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El golpe en Brasil

Si el Senado brasileño hace suya la decisión de la mayoría de los diputados –cosa que probablemente sucederá- un parlamento ultrarreaccionario, que quiere anular la elección presidencial que hace casi un año impuso a Dilma Rousseff con una mayoría de dos millones de votos, habrá perpetrado un golpe de Estado a la paraguaya.

El bajísimo nivel político del electorado –al cual, como en Argentina, los llamados “progresistas” jamás se preocuparon por educar pues, por el contrario, querían desmovilizarlo- permitió que fueran elegidos como legisladores fanáticos ignorantes de sectas evangelistas de derecha, payasos con éxito en la TV, jugadores famosos de futbol o, peor aún, políticos profesionales corruptos que cambian de partido según lo que les ofrecen o representantes directos de grandes empresas y bancos. Dilma, para completar el cuadro, estaba en su puesto para “calentar la silla” a Lula, que la quería controlar sobre todo en el sector financiero y la debilitaba.

Todos los gobiernos brasileños estuvieron marcados por la corrupción generalizada. Desgraciadamente, los de Lula y el Partido de los Trabajadores no fueron la excepción porque recibieron grandes sumas de los lobbies para el funcionamiento del partido y retribuyeron los “regalos” haciendo “favores” a quienes les daban dinero y votando leyes de la derecha a la que decían combatir.

El PT se identificó con el Estado y se sometió a las necesidades del gobierno, cortando poco a poco sus lazos con los movimientos sociales. Lula, por ejemplo, distribuyó aún menos tierras que Fernando Henrique Cardoso y el Movimiento de los Sin Tierra tuvo que pensarlo mucho antes de apoyarlo y de apoyar a Dilma, su sucesora y también supuesta predecesora de Lula en la presidencia.

Con un partido tragado por el Estado y separado de sus bases naturales, que aplicaba una política conservadora influenciada por el agronegocio y la gran finanza, sin confianza en la integración regional con Venezuela y Argentina mientras ella era posible en la época de las vacas gordas, y obligado a comprar el apoyo de los partidos y diputados “aliados”, el gobierno del PT y Dilma Rousseff le abrieron el camino a un golpe descarado en el que los diputados que votaron por el impeachment no eran capaces de citar un solo delito de Dilma que justificase esa medida.

¿Y ahora qué podría pasar? El PT, si puede, debe antes que nada hacer una gran limpieza interna y tratar de volver a conquistar credibilidad en los movimientos sociales y los sindicatos, de los que se separó desde hace rato y , rompiendo con sus “aliados”-cómplices, debe elaborar una política alternativa a la del gran capital que llevó a cabo durante años. Sólo así tendría alguna posibilidad de ganar nuevas elecciones generales que sólo podrán ser impuestas por movilizaciones democráticas masivas a la represión de los vencedores golpistas. Ahora bien, eso no será fácil ni inmediato, pues Brasil ha conocido el desarrollo de una nueva clase media ignorante y desesperada, semifascista, y pasa además por una grave crisis económica.

Es estúpido atribuir esta terrible derrota de todos los latinoamericanos a la acción del imperialismo, que no hace sino lo que siempre hizo, y al revanchismo clasista de la derecha brasileña, la más ignorante y feroz de todas las derechas latinoamericanas porque se cree que en serio que Deus é brasileiro y se siente mal “en un país de negros”. Lo primero es hacer un balance de la política del PT, barrer a fondo el partido, presentar una autocrítica profunda y sincera y tratar de llegar a acuerdos parciales con otros sectores de la izquierda. Como Anteo, hay que sacar fuerzas hundiendo los pies en la tierra de Brasil.

Por Guillermo Almeyra