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Crisis climática, COVID y cuidados

Por Lesly Solís Mendoza, militante de Feministas con Voz de Maíz
y de la Coordinadora Socialista Revolucionaria

El cambio climático global es un fenómeno derivado de la interacción de múltiples procesos que operan en escalas distintas tanto espaciales como temporales. Los impactos que deriven de este cambio afectarán el ámbito social, político, ecológico y/o climático, generando diferentes vulnerabilidades de los sistemas socioecológicos en el futuro, además de acentuar las ya existentes. Esta última frase es una de las más acentuadas en la jerga del cambio climático, en el ámbito de la crisis ecológica y el área tan polemizada del impacto ambiental. Durante años, cómo especialistas en temas de ecología o de cambio climático nos hemos enfrentado a la difícil labor de explicar los efectos desencadenados de las consecuencias futuras que tienen procesos tales como: la emisión de gases efecto invernadero a la atmósfera, la degradación de los ecosistemas o un aprovechamiento depredador de la Tierra (procesos de 20, 30 o hasta 100 años). Constantemente se ha mostrado evidencia científica cómo gráficas, proyecciones o evaluación de modelos en sistemas de modelado de agentes, pero no ha sido hasta recientemente que nuestras investigaciones tienen un marco empírico que no puede ser negado.

La humanidad vive en un mundo interconectado que ha transformado el 90% de todos los ecosistemas del mundo y se ha apropiado de todas las formas de vida en una lógica depredadora. Vivimos también un momento en el que globalmente se le ha declarado la guerra a la VIDA. Se les ha declarado la guerra a los territorios, a la naturaleza y a los cuerpos de las personas, particularmente al cuerpo de las mujeres y de la naturaleza viva no humana. Por tanto, la pandemia de COVID-19 es sólo el detonante de las catastróficas consecuencias de vivir en mundo dominado por un sistema hegemónico, un mundo que nos domina y oprime desde los económico, social, cultural y político. Un sistema que a la vez es biocida, patriarcal, colonial, capitalista y sobretodo un sistema ecocida.

Este sistema hegemónico nos ha llevado a la composición de un mundo que amenaza las bases de la vida.

Dos tipos de recursos que sustentan la vida:

1) Naturaleza. Somos seres compuestos de agua, aire, carbono, y por tanto seres que dependemos biológicamente de la naturaleza, de la provisión de estos recursos. También somos la única especie que se ha asumido fuera de la naturaleza, que ha pensado a la tecnología como un sustituto de naturaleza. Además hemos construido una relación con la naturaleza en un sistema hegemónico que en gran medida y a pesar de otras cosmovisiones, como las indígenas, se ha encargado de la sobreexplotación y ecocidio.

2) Sociedad y cuidados. Dependemos de los cuidados de otros seres vivos, de otros humanos, acentuadamente en nuestras etapas de niñez y de vejez. Cada ser humano, individualmente, no puede sobrevivir si no recibe una atención que garantice la reproducción cotidiana de la vida. Además de esto, es importante resaltar que el reparto de cuidados no ha sido equitativo entre todos los seres humanos. El cuidado en los primeros y últimos años de vida ha estado asignado a las mujeres, como consecuencia de procesos históricos que se basan en el confinamiento de las mujeres al hogar cuando le conviene al sector dominante de la sociedad y la naturalización de un sentido de deber y/o idealización del amor. Los efectos de las crisis recaen en las familias y particularmente en las mujeres.

Es así como poco a poco vemos que la lógica hegemónica capitalista patriarcal ha estado desgastando y destruyendo a estas bases de la vida. No obstante, en la investigación en ciencias ambientales estos efectos sólo los podemos describir en décadas, pues los procesos terrestres son largos, lentos y continuos. Mientras que los procesos biológicos son rápidos, constantes y contundentes, como la evolución en colonias de bacterias o de virus, que también son difíciles de explicar, pero al darse en tiempos más rápidos su efecto es más notable.

El COVID-19 es la manifestación de un virus, de un conjunto de ADN (moléculas bioquímicas) que se instala en las células del hospedero intentando buscar las mejores condiciones que permitan su reproducción y por tanto su permanencia en la Tierra. El COVID-19 es también la causa principal de que se hayan terminado con 105, 572 vidas a inicios del mes de abril en todo el mundo. Por supuesto también es el causante de que miles de personas estemos ahora en un confinamiento absurdo cuando nuestras madres, hermanas e incluso abuelas continúan saliendo todos los días a conseguir el alimento y los víveres que necesitamos para continuar vivas. Además, es el causante o el pretexto perfecto para evidenciar que:

  1. El aumento de la temperatura global modifica los niveles y la distribución estacional de partículas áreas naturales (por ejemplo, el polen) y pueden provocar el asma. Hay aproximadamente 300 millones de personas con asma y se teme que el alza en la temperatura eleve el número de personas con dicha enfermedad.
  2. El aumento de la variabilidad de las precipitaciones puede poner en riesgo el suministro de agua dulce. La escasez de agua afecta ya a un 40% de la población mundial. La falta de agua y su mala calidad pueden poner en peligro la salud y la higiene, con el consiguiente aumento del riesgo de enfermedades diarreicas (causa de la muerte de 2.2 millones de personas cada año), de tracoma (una infección ocular que puede producir ceguera) y otras enfermedades.
  3. La escasez obliga a las personas a transportar el agua desde lugares alejados y a almacenarla en sus casas. Esto puede aumentar el riesgo de contaminación del agua y de las consiguientes enfermedades, además de servir de criadero de mosquitos que son vectores de enfermedades debilitantes como el paludismo o el dengue.
  4. Las condiciones climáticas influyen en las enfermedades transmitidas por el agua y por vectores como los mosquitos. Las enfermedades sensibles al clima se encuentran entre las principales causas de muerte. La diarrea, el paludismo y la malnutrición proteinocalórica produjeron más 3 millones de muertes en 2004, de las cuales más de un tercio se registraron en África.
  5. La malnutrición es la causa de millones de muertes anuales, tanto por la falta de nutrientes suficientes para mantener la vida como por el aumento de la vulnerabilidad a enfermedades respiratorias y las infecciosas como el paludismo o la diarrea. Se prevé que el aumento de la temperatura del planeta y de la variabilidad de las precipitaciones reduzca las cosechas en muchas regiones tropicales en desarrollo donde la seguridad alimentaria ya es un problema. (ONU, 2019)

En suma, la devastación de los ecosistemas, el calentamiento de la atmósfera y el aprovechamiento irracional de los ecosistemas pone en alto riesgo nuestro derecho a la vida, a la salud, nuestro derecho a una alimentación digna o a la provisión de agua potable. La crisis del COVID-19, cómo cualquier crisis es el momento de intensificación y alumbramiento de otros procesos que nos dañan, que nos vulneran y ponen en riesgo la Vida. La crisis del COVID-19 es la más grande amenaza de las últimas décadas, pero la crisis ambiental y ecológica es la más grande amenaza de los últimos siglos.

Los humanos somos seres sociodependientes y ecodependientes, por tanto, somos vulnerables ante las crisis ecológicas y climáticas. Somos también seres que dependemos de los delicados intervalos de las condiciones terrestres, de las condiciones ecológicas, climáticas y biológicas. Pero todo esto no tendría sentido sin todos los cuidados que nos permiten sobrevivir al inicio y al final de nuestras vidas.