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El ecosocialismo: una solución radical a la crisis climática (Parte 2 de 2)

Por un socialismo ecológico

Un socialismo ecológico es una sociedad ecológicamente racional fundada sobre el control democrático, la igualdad social y la predominancia del valor de uso. Se plantea la propiedad colectiva de los medios de producción y una planificación democrática que haga que la sociedad defina los objetivos  de la producción, las inversiones y parta de una nueva estructura tecnológica de las fuerzas productivas. Se trata de una transformación en el nivel social y económico. El ecosocialismo plantea tomar en manos de la sociedad el control de los medios de producción y la toma de decisiones sobre la inversión; de ese modo será priorizado el interés general.

Se trata de una transición al socialismo que conducirá a un nuevo modo de producción y a una sociedad igualitaria y democrática; una civilización nueva, ecosocialista, más allá del reino del dinero, de los hábitos del consumismo artificialmente inducidos por la publicidad y por la producción al infinito de mercancías bajo procesos perjudiciales al medio ambiente.

El monopolio del capital se ha convertido en un obstáculo para el modelo de producción que creó, creció y prosperó con él. La socialización del trabajo y la centralización de sus resortes materiales ya no pueden mantenerse en el capitalismo. Lo que se cuestiona es la lógica destructiva inducida por la acumulación ilimitada del capital. La producción capitalista genera su propia negación; socava las dos fuentes de donde emana toda la riqueza: la tierra y el trabajador. La propiedad privada, entre otras cosas, es un límite para una agricultura nacional. Contra la dominación del capital deberá darse una articulación entre lucha de clases y defensa del medio ambiente.

El cuidado del medio ambiente corresponde a cada generación como condición de existencia para las generaciones futuras. Lo que han dado en llamar “progreso” capitalista es fuente de destrucción irreversible del medio ambiente. La máquina productiva capitalista debe ser cambiada radicalmente para reorientar el progreso y volverlo compatible para la preservación del equilibrio ecológico. No sólo se trata del remplazo de las formas de energía destructivas por fuentes de energía renovable y no contaminantes sino se trata de una profunda transformación del sistema, romper con el sistema capitalista.

El ecosocialismo implica una ruptura radical con la civilización material capitalista; apunta no solamente a una nueva sociedad y a un nuevo modo de producción sino también a un nuevo paradigma de civilización.

La planificación democrática

La concepción socialista de planificación no es más que la democratización radical de la economía. Es necesario priorizar la planificación democrática supervisada por la mayoría de la población. La toma de decisiones estará en manos de la mayoría de los productores-consumidores. La planificación democrática es el ejercicio de la libertad de decisión que debe darse en el conjunto de la sociedad. El socialismo se centra en la producción de los bienes de uso, o sea, los bienes necesarios para la satisfacción de las necesidades humanas.

La economía capitalista de mercado transforma en mercancías a la condición humana, a la naturaleza y los bienes comunes por medio de un mercado regulador que tiende a romper las relaciones humanas y a destruir el hábitat. El capital, por esencia, es no ético; somete a la economía, la sociedad y la vida humana a la dominación del valor de cambio de la mercancía y de su expresión más abstracta: el dinero. Destruye los valores cualitativos, en primer lugar los valores éticos. Los capitalistas y sus gobiernos lo único que han hecho son reformas que llaman ecológicas, inmersas y derivadas de la economía de mercado, donde el productivismo surge como la expansión ilimitada de la producción como objetivo en sí.

El sistema productivo debe ser transformado en su conjunto. Se requiere de una reorganización ecológica del sistema de producción. Tomar en cuenta la preservación de los equilibrios ecológicos como base de la transformación. La línea de producción y el nivel de recursos a invertir deberán ser tarea de toda la sociedad, de todos los seres humanos libres que trabajan con medios comunes de producción. El precio de los bienes ya no será fijado por las leyes de la oferta y la demanda sino que será determinado por la sociedad libre de elegir democráticamente de acuerdo a criterios sociales, políticos y ecológicos. La planificación democrática es el ejercicio de la libertad de decisión que se da en el conjunto de la sociedad.

Los movimientos por valores sociales y por necesidades de los pueblos y comunidades son más legítimos que el capital. Ya no debemos basar la producción sobre criterios de mercado y sus ganancias desmedidas, sino sobre la satisfacción de las necesidades sociales y el bien común, la justicia social. Se trata de valores cualitativos. Dar prioridad al “ser” de los individuos y no al “tener” (la posesión de bienes). El Ecosocialismo lucha contra la mercantilización del mundo y la defensa del medio ambiente. Es una propuesta radical para todos aquellos movimientos de resistencia contra las trasnacionales y sus proyectos de inversión; debemos romper con la ambición y las decisiones antidemocráticas de los capitalistas y sus gobiernos.  Nuestra tarea es luchar por la ecología, por la defensa de los derechos sociales y contra la mundialización capitalista.

Socialismo y ecologismo

El socialismo y el ecologismo tienen propuestas y objetivos comunes: cuestionan la producción como meta en sí misma; defienden los valores cualitativos, la igualdad social, el valor de uso -producir lo necesario para la satisfacción de las necesidades humanas básicas-. Para los dos, la economía es sólo una pieza más en el medio social y natural.

El socialismo rechaza el modo actual de producción y de consumo llevado al límite en los países desarrollados fundado sobre la lógica de la acumulación ilimitada de capital, de despilfarro de productos, de consumos ostentosos y destrucción acelerada del medio ambiente, modelo que además de generar desigualdad, no puede ser extendido al conjunto del planeta a reserva de caer en un escenario de grave crisis ecológica. Continuar bajo la égida de la economía de mercado que funciona bajo una forma totalmente inequitativa, amenaza a mediano plazo la supervivencia misma de la especie humana. La idea del socialismo de producir necesariamente valores de uso para cubrir las necesidades básicas implica el rechazo a la idea de progreso que induce al productivismo, inherente al capitalismo. El objetivo supremo del progreso técnico para el socialismo está dirigido a la reducción de la jornada de trabajo y el disfrute y aprovechamiento del tiempo libre.

El ecologismo, por su parte, se propone hacer conciencia de los peligros que amenazan al planeta como consecuencia del actual modo de producción y consumo. La creciente ruptura del equilibrio ecológico pone en cuestión la supervivencia misma de todo género de vida tal como la conocemos ahora, no solamente la vida humana. Para los ecologistas la lógica del mercado y la ganancia es incompatible con la salvaguarda del medio ambiente.

Los ecologistas critican a Marx y Engels de promover el productivismo, sobre todo cuando describen el desarrollo de las fuerzas productivas como vector principal del progreso. Los ecologistas cuestionan la posición poco crítica hacia la civilización industrial y su relación destructiva del medio ambiente. En una parte no tienen razón en tanto que Marx centró su trabajo en la denuncia de la lógica capitalista de la producción y la acumulación de capital y mercancías como un fin en sí mismo. Sin embargo sí quedó limitado el aspecto del medio ambiente. El pensamiento marxista actual deberá tomar en cuenta la cuestión ecológica; hacer una revisión crítica profunda de lo que son las fuerzas productivas. El cuidado de la naturaleza es un imperativo humanista. Requiere de una ruptura radical del progreso lineal y del paradigma tecnológico y económico de la civilización industrial moderna.

A la contradicción del capitalismo existente entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, examinada por Marx, habrá que agregar una segunda contradicción entre las fuerzas productivas y las “condiciones” de producción: los trabajadores, el espacio urbano, la naturaleza, sobre todo porque el capital, por su dinámica expansiva, destruye sus propias condiciones empezando con el medio ambiente; se produce una transformación de las fuerzas potencialmente productivas en fuerzas destructivas.

El Ecosocialismo, como corriente de pensamiento y acción ecológica hace suyos los principios fundamentales del marxismo desembarazado de toda visión productivista. Propone una estrategia de alianza entre los marxistas y los ecologistas, entre el movimiento obrero y el movimiento ambientalista; manifiesta su solidaridad con los oprimidos y explotados de todos los países, particularmente los semicoloniales. El Ecologismo deberá renunciar a hablar de naturalismo antihumanista y dejar de lado su pretensión de remplazar la crítica de la economía política. A la vez, el marxismo deberá dejar de lado el productivismo sustituyendo el esquema de oposición entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción que las limitan. El Ecosocialismo combina la crítica marxista del capital y el proyecto de una sociedad socialista con la crítica ecológica del productivismo.

Para llegar a construir una política económica fundada en criterios no-monetarios y extra-económicos se necesita remplazar la irracionalidad de la ganancia por una racionalidad social y ecológica, lo que requiere de un cambio real de civilización. Para esto habrá que comenzar con el remplazo de las fuentes actuales de energía por otras no contaminantes y renovables como la energía geotérmica y la energía solar. Además, y fundamentalmente, la sociedad debe tener en sus manos el control de los medios de producción y las decisiones de inversión y cambio tecnológico. Esos medios deben pasar a ser bienes comunes de la sociedad. Este cambio radical no sólo involucra la producción sino también el consumo.

Se trata de una economía de transición al socialismo ajustada al medio ambiente social y natural porque estará fundada en la opción democrática de prioridades e inversiones decididas por la población y no por leyes de mercado impuestas. Esta transición no sólo conducirá a un nuevo modelo de producción y a una sociedad igualitaria y democrática, sino también a un modo de vida alternativo, una nueva civilización ecologista, más allá del reino del dinero, de los hábitos de consumo inducidos por la publicidad y la producción al infinito de mercancías que daña al medio ambiente.

Los trabajadores y sus organizaciones así como los movimientos sociales que defienden sus territorios, el agua y los bienes comunes de la depredación capitalista, son las fuerzas esenciales para cualquier transformación radical del sistema y para el establecimiento de una nueva sociedad socialista y ecológica. El Ecosocialismo realiza la síntesis entre las dos acciones con una ética social, no individual, eso llevará a la convergencia entre socialismo y ecología. Las primeras necesidades que habrá que cubrir son la reducción de la jornada de trabajo, el goce del tiempo libre, la necesidad de salvaguardar el medio ambiente natural que se identifica con la supervivencia de las especies del planeta amenazadas por el productivismo capitalista. El desafío está en el cambio de estructuras económicas y sociales capitalistas-mercantiles y el establecimiento de un nuevo paradigma de producción y distribución que permita la vida en un ambiente natural no degradado.

Las demandas inmediatas

El Ecosocialismo no desecha participar en las acciones que implican reformas inmediatas como pueden ser: hacer pagar impuestos a los contaminadores a condición de respetar una lógica social igualitaria y acabar con el mito de un cálculo económico para, según los precios del mercado, pagar los daños ecológicos; exigir la prohibición de los clorofluocarburados (CFC) que destruyen la capa de ozono; luchar por la prohibición de los Organismos Genéticamente Modificados (OGM); pugnar por la reducción de los gases de efecto invernadero; privilegiar el transporte público por encima del uso del automóvil, cuidando que estas reivindicaciones no queden vacías de contenido. Esas reformas eco-sociales pueden funcionar a condición de rechazar las presiones de los intereses dominantes así como desechar las reglas del mercado y la competitividad que rigen el sistema capitalista.

De las reformas inmediatas se derivan demandas que desde ahora pueden unir a los movimientos sociales emancipadores con los movimientos ecologistas: la promoción del transporte público eficiente y gratuito; la lucha contra la deuda y los ajustes impuestos por el FMI y el BM sobre todo a los países neocoloniales que tienen consecuencias sociales y ecológicas dramáticas: desempleo masivo, cancelación de los sistemas de protección social y la destrucción de los recursos naturales; defensa de la salud contra la contaminación del agua y del aire; la reducción del tiempo de trabajo como respuesta al desempleo y por una sociedad que privilegie el tiempo libre contraria a la acumulación de bienes y mercancías.

Ecosocialismo y lucha de clases

En nuestros países neocoloniales comienzan a aparecer cada vez de manera más frecuente, movimientos sociales con una dimensión ecológica. Movimientos en defensa de la agricultura campesina, del acceso común a los recursos naturales, luchas contra el deterioro del medio ambiente provocado por el intercambio desigual, la industrialización y los agronegocios; luchas contra la minería sobre todo a cielo abierto, acabar con las deplorables condiciones laborales y de seguridad social de los mineros; luchas por la imposición, en territorios campesinos e indígenas, de hidroeléctricas, parques eólicos, carreteras, monocultivos y biopiratería. En un principio estos movimientos no se definen como ecologistas pero se niegan al despojo y al desplazamiento así como a la destrucción de su hábitat, a la falta de consulta y a la instalación de proyectos sin contar con la aprobación previa, libre e informada de los pueblos, generalmente bajo métodos de engaño o amenazas y uso de fuerzas policiacas y militares, todo bajo los imperativos de la expansión capitalista.

Estas resistencias van avanzando en sus niveles de conciencia y toman el perfil de luchas sociales o ambientalistas. Nuestra tarea será darles una orientación ecosocialista. Todas estas luchas han tomado un carácter relevante en América Latina sobre todo por la imposición de proyectos del capital en un proceso de depredación y despojo: En Perú la contaminación por la minería engendró grandes movilizaciones; en Brasil la defensa del territorio llevó a los indígenas nativos a defender hasta con la vida sus bosques contra la depredación y los agronegocios multinacionales, lo mismo que la defensa contra la construcción de la megapresa Belo Monte en el río Sinú que desplazará a miles de habitantes de la Amazonia; en México y Centroamérica son múltiples los movimientos contra proyectos mineros esparcidos en todos los países, y de hidroeléctricas como La Parota en Guerrero, El Zapotillo en Jalisco, Las Cruces en Nayarit, Paso de la Reina en Oaxaca, el Trasvase Independencia en territorio Yaqui; en Costa Rica, la defensa del río Pacuare, en Panamá la oposición a hidroeléctricas en territorio Gnöbe, el proyecto del canal transístmico en Nicaragua y múltiples presas en Honduras y El Salvador.

La lucha social por el derecho a la tierra y al territorio va de la mano con la lucha ambientalista en defensa del agua, los recursos naturales y la biodiversidad; ambas son la respuesta a la imposición que pretenden hacer las empresas sobre todo trasnacionales con la anuencia y protección de los gobiernos y sus fuerzas coercitivas; el objetivo es el despojo a los pueblos de lo que les es propio por derechos ancestrales. La mayor parte de estas luchas nacen de la espontaneidad, van adquiriendo conciencia de la defensa de derechos y llegan a alcanzar niveles importantes de conciencia comunitaria; la mayor parte de las veces construyen organización y se consolidan como fuerzas de resistencia importantes en gran medida contra las instancias gubernamentales. En estos movimientos habrá que incidir y hacer propuestas que los lleven a conformar movimientos antisistémicos que puedan llegar a tomar características de lucha de clases. Es ahí donde deberá fructificar de manera directa el proyecto ecosocialista.

El Ecosocialismo implica un cambio que exige actores sociales, organizaciones ecológicas, movimientos sociales y no sólo individuos. El combate por un cambio de civilización es la vía para el triunfo del combate para salvar el medioambiente, y esto concierne a todos. El ecologismo social se ha convertido en uno de los ingredientes más importantes del vasto movimiento contra la globalización capitalista neoliberal. La lucha contra la mercantilización del mundo y la defensa del medioambiente, la resistencia contra las trasnacionales, la defensa del entorno ecológico, todo queda inscrito en la reflexión pero sobre todo en la práctica del movimiento mundial contra la globalización del capitalismo neoliberal.

La COP21: financiamiento para seguir contaminando

El Acuerdo de París, adoptado por los gobiernos que participaron en la COP 21 concluyó con firmas y palabrería sobre financiamiento, mitigación, adaptación, compensaciones, absorción antropogénica por sumideros de CO2, bonos de carbono, para dar paso al llamado de los organismos financieros mundiales a participar en los nuevos negocios, los negocios verdes que signarán lo que los países industrializados y las trasnacionales de la energía llaman “neutralidad climática”, “cero emisiones netas” (basadas en compensaciones) o “balance de emisiones” que no son otra cosa que la simulación de que les preocupa el cambio climático, cuando en realidad no van a detener su maquinaria productiva ni cancelar sus megaproyectos y por lo mismo no van a reducir, menos a frenar, la contaminación y la emisión descomunal de gases efecto invernadero.

Los gases de efecto invernadero (GEI) son consecuencia del sistema de producción y de consumo dependiente  sobre todo de la quema de combustibles fósiles como petróleo, gas y carbón. Además de la industria petrolera, las industrias que más GEI producen son, la industria generadora de energía eléctrica, la industria alimentaria agroindustial, la de la construcción, el extractivismo, el transporte, además de la deforestación. Las grandes empresas y los países industrializados son quienes más gases de efecto invernadero producen. Tienen una deuda ecológica con el mundo, misma que no reconocen, menos aún están dispuestos a resarcirla. La responsabilidad que debían asumir debería ser dejar de producir de la manera en que lo han venido haciendo, sin embargo se niegan sistemáticamente a cambiar y por lo tanto, a dejar de contaminar. Esta es la razón del fracaso de las 20 cumbres climáticas anteriores y de la COP 21 que concluyó en días pasados en París.

Desde antes de iniciar la COP 21 ya estaban en la mesa las falsas soluciones a las que arribaría la cumbre, de las cuales no se desprenden compromisos vinculantes ni una supervisión internacional del esquema de Compromisos Nacionales Voluntarios de Reducción de Emisiones que deja en libertad a cada país a que diga con qué se compromete para solucionar el problema del calentamiento. Este esquema significa un retroceso incluso frente al limitado Protocolo de Kyoto, firmado en 1997 que, bajo el principio de establecer responsabilidades comunes pero diferenciadas, era un acuerdo internacional  vinculante que obligaba a los países a reducir 5 por ciento sus emisiones por debajo del nivel de 1990. Este acuerdo no lo firmaron todos los países, particularmente Estados Unidos, siendo el principal emisor histórico de contaminantes, por el contrario, siguió aumentando sus emisiones.

Después de que casi la totalidad (187 de 195) de los países asistentes a la Convención Marco hubieron presentado sus Contribuciones Nacionales Previstas y Determinadas (INDC) para el control del cambio climático (ya le habían quitado lo de “reducción de emisiones”); dichas contribuciones voluntarias resultaron insuficientes para alcanzar el objetivo fijado de mantener el aumento de la temperatura global en 2 grados centígrados. Los compromisos voluntarios por país dan un resultado de casi el doble (3.0 a 3.5 grados) del límite oficial acordado. Las expectativas quedaron por los suelos.

Los países dominantes encabezan y determinan los efectos de las falsas soluciones. No dejarán de contaminar y sus contribuciones las enfocan a compensar sus emisiones a través del mercado de compra-venta de carbono, o por medio de técnicas de geoingeniería como la captura y almacenamiento de carbono (CCS) que consiste en absorber CO2 de la atmósfera e inyectarlo a presión a gran profundidad;  además están los programas contra las comunidades campesinas e indígenas como la REDD+ para bosques; lo más relevante, según ellos, es que ofrecen aportaciones  a un fondo financiero de ayuda a los países más afectados por el cambio climático. El gobierno mexicano desde su llegada a la COP rápidamente se pronunció por fijar un precio real al carbono y se apuntó en la fila de la especulación en torno al mercado de carbono.

El mercado de carbono es el comercio de “derechos de emisión”, algo así como ensuciar en un lugar del mundo y supuestamente absorber CO2 en otro, generalmente en bosques y selvas de los países en vías de desarrollo. Una autoridad central como el Convenio de Cambio Climático establece un límite sobre la cantidad de gases contaminantes que pueden ser emitidos por las empresas. Las que rebasen ese límite compran un determinado número de Bonos (también conocidos como certificados o créditos) que cubren la cantidad de sus emisiones que quedaron por encima del límite establecido. Con esto la empresa compradora comprueba que pagó una cantidad de dinero NO para dejar de contaminar sino para seguir contaminando. El programa de Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación, evitada, (REDD+) consiste en el manejo sustentable de los bosques y el incremento de los inventarios de carbono. Las empresas y los países emisores financian la captura de carbono que realizan los bosques en los países del Sur para seguir contaminando en los países industrializados. Según ellos con pagar a los campesinos para cuidar el bosque ya cumplieron con su cuota climática. De este proceso se derivan dos problemas centrales: los campesinos ya no pueden sembrar y van perdiendo el dominio de sus territorios y por otro lado, quienes controlan y se quedan con dichos pagos no son los campesinos sino los gobiernos.

En la COP 21 los conceptos más manoseados y los que les significaron conflicto  fueron: mitigación, absorción de carbono y sobre todo financiamiento; la reducción de emisiones quedó reducida a compromisos individuales que los gobiernos hicieron sin regulación ni supervisión alguna, para dar inicio hasta 2020. Es indudable que los países dominantes que respaldan a las grandes empresas contaminantes no comprometieron ni modificaron en nada las actividades depredadoras ni la cantidad de emisiones de CO2 y otros contaminantes como el gas metano. El financiamiento es lo que ocupó gran parte de la Convención. En pocos años, si es que no meses, los países en vías de desarrollo estarán a la rebatinga por los 100 mil millones de dólares anuales que, según los países desarrollados desembolsarán para supuestamente ayudar a los países en desarrollo a limitar sus emisiones de GEI a partir de 2020. Ya veremos en donde colocan los países desarrollados sus propias emisiones ya que son los principales contaminadores del planeta; ellos mismos, los jefes de Estado dijeron que eso lo podrían hacer paulatinamente pero no ahora. Afirmaron: todavía necesitamos las energías convencionales, debemos hacerlas más limpias pero no imponer el fin de su utilización. Según los acuerdos, la mayor parte del dinero será para sustituir el carbón y las estaciones de gasolina por fuentes libres de emisiones como la energía solar, la eólica y la nuclear (ojo). Desde ahora podemos decir que no van a cumplir, que no pueden ni tienen la disposición de  hacerlo como no pueden detener su dinámica de producción al infinito y de consumo compulsivo, precisamente porque ese modelo junto con la explotación y el despojo son la razón de ser del capitalismo.

El ecosocialismo, la alternativa

Es aquí y para el período crítico que se avecina que nuestra corriente política deberá incidir con fuerza por medio de los postulados del Ecosocialismo en el ámbito de prioridades a nivel internacional, desde luego partiendo de las luchas nacionales. En un cónclave de jefes de Estado de países que se mueven en el mundo capitalista, ni remotamente podría pensarse que alguien señalara al sistema capitalista y su modelo de producción y consumo como el responsable de la crisis climática. Para ellos y para las grandes empresas, contaminar es un negocio al que no van a renunciar. No serán los gobernantes de esos estados burgueses los que van a atacar sus propios intereses. El capitalismo obstaculizará cualquier viso de transformación real que frene el calentamiento global. Las grandes ONGs que se movieron en torno a la COP tampoco van a hacer propuestas radicales ni cuestionarán al sistema, su quehacer es mediatizador. En este proceso en torno al calentamiento global marcado para cinco, diez y quince años van a profundizarse las contradicciones de la actual clase dominante mundial y el sistema capitalista que está en su base. Nuestra corriente revolucionaria deberá participar activamente en las dinámicas que surjan cuando se confronten con la realidad las falsas soluciones que emanaron de la COP 21.

El Ecosocialismo será la vía de nuestra incidencia por medio de sus planteamientos de cambio radical en el que dominen el control democrático, la igualdad social, la propiedad colectiva de los medios de producción, la planificación democrática y el interés general como medios para enfrentar y vencer al sistema capitalista obstructor del avance ecológico, y emprender un proceso de transición al socialismo. El Ecosocialismo plantea que la protección del equilibrio ecológico del planeta y la preservación de la vida de las especies vivientes son incompatibles con la lógica expansiva y destructiva del sistema capitalista y su modelo de producción y consumo. Ya brincaron los personeros del statu-quo capitalista. Peña Nieto llegó diciendo a París que “es posible crecer económicamente para generar bienestar al tiempo que cuidamos nuestro medio ambiente…que es factible asegurar un régimen climático sin frenar el desarrollo económico y social”, siguió a su jefe Obama quien sostuvo “hemos probado que un crecimiento económico fuerte y un medioambiente más seguro ya no están en contradicción”. Ya veremos.

Como organización política revolucionaria y desde los movimientos sociales en los que participamos tenemos la tarea de impulsar, afianzar y posicionar nuestra propuesta política, el Ecosocialismo, sobre todo quienes luchamos en movimientos de resistencia por el territorio, la tierra, el agua y los bienes comunes. Hacerlo desde este momento nos posicionará con una propuesta correcta frente a un problema crucial que como tal ha sido puesto en un primer plano a nivel mundial. Necesitamos fortalecernos frente a la diversidad de corrientes que se quedaron a mitad del camino con propuestas sobre justicia ambiental y que asumen como válidas soluciones como la mitigación o la adaptación sin cuestionar al sistema. Debemos hacer avanzar nuestra propuesta ecosocialista y dejar muy claro que nuestra lucha por un mundo ecológica y socialmente sustentable va en la vía hacia un nuevo paradigma de civilización, en la vía hacia el socialismo.

Por Rodolfo Chávez Galindo, militante de la Coordinadora Socialista Revolucionaria y miembro del Consejo de Ejidos y Comunidades Opositores a la Presa La Parota (CECOP La Parota) en el estado de Guerrero, México.