­pañías petroleras”. (La industria nacionalizada y la administración obrera. 12 de mayo 1939).

La caracterización de Trotsky del gobierno cardenista como un régimen bonapartista “progresista” es completamente certera y de gran actualidad. Trotsky no era ningún dogmático y comprendía que la teoría de la Revolución Permanente no significaba que todos los regímenes burgueses semicoloniales estaban destinados a claudicar ante las potencias imperialistas. En México no fue la burguesía, débil y timorata, la que se confrontó con el imperialismo, fue un régimen emanado de una revolución, el que tuvo la visión de aprovechar una coyuntura histórica favorable para ponerse al frente de las masas y arrancarle una mayor tajada de plusvalía a los imperialistas para impulsar el desarrollo nacional.

En consecuencia, Trotsky y todas las organizaciones de la IVa Internacional, apoyaron la política nacionalista del General Cárdenas, con todas sus limitaciones, en contra del imperialismo. “Partiendo del carácter progresivo y antiimperialista de las reformas introducidas por el gobierno de Cárdenas, Trotsky planteaba que, en un contexto donde el proletariado –pese a jugar un papel económico y social importante– se encontraba rodeado de un mar de campesinos, y ambos tenían ilusiones en el gobierno de Cárdenas, la única táctica viable para los trotskistas era establecer un frente único con el movimiento de masas que se agrupaba alrededor del presidente Lázaro Cárdenas, a condición de no mezclar las banderas y de conservar su libertad de crítica. Esta era la única manera de no aislarse de las masas y agrupar a la vanguardia de trabajadores avanzados.[2]

Trotsky agrega: “Sin sucumbir a las ilusiones y sin temer a las calumnias, los obreros avanzados apoyarán completamente al pueblo mexicano en su lucha contra los imperialistas. La expropiación del petróleo no es ni socialista ni comunista. Es una medida de defensa nacional altamente progresista…”

En contraste, el grupo trotskista mexicano Liga Comunista Internacionalista (LCI), dirigido por Luciano Galicia (que posteriormente fue Secretario del Exterior del Sindicato Mexicano de Electricistas) adoptó una política ultraizquierdista que hoy en día nos suena muy familiar en varios grupos que se reivindican “trotskistas”, desdeñando las ilusiones democráticas de las masas y atacando de manera sectaria al gobierno de Cárdenas por indemnizar a los antiguos dueños de los ferrocarriles y a las compañías petroleras.

Trotsky escribió a sus partidarios: “Vuestra participación en el mitin aquí tuvo un resultado «inesperado». Galicia, en nombre de la Liga restaurada, publicó un manifiesto en el cual atacaba a Cárdenas por su política de compensar a los capitalistas expropiados y colocó este manifiesto principalmente en los muros de la Casa del Pueblo. Tal es la ‘política’ de esta gente”. (Por la reorganización de la sección mexicana. 15 abril 1938).

“Ante el peligro de caer en el descrédito y de ver ensuciada la bandera de la IV Internacional delante de los obreros y campesinos mexicanos, Trotsky rompió con los ultraizquierdistas y el Departamento Latinoamericano de la Cuarta Internacional acordó reorganizar la sección mexicana. La propia Conferencia fundacional de la IV Internacional, celebrada unos meses después, condenó las actividades del grupo de Galicia y ratificó su expulsión de las filas de la IV Internacional.”[3]

Vale aclarar que posteriormente el camarada Galicia, con quién tuve el grato honor de militar durante un breve tiempo al final de su vida, regresó a las filas de la IVa Internacional, lamentando su pasado ultraizquierdista.

Nuestro mejor homenaje a León Trotsky no es reivindicarlo en abstracto para justificar políticas sectarias u oportunistas, sino aplicando el método marxista de hacer política revolucionaria. Este es el objetivo de toda la militancia de la Coordinadora Socialista Revolucionaria de México.

[1] Jesús Jaen, Viento Sur 30-1-2020, https://vientosur.info/en-el-80-aniversario-de-la-muerte-de-emma-goldman/

[2] David Rey https://www.marxist.com/trotsky-y-lucha-antiimperialista-america-latina.htm

[3] Ibid