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Feminismo para acabar con el capitalismo

Por Laia Facet, militante de Anticapitalistes (Cataluña).
Artículo publicado originalmente en Poder Popular

Lucha de segunda en buena parte de la historia del movimiento obrero, el feminismo hoy toma la delantera en las resistencias contra el capitalismo austeritario. Movimiento vivo, radicalidad, capacidad de autoorganización, audiencia de masas y un largo etcétera de potencialidades para empapar al resto de luchas.

La capacidad de respuesta a la llamada del 8 de marzo de 2017 para la huelga de mujeres, así como las réplicas de la Women’s March en todo el mundo fueron el pistoletazo de un nuevo ciclo de movilizaciones feministas. Las primeras huelgas y movilizaciones masivas a las que se enfrentaron tanto Macri (Argentina) como Trump (EEUU) fueron feministas. Y desde hace algunos años más, el papel de las mujeres en las primaveras árabes, en las movilizaciones en defensa de lo público o en las protestas campesinas en América Latina no es casualidad.

La ofensiva neoliberal y misógina de la receta austeritaria se está encontrando con fuertes resistencias por parte de las mujeres. Mujeres que asumimos las cargas reproductivas dentro y fuera del hogar, dentro y fuera del mercado, dentro y fuera del empleo. Sus políticas de recortes y deuda suponen una vuelta de tuerca doble o triple en todas esas esferas para nosotras.

Sin embargo, no todas las mujeres transversalmente sufrimos igual los estragos de la crisis. Las mujeres de la burguesía, del establishment, de las clases dominantes o de los aparatos del Estado no están atravesadas por las mismas experiencias de desposesión. Si bien a todas se nos exige un rol de género, no todas lo resolvemos igual, ni a todas se nos exige lo mismo.

Muchos han sido los debates tanto dentro del marxismo como del feminismo sobre la relación entre género y clase. La cuestión que sostengo es que somos un sector estratégico de la propia clase y por lo tanto del combate anticapitalista. Esta concepción comporta, por un lado, evitar los análisis y las políticas auto-centradas en la identidad. Tanto esa identidad Mujer singular donde se invisibilizan distintas opresiones (clase, raza, sexualidad…); como también, un abanico de identidades plurales desligadas de sus sustratos materiales que las hacen emerger (¡y converger!). Por otro lado, el segundo error simétrico es esa visión estrecha y homogénea de la clase, así como de la estrategia. Una visión donde lo reproductivo ha quedado sistemáticamente postergado a algo a resolver después del gran día de la revolución, como si este llegara de golpe y fuera a resolverlo todo. Más cuando auto-organizar el trabajo reproductivo es condición necesaria para sostener en el tiempo un desafío al capitalismo.

Pese a la radicalidad del feminismo, en el imaginario general se ha instalado el ilusionismo de una vuelta a la edad dorada del “bienestar”. Un “bienestar” que no fue tal para la mayoría de las mujeres pero que sigue funcionando como un horizonte deseable. La crisis está dejando vacíos cada vez mayores en las funciones de reproducción que anteriormente había asumido el Estado (educación, sanidad, servicios sociales…). ¿Las recetas neoliberales a estos vacíos? Mercantilización y hogarización. Nos encontramos en un choque entre unas expectativas que no van a verse realizadas en esta fase del capitalismo y un cambio de ciclo para la que no hay estrategias socioeconómicas suficientemente maduras.

En ese choque podemos retomar el hilo que Nancy Fraser ha empezado a elaborar recientemente. Fraser explica de qué modo en el cierre de la segunda ola se combinó el neoliberalismo individualista con la presión para que el feminismo asumiera demandas estrictamente de reconocimiento. Una suerte de posibilismo que dejaba subordinadas las demandas de redistribución y la crítica de conjunto al sistema. El reconocimiento que se llevó a cabo fue el de aquellas que podían ascender socialmente. Aquellas que podían agenciarse del “empoderamiento femenino”. Aquellas que encajaban en el éxito neoliberal.

Exactamente, el feminismo no es necesariamente anticapitalista. Sin embargo, hoy nos encontramos en la apertura de un ciclo, ¿cómo aprovechamos y evitamos una salida individualista que sólo aventaje a unas pocas? ¿Cómo retomamos la dialéctica entre reconocimiento y redistribución? ¿Cómo reconstruimos un programa anticapitalista y una estrategia de autoorganización feminista? Por suerte, tenemos algo de nuestro lado: las contradicciones inherentes de ese feminismo individualista y liberal. Contradicciones de fondo entre la defensa de los derechos de las mujeres, la lucha contra las opresiones que sufrimos, y no plantear un horizonte que supere el sistema que produce dichas opresiones.

Muchas de las demandas clásicas del feminismo siguen vigentes. Sin embargo, muchas de ellas deben pasar por el tamiz de las experiencias transcurridas: la participación en el mercado laboral no ha llevado a la independencia económica prometida, ni a acabar con el Servicio Familiar Obligatorio para la mayoría de las mujeres. Los roles de género se han reproducido en los empleos, la brecha salarial sigue siendo un dato estructural y la conciliación ha ido encarada sólo hacia las mujeres y a abaratar la mano de obra femenina. Reorganizar el trabajo-empleo sigue siendo una de las deudas pendientes. Una deuda pendiente tras décadas de neoliberalismo.

La puesta en el centro del cuidado común por encima de intereses privados en un ciclo de acumulación por desposesión es un puntal clave. El cuidado común – además de una cuestión afectiva – también es asegurar todo aquello que hace posible la vida: la comida, la energía, la vivienda, la salud… Si además, defendemos una “vida digna” – como expresan las activistas de la economía feminista y del ecofeminismo – el abanico se amplía. De ese modo, los intereses “de las mujeres”, no son sólo “nuestros” intereses, sino los intereses fundamentales de la mayoría social y abren un campo donde labrar alianzas con otros sectores desposeídos por el capitalismo.