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Chile: «La clase se está constituyendo a sí misma en este proceso

Por Alexandre Guérin. Tomado de Viento Sur

[Karina Nohales es integrante de la Coordinadora Feminista 8M, y Javier Zuñiga forma parte del Movimiento por el Agua y los Territorios. Ambos participan en Unidad Social, espacio amplio que ha asumido el debate de la Huelga General y pretende posicionarse como actor legitimado por el movimiento. El autor habla con los dos activistas sociales sobre la situación de los últimos días y las perspectivas políticas de la clase trabajadora en Chile].

¿En qué punto estamos de la movilización en Chile? Ayer, supimos la dimisión del gabinete y el fin del Estado de Emergencia. ¿Qué significa esto? ¿Cómo ha evolucionado Piñera, el presidente de Chile, frente al movimiento?

Javier Zúñiga: Creo que la apuesta de Piñera y de su gobierno en este momento parte de una lectura de que la respuesta política a través del Estado de Emergencia para contener la movilización no ha resultado. Las movilizaciones de masas han ido creciendo, hasta llegar a un nivel importante: la marcha del viernes 25 de octubre es una expresión elocuente de ello. Entonces, se demuestra que el expediente represivo no ha desactivado los elementos motrices de la movilización. Piñera intenta captar cierto nivel de descontento, que partió con el alza del pasaje de metro, pero se amplió a otras esferas de la sociedad. Las capas del pueblo movilizadas empiezan a exigir demandas de fondo. El cambio de gabinete forma parte de la idea de entregar medidas con efecto comunicacional de a poco, pero esto no ha permitido desactivar la movilización. No tiene consenso este cambio.

Karina Nohales: En mi opinión, hay una insurrección popular en Chile, una sublevación contra el sistema político cuyo contenido toma la forma de un balance de 30 años de democracia pactada. Aparece con el alza del pasaje del metro con la juventud, se extiende a todo Santiago y a todo el país. Sin embargo, esto no logra derivarse en demandas concretas, porque se trata de una impugnación a todo el sistema político, a los partidos políticos que participaron de esta democracia pactada. Piñera fue respondiendo a la medida de cómo se iba presentando el movimiento. Empieza con el alza del pasaje, y Piñera la suspende y despliega los militares en la calle. El movimiento contesta los abusos económicos y las desigualdades sociales y Piñera anuncia un paquete de medidas económicas. Ninguna de estas medidas ha funcionado. Así la movilización ha ido adoptando diversas formas. Explosiva en su inicio, dispersa en los territorios. Después, una baja el martes 22 de octubre. A partir del miércoles toma su tendencia actual: masiva y concentrada en los centros de las ciudades. Al nivel territorial, se mantienen actividades.

¿Qué significa la represión militarizada a un nivel histórico? ¿Qué métodos de autodefensa y de protección existen?

K. N.: El gobierno se demoró ocho horas para desplegar los militares en las calles de Santiago, en el contexto del Estado de Emergencia. Es una decisión fuerte, porque esto implica una imagen de inestabilidad para la burguesía, con lo que significa en la bolsa de valores y hasta la posibilidad de inversión. Esta decisión rompe con el relato de la transición al final de la dictadura, que había sido el Nunca más. Para nosotros, el Nunca más significo el fin de los militares en las calles. Para la burguesía representaba un Nunca más lucha de clases. Hay que decir que el ejército actual y el de la dictadura no son dos ejércitos diferentes. Obvio, la gente que lo compone ha cambiado. Pero, el ejército es una institución intocada, que representa una continuidad como lo es el carácter de la transición pactada. Las fuerzas armadas quedaron impunes. Ahora hay un cambio de periodo en Chile. Sucedió algo curioso, la gente no sintió miedo, saliendo a la calle con militares y toque de queda. En términos de autodefensa, un pueblo sin armas tiene dos herramientas que se ocupan: su creatividad y/o su masividad.

J. Z.: Una primera dimensión es lo que ha dicho Karina. El recurso militar expresa, en última instancia, la herramienta que tiene la burguesía para resolver una insurrección. Para garantizar la democracia burguesa, aparece el componente militar. Pero, en nuestro caso, no lo logra resolver, incluso se vuelve un problema para el gobierno de Piñera. ¿Qué lo demuestra? El toque de queda se acabó el sábado pasado. Un escenario se vuelve a abrir entonces: sin militares en la calle, ¿qué va a utilizar para intentar desactivar la movilización? La jugada es arriesgada: ¿qué tiene el gobierno que ofrecer después? Es probable, con el cambio de gabinete, que figuras de la transición de la Democracia Cristiana, totalmente desgastadas, participen, pero esto no tiene sentido en las masas trabajadoras movilizadas. ¿Dónde nos podría llevar este escenario? Hay una crisis política, pero ¿se trata o se tratará de una crisis de hegemonía? Es decir, una crisis de toda capacidad, para el conjunto del entramado capitalista, de producir hegemonía en el resto de la sociedad, de recomponerse junto a una base social. Los capitalistas tratan de resolver la crisis con los militares en un primer momento, y ahora estos últimos van a volver a sus cuarteles. En ese marco, van a aparecer los distintos tipos de violencias y atropellos de derechos humanos que se practicaron (y siguen practicando con medidas represivas). Para los capitalistas, esto significa un desafío respecto a cómo van a aparecer las revueltas, como contener la movilización en este ciclo político que se está abriendo. Se podría configurar un cuadro que suponga elementos de cuestionamiento de fondo.

K. N.: Las cifras oficiales dicen que hay más o menos 20 muertos. Es probable que vayamos a descubrir más casos: el Instituto Nacional de Derechos Humanos va a investigar los casos de personas calcinadas en incendios, para ver el origen de su muerte. Hay también casos de violencia sexual. En este momento, a diferencia de la dictadura, estamos con capacidad de hacer reconocer este tipo de violencia. La violencia sexual en la dictadura ha sido invisibilizada, pero, con el trabajo de las feministas, se reconoce hoy que no eran excesos, sino una forma de ejercer una represión determinada para las mujeres, un disciplinamiento en las corporalidades. Hay un caso de estos días: carabineros, y no militares, han torturado a un joven, violándolo y obligándolo a decir que era homosexual públicamente. Es una dimensión política de disciplinamiento por parte de las fuerzas represivas, no un exceso. Ahora se aborda la violación de los derechos humanos de una manera multidimensional. Por otra parte, un muchacho fue asesinado en el Sur de Chile. Su padre hizo una declaración diciendo que responsabilizaba al hombre que dijo que estábamos en guerra y que saco los militares a la calle. Esto muestra que las violencias no son de la responsabilidad política única de los militares, sino de Piñera. Por eso se está pidiendo su renuncia.

Piñera anuncio una agenda social. ¿Cuáles son estas medidas? ¿Qué les parecen?

J. Z.: Importa señalar la influencia de las redes sociales para la circulación de los mensajes, las convocatorias. Cuando Piñera anuncia sus medidas, la reacción fue inmediata en las redes, una reacción de no conformidad, incredulidad y rechazo. Por lo mismo, el viernes, la marcha fue la más grande de la historia de Chile. La señal política es que el anuncio del paquete legislativo no tiene sentido para el pueblo, no tuvo un papel desmovilizador ni pudo cooptar sectores del movimiento. Las medidas fueron percibidas como algo que no mejoraba la vida. Se trató de un montaje comunicacional. Hoy, estuve en una asamblea, y una señora de más de 60 años dijo, a propósito del discurso de Piñera: “no tuvo ningún efecto porque despertamos”.

K. N.: Este paquete de medidas fue anunciado el martes 22 de octubre. Piñera es un empresario. Mi primera impresión fue que el presidente se comportó como los empresarios en una negociación colectiva. Respondió como si se tratara de una empresa, no de una sociedad, ofreciendo cosas demagógicas. Básicamente, 70% de las medidas trataban de las pensiones, porque Piñera sabe que es un punto de conflicto muy importante. Luego, el tema de la salud y los salarios. Entonces, lo que ofreció es ampliar la cobertura subvencionando los medicamentos en mano de empresas privadas. Para garantizar el ingreso mínimo, propuso subsidiar las empresas privadas con dinero público, y en el caso que un trabajador gane menos que el ingreso mínimo, el Estado complementa. Para las pensiones, el aumento del monto para la gente jubilada se hace sin tocar las administradoras de fondos de pensiones que son instituciones financieras. Entonces, es la profundización de la lógica subsidiaria a las empresas privadas de la constitución de Pinochet. A nadie le importaron estas medidas.

¿Qué balance de la huelga general de los días miércoles y jueves? ¿Hay algunos sectores que siguen en huelga?

K. N.: Muy pocas veces, y nunca desde que hay democracia, hubo huelga general en Chile. Las protestas de 1983 a 1986 partieron de convocatorias para una huelga general, pero ante la imposibilidad para la clase obrera de movilizarse en contexto de dictadura, se transformaron en una protesta nacional. Como dijimos desde la Coordinadora Feminista 8M (CF8M), la huelga era una palabra prohibida, cuyo significado era desconocido. Es desde el feminismo que se ha reinstalado la huelga general como método para la clase trabajadora. La CF8M, que participa en un espacio más amplio llamado Unidad Social, hizo una propuesta de llamar a la huelga general para el lunes 21 de octubre. La Central Unitaria de Trabajadores (CUT) dijo que no estaba preparada y juzgó irresponsable la propuesta en el contexto del toque de queda. Entonces, decidimos lanzar la convocatoria el domingo con los secundarios y otras organizaciones de derechos humanos. Al día siguiente los gremios sindicales de Unidad Social tuvieron una reunión para convocar une huelga general el miércoles. Sin presión desde la juventud y las feministas, no sabemos si se habría convocado a una huelga. Para el 21 de octubre, hubo huelga en la veintena de puertos de Chile, y por parte de los mineros en la Escondida, la mina de cobre privada más grande del mundo. Esto es muy significativo. Sin embargo, es difícil evaluar el alcance real de la huelga porque todo estaba ya paralizado por la vía de los hechos. Los gremios industriales indicaron que las empresas abiertas funcionaron al 30% y la mayoría no funcionaba porque no había transporte. Sin embargo, la huelga como método va apareciendo de nuevo en Chile. El próximo miércoles, se supone que se va a convocar una nueva huelga general. Podremos saber mejor si efectivamente funciona.

J. Z.: La masa trabajadora se encontraba movilizada desde al menos el viernes 18 de octubre, se construyó una subjetividad que implicaba barricadas, cacerolazos, una disposición a ocupar el espacio público. En este minuto circulan convocatorias que surgen de manera espontánea. La preocupación política de si llamar o no a huelga supone un marco en el que ya hay sublevación. La gente ya está en la calle antes del llamado. Es diferente a la huelga general feminista convocada para el 8 de marzo de 2019: el trabajo de las compañeras feministas fue preparar un hito claro, en el trabajo productivo, y construyendo su anclaje en lo reproductivo, con asambleas, espacios de deliberación previos, etc. Por lo tanto, la diferencia de estos llamados es que se montan sobre eventos en curso. ¿Qué está en juego con el llamado a huelga entonces, si la gente ya está movilizada? A mi juicio, se establece una dialéctica, siguiendo a Gramsci, entre espontaneidad y dirección/orientación del movimiento. La apuesta con la huelga es imprimir cierta dirección a la movilización, expediente que gran parte de las organizaciones socio-políticas respaldan, aunque ello no implica ponerse delante, como sostienen algunos sectores. La subjetividad instalada, de rabia y movilización, no se decreta, pero sí se puede contribuir a imprimir una orientación. Así, convocar la huelga permite condensar políticamente el afluente de la movilización en curso. El ciclo político puede estar marcado por una perspectiva anti-neoliberal, al menos eso señalan las asambleas populares, por lo que esto podría abrir un escenario nuevo en la sociedad. En ese sentido, la huelga vuelve a ser un instrumento legitimado por las masas movilizadas, y si es que tiene éxito, pasa a ser asumida como una táctica de acumulación de fuerzas. No es una afirmación auto-complaciente, sino que aparece como un recurso incorporado por las masas trabajadoras. Junto a elementos claves como el paro en sectores estratégicos, la huelga tiende a significar que la clase trabajadora para y se organiza en función de ella. Vuelve a ser un repertorio de acción de la clase, y no solo del mundo sindical y organizado.

El espacio Unidad Social parece tratar de conducir el movimiento, ¿qué se propone este sector? ¿Cómo se vincula a las movilizaciones?

J. Z.: Unidad Social es un referente que se está posicionando como un ente legitimado. Porque, por ejemplo, en la asamblea de base donde estuve, se reconoce la necesidad de dotarse de un interlocutor a nivel general. Unidad Social es un complejo entramado de organizaciones. A mi parecer, tres tendencias operan en este espacio. Primero, una capa compuesta por los grandes gremios tradicionales: la CUT, No+AFP, una parte de la Confederación Nacional de la Salud Municipal (Confusam), el Colegio de Profesores, la Confederación Nacional de Profesionales Universitarios de los Servicios de Salud (Fenpruss), la Agrupación Nacional de Empleados Fiscales (Anef). Imprimen cierta conducción al espacio. Este sector se caracteriza por su urgencia para ser los que conduzcan el movimiento, aparecer como agente a la cabeza del movimiento, y no como un agente a disposición, proponer, recoger demandas, etc. El segundo sector está compuesto por organizaciones feministas, ambientales, estudiantes, pobladores, asociaciones de derechos humanos, etc., que no encajan en las lógicas sindicales tradicionales. No estamos en sintonía con la lógica de comprender la situación por parte de las organizaciones gremiales, porque entendemos que está ocurriendo un momento de emergencia de una impugnación al régimen neoliberal en su conjunto y debemos estar a esa altura, y no en torno a demandas gremiales. Para ello se requiere mantener abierto el escenario y la participación popular a través de los cabildos y las asambleas de base. Nuestro objetivo no es ceder a las negociaciones que seguramente se van a venir, sino abrir un proceso de politización a partir de la impugnación al régimen. No es posible vivir como estábamos viviendo hace un mes atrás. Entendemos la idea de Asamblea Constituyente como un proceso dinamizador que permite elementos de participación política del pueblo. Por último, existe un tercer sector menos permanente que ve Unidad Social como un paraguas que permite la coordinación y el mando de las protestas. Unidad Social aparece así como un agente relativamente legitimado por el pueblo, pese a que se reconocen diferencias. Es un espacio en disputa que permite aglutinar las organizaciones populares.

K. N.: Mi lectura individual es que, desde la última elección presidencial, emerge un nuevo bloque de oposición (Frente Amplio) y se destruye la Nueva Mayoría como bloque de gobierno después de la Concertación. Esto abre un problema: conformar un nuevo bloque de oposición. El Partido comunista ha desplegado una ofensiva para ponerse a la cabeza de una nueva reconfiguración de la oposición, y le ha salido bien con, por ejemplo, el proyecto de disminuir la jornada laboral a 40 horas, que alineó a toda la oposición detrás del PC. Prueba de este rol es que el PC logra ir excluyendo a la Democracia cristiana del bloque de oposición. Desde esto, aparece la irrupción que conocemos, y el PC continúa lo que ha logrado en el Parlamento a través de la CUT. La Central se integra en Unidad Social después de su formación y lo conduce rápidamente. Lo que sucede a partir de esto es que muchas más organizaciones se suman. Mientras, la CF8M, que participa en Unidad Social desde el comienzo, espacio que fue llamado por NO+AFP, ha acordado participar de manera crítica porque se percibe como un espacio cupular, dirigido por sectores gremiales conservadores. Para estos últimos, la lucha de clases se concibe en su forma sindical, el ecologismo y el feminismo son considerados como subordinados. Hemos hecho explicita esta crítica.

En la actual coyuntura, Unidad Social ha terminado llamando a huelga general. Pero entre la CUT y la CF8M la concepción de una huelga general es diferente. Para la CUT y los otros gremios era necesario hacer una huelga para demostrar que somos organizaciones serias, llamar a la disciplina, y mostrar una capacidad de dirigir. Como si la desobediencia de la clase trabajadora fuera una cosa poco seria. Al final se propuso una gran marcha para el 23 de octubre, lo que en el contexto podía parecer muy por detrás de la situación. Incluso se propusieron acciones abiertamente desmovilizadoras. La huelga general se entiende para estos sectores como un momento, y la posibilidad de colocar sus direcciones en el movimiento. Desde el feminismo, entendemos la huelga general como un proceso, en el cual la clase trabajadora, con las mujeres y disidencias al frente, puede organizarse y pensar en la vida que quiere y cómo la quiere organizar. En sentido estricto, las feministas consideramos que ninguna huelga ha sido general, porque no se paraba el trabajo de cuidados. La huelga no es solamente parar, sino también pensar mucho. Entonces, hablamos de dos visiones distintas de la huelga general: una es crear, la otra dirigir. Esas concepciones se han puesto sobre la mesa estos días.

¿Qué relación tiene Unidad Social con la izquierda institucional? Esta última, ¿qué se propone en el Parlamento?

K. N.: Mi opinión personal, pero compartida por otras compañeras en la última asamblea de la CF8M, es que si no hay una situación de ingorbernabilidad para el poder ejecutivo es porque la oposición mantuvo la actividad parlamentaria. Unidad Social impulsó la idea de una huelga legislativa, que sin embargo no sucedió. Por ejemplo, el proyecto de disminución de la jornada semanal de trabajo a 40 horas se aprobó durante el Estado de Emergencia, con militares en la calle. En el Frente Amplio (FA), que emergió desde la última elección presidencial, no tuvo un acuerdo entre sus diferentes sectores. Por parte de los que quieren sostener la actividad parlamentaria la idea es que, si no lo hacen, podría cerrarse más aun el cerco de la democracia. Pero el que la oposición continúe legislando, incluso, el paquete de medidas propuesto por Piñera, supone echarle una mano al gobierno. El gobierno propuso en un momento una reunión con los partidos de oposición. Acudieron la Democracia Cristiana (DC), el Partido Radical, el Partido por la Democracia. No fueron el Partido Socialista, el PC y el FA. Revolución Democrática, el principal sector del FA, iba a ir en un primer momento. Es grave. El PC plantea ahora una acusación constitucional contra Piñera, y el FA está de acuerdo.

J. Z.: El rol del PC en esto fue muy relevante. Inmediatamente, dijo que no iba a acudir a la reunión convocada por Piñera. Se le reconoce mucha experiencia política al PC, así que influye en todo el arco de los partidos de oposición, desmarcándose de la DC y metiendo la presión al PS y al FA. En una declaración en que aborda la coyuntura, el PC reconoce Unidad Social como el actor legitimado, y traslada el foco del dialogo a la sociedad civil. Entonces, el PC cumplió un papel determinante en este desplazamiento de legitimidad. De todos modos, el movimiento no iba a aceptar ninguna reunión de los partidos de oposición con Piñera y los iba a rechazar igualmente. Eso fue entendido hábilmente por el PC. Al mismo tiempo, empieza el camino de reconocimiento de legitimidad e interlocución de Unidad Social en un proceso paralelo. Parte de la oposición ejerce una presión constitucional, en continuidad. En segundo lugar, Unidad Social tiene presencia de militantes del FA, del PC y elementos del PS, pero no se puede decir que sea conducida por partidos. El movimiento y dinámica interna de US no admite que estos grupos vayan a ponerse a la cabeza, al menos por ahora. Esto es por una razón de fondo: porque la movilización en la que US se encuadra emerge de manera no coordinada, pero impulsada por la clase trabajadora como un actor que impugna al conjunto de la sociedad. Transforma la forma de hacer política. Que emerja, no obstante, no significa que se organice, no toma necesariamente conciencia para sí de su experiencia como pueblo trabajador, a pesar de que hay fuertes embriones de organización y lucha que apuntan en ese sentido. La potencia de Unidad Social, en un contexto en el cual la clase emerja como actor, es que puede contribuir a la recomposición política de la clase trabajadora, si no se piensa sólo en los diálogos con el gobierno o demandas acotadas, gremiales o conciliadoras.

Aparecieron personas con chalecos amarillos. José Antonio Kast, figura de la extrema derecha chilena, los llamó a manifestar el domingo pasado. ¿Existe la posibilidad de la formación de una base social reaccionaria en esta situación?

K. N.: El primer relato en los medios de comunicación fue que eran días de saqueo por parte de delincuentes, generando un sentimiento de inseguridad. Aparecieron en los barrios grupos que usaban chalecos amarillos, con palos o alguna forma de armas domesticas para evitar robos y defender sus casas. Estos grupos expresaban una tendencia media fascistoide. Rápidamente el sector de la extrema derecha hizo una convocatoria llamando a los Chalecos amarillos a participar a una marcha para el día 27 de octubre, bajo el lema del derecho de vivir en paz, es decir, tomando la canción de Victor Jara que se volvió como un himno popular durante el toque de queda. Era muy confuso. Pero la extrema derecha tomo la decisión de desconvocar esta marcha el viernes 25 de octubre, después de la gran marcha que tuvo lugar ese día. Podemos imaginar, y es una pregunta, que la marcha no hubiera tenido tanto éxito si no hubiera militares en la calle y si el gobierno no hubiera continuado con su caracterización del movimiento como ladrones robando y saqueando pequeños comercios. Pero en el momento que los militares se despliegan en la calle, aparece un sentimiento contra ellos a causa de nuestra historia que movilizó a muchas personas. Tal vez, la gran marcha del viernes no habría sido tan masiva. Tener militares en la calle reabre un recuerdo traumático. Puede ser optimista, pero esto me lleva a decir que el pueblo de Chile no es de derecha. Podrían haber surgido más chalecos amarillos de derecha sin militares en las calles. La extrema derecha es hábil, pero fue sobrepasada. El relato del robo y de la inseguridad duró dos o tres días, y cuando el gobierno bajó el perfil sobre el estamos en guerra, los medios de comunicación pasaron del relato del robo al relato del terror, haciendo públicos videos terribles de la represión, con militares disparando a la gente y entrando en las casas. La idea fue: si sales a la calle, te van a matar. De ese relato, que tampoco resultó, pasaron a otro después de la gran marcha que dice que el pueblo es pacífico y que da esperanza de un futuro mejor, porque los poderosos dicen estar escuchando. Por ejemplo, Piñera dijo que era bonito ver a las familias marchando, cuando en realidad la gente en la marcha exigía que se fuera.

J. Z.: Sectores de la derecha, los carabineros y los militares trataron de captar como base social a la gente que tenía miedo. Este sentimiento de paranoia y de histeria que existió intenta capitalizarlo la extrema derecha. Esta última quiere dar un giro hacia una salida corporativa, apuntando a esa parte del pueblo trabajador que quiere paz y tranquilidad en lo inmediato, contra la parte de la clase que apuesta por la protesta porque entiende que es el momento de reclamar. Sin embargo, la marcha más grande de la historia, el viernes pasado, desactivó la supuesta sintonía entre la extrema derecha y una parte del pueblo. Hay que señalar que los chalecos amarillos no estaban necesariamente por una salida aún más militarizada o a favor de José Antonio Kast, la figura de extrema derecha que saco un 8% en las últimas presidenciales y que se parece, en ciertos rasgos, a Bolsonaro. Muchos querían solamente estar tranquilos. Por ejemplo, en mi barrio, que es de Puente Alto, comuna de la periferia urbana, los que eran chalecos amarillos celebraron el hito del día viernes, hicieron un asado escuchando música popular y de izquierda. Esta marcha vuelve a soldarnos como clase, después de que los medios de comunicación intentaran exagerar los aspectos más reaccionarios de la convulsión que vivimos. De todas maneras, Kast tiene un discurso securitario que ha podido interpelar y generar adhesiones en el pueblo pobre, pero su programa económico resguarda el neoliberalismo, que es el origen del malestar que vivimos. Ese es un límite radical en su proyecto. Entonces, no puede proponer una salida programática a la movilización, la que expresa que no se puede aguantar el modo de vida neoliberal y el malestar que genera. Hay que señalar, con todo, que la aparición de los chalecos amarillos revela un problema real: existen bandas organizadas en las poblaciones que delinquen dentro de los barrios de la clase trabajadora, en torno al tráfico de droga. Es a ese sector al que hacen frente los grupos de chalecos amarillos, una amenaza efectiva, que no implica en modo alguno un respaldo al gobierno a Kast o a las medidas represivas.

Las formas de lucha y consignas que parecen tomar más fuerza son la huelga general, de la cual ya hablamos, pero también las asambleas territoriales y la Asamblea Constituyente. ¿Cuál es su realidad en este momento? ¿Qué procesos de auto-organización se están desarrollando? ¿Cómo se fraguaron estas consignas? ¿De forma espontánea, forjadas en luchas de los últimos años, etc.?

J. Z.: Hay una mezcla de auto-convocatorias a asambleas territoriales y del hecho que la gente se conglomera en estaciones de metro y otros lugares públicos, donde se canta, se delibera, se arman actividades culturales, etc. Este fenómeno aparece de manera espontánea. También, rápidamente, sectores captan el momento y dan una dirección consciente, llamando a levantar asambleas territoriales. Tácticamente, ¿por qué son importantes estas asambleas? Primero porque están ocurriendo, se están organizando en varios territorios, y eso es un hecho. He visto procesos de autoactividad similares, pero con los contenidos y alcances que se están discutiendo, jamás, ni menos con esta magnitud. Las asambleas populares tienen que empujar hacia una Asamblea Constituyente, que tiene que ver cómo se posiciona como un mecanismo legitimo para cambiar la Constitución, objetivo que, por supuesto, no es suficiente en sí mismo. Sectores hablan de una nueva Constitución, con un nuevo Parlamento, y no es lo que estamos hablando. Es otra cosa. Agregamos el adjetivo popular a la Asamblea Constituyente, para afirmar la soberanía del proceso. La Asamblea Constituyente puede empujar y modificar el escenario político. La impugnación al régimen permite una democracia participativa en la cual la clase trabajadora se presenta como un actor relevante y principal. La segunda importancia táctica es que las asambleas territoriales están conformando un sedimento, un tejido social que no va a desaparecer, aunque la intensidad de las movilizaciones pueda bajar en algún momento. Es una experiencia de clase común, un aprendizaje histórico organizativo, que puede permitir la mantención de un contra-poder al Parlamento, a las instituciones del Estado capitalista, desarrollando otros valores en las poblaciones y otros modos de autoorganizarse. No obstante, el énfasis que hago tiene que ver con la posibilidad de que la Asamblea Constituyente tenga la capacidad de voltear el escenario político en un sentido anti-neoliberal. Existe una inusitada fuerza que impugna globalmente al modelo educativo, de gestión de recursos naturales, pensiones, deudas financieras, etc. Hay que conjugar la Asamblea Constituyente con un programa impugnatorio, en una síntesis radical. Al menos eso está pasando en los territorios. Pero ello no está siendo captado por algunos sectores que pretenden ponerse a la cabeza del movimiento.

K. N.: Son preguntas estratégicas. La realidad de las asambleas es que son sectorizadas y empezaron en las estaciones de metro, que corresponden a barrios, con gente que vive el mismo sector. Surgieron porque activistas participaron ahí desde el primer día y porque se necesitaba. La gente se conoció en la revuelta, empezamos a conocernos entre nosotros, hablando y preguntándonos. La impugnación actual es tan general que no se están planteado demandas concretas. La gente se ha encontrado lucha, tratando de detectar qué estamos impugnando, por qué y cómo imaginamos lo que queremos. Esto parece muy simple, pero para mí ya es un momento constituyente, no en el sentido de cambiar la Constitución. La clase se está constituyendo a sí misma en este proceso. Difícil es tener una imagen general del país, en cuanto a asambleas, manifestaciones, represión porque la situación es convulsa y ninguna organización tiene la capacidad de captar la totalidad. Se trata de una explosión al margen de las organizaciones clásicas.

La CF8M y el MAT han impulsado que estas asambleas existan. Las asambleas se crearon para procurar el abastecimiento ante el cierre del comercio, asegurar la seguridad dada la represión y los saqueos, y sostener la movilización. Las demandas son que se vayan los militares, que renuncien Piñera y el Ministro del Interior, y la perspectiva de una Asamblea Constituyente. Nada de esto es del todo espontaneo, pero es imposible tener la certeza de cuáles fueron las experiencias previas de organización, de propaganda y de movilización que fueron significativas. Lo cierto es que, durante estos 30 años, había sectores del pueblo organizados, que luchaban, a veces en soledad absoluta. El movimiento No+AFP es fácil detectarlo, ese sí fue masivo e inmediatamente reciente. El último 8 de marzo también. Las asambleas constituyentes buscan crear una nueva Constitución, y toda Constitución aborda el problema de cómo se genera el poder político. Esto es importante en Chile, porque la Constitución de Pinochet es explicita en su objetivo. Lo que se propone es no volver a la institucionalidad que existía antes, porque retornar a la situación anterior es reabrir el camino institucional de los partidos obreros, lo que devino en la Unidad Popular. Pero, más que la Constitución de 1980, el momento constituyente del Chile actual es el golpe de Estado de 1973. Entonces, abrir el tema constituyente no es una opción fácil para la burguesía, porque reabre los peligros de la participación política de sus antagonistas. Se abre un momento irreversible, donde ya no es posible ignorar, omitir los problemas políticos de la clase trabajadora. El miedo, en estas jornadas, pasó al lado de ellos.

A nivel institucional, una Constitución nueva es un problema medular y sin dudas es necesario cambiarla, pero es importante no poner la necesidad de una nueva Constitución como el mayor de los problemas fundamentales, como plantean muchos sectores, pues con ello se esquiva la perspectiva anticapitalista. Lo que se está expresando en Chile es la lucha de clases, que también existía antes de la Constitución de Pinochet. Los problemas planteados no empiezan ni se terminan en una Constitución. Hay que tener cuidado como se plantea la Asamblea constituyente. De un lado, puede cerrar un momento político, garantizar derechos, pero no lo presentaría como el fondo que ha determinado la situación actual.

J. Z.: De acuerdo. Antes de 1973 no había un país más bueno que ahora. Esa discusión es improcedente, por lo demás. En Unidad Social, el tema de la Constituyente aparece pero no nos interpela, no aparece como una discusión que organice la política. Por la urgencia de la coyuntura, es más relevante la cuestión de cómo nos vamos a movilizar. Antes de esta coyuntura, en nuestras organizaciones socio-ambientales, por ejemplo, no era nuestro tema la Asamblea Constituyente, sino el cómo resguardar nuestros derechos socioambientales frente al saqueo empresarial. La conflictividad existente nos orientaba, en función de la lucha de clases, a contribuir a que la clase trabajadora se organizase a sí misma para resguardarse de esa situación. La Constituyente, en ese sentido, implica el riesgo de comprender de un modo muy formal la política: cambiamos la Constitución, cambiamos el país. Una posibilidad singular de esta coyuntura es que ahora tenemos la oportunidad de que la clase trabajadora asuma el protagonismo de un proceso constituyente, que tenga un éxito político. Pero al mismo tiempo se están organizando clases sociales de modo antagónico. Entonces, tratar la Asamblea Constituyente como si no fuera la lucha de clases, me parece un error. Al menos, los sectores anticapitalistas, feministas, ecosocialistas, queremos advertir, en este marco, que se trata de lucha de clases y no de discusiones formales y abstractas de las mejores formas de cambiar la Constitución.

K. N.: Hay sectores de la ex-Concertación y de la derecha que se han abierto a la necesidad de una nueva Constitución, pero no de la Asamblea Constituyente. Se vuelve un tema más amplio y transversal.

¿Cuáles son los desafíos para la izquierda anticapitalista, feminista y ecosocialista?

K. N.: Lo que enfrenta la clase trabajadora en este momento, lo que ha abierto con su acción en un contexto donde no tiene partidos y su fuerza orgánica es débil, de alguna forma, pienso que va a llevarla a una actividad política en curva ascendente, que de hecho ya se verifica más o menos desde 2005. Va a ser más difícil si no se prepara en la organicidad, con una orientación que no puede seguir siendo sectorial: fortalecer lo sindical, el movimiento feminista, por las pensiones, socioambiental ya no alcanza. Esta perspectiva es general porque se ha abierto una situación de impugnación. Tiene que haber un relato propio de lo que pasa y tiene que ser recogido por las organizaciones políticas de izquierda, las que también deben fortalecerse, sino será difícil construir una alternativa.

J. Z.: Este momento histórico permite que las orgánicas ya existentes se pueden arrojar a la captación orgánica de las nuevas dinámicas históricas que organizan la política. No es, por ejemplo, una cuestión de mala voluntad, pero las organizaciones que son más pequeñas no son capaces de responder y de desplegarse de manera relevante en esta situación. Tampoco el FA, organización de muchas corrientes pero dentro de la cual imperaba hasta ahora su disposición a lo electoral e intrainstitucional, y no estaba capacitado para situarse de manera eficiente en este escenario. Mi pregunta es, ¿cómo podrán transformar a sí mismas las organizaciones para anclarse en estos nuevos resortes políticos que se comienzan a abrir?

Lo que podemos hacer, por lo menos, es reformularnos como organizaciones, construir nuevas capilaridades para estar insertas, siendo parte de los procesos de politización popular que emergen. Apuesto por unificar las organizaciones de izquierda y las que van a surgir a partir de este momento. Tenemos que prestar atención a estas dinámicas y contribuir a desarrollar en ellas perspectivas anticapitalistas, feministas y ecosocialistas, sumando a la recomposición de las organizaciones políticas, captar nuevas formas de politización, etc. Estamos muy ocupados y con poco tiempo, pero no podemos perder de vista desde ya pensar en nuevas formas de orgánicas en este contexto.