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RESOLUCIÓN IV INTERNACIONAL / La destrucción capitalista del medioambiente y la alternativa ecosocialista

 

En memoria de Berta Cáceres, militante indígena, ecologista y feminista hondureña, asesinada el 3 de marzo de 2016 por sicarios de las multinacionales, y de todas las mártires de las luchas por la justicia medioambiental.

Introducción

1.1. La presión que ejerce la humanidad sobre el Sistema Tierra aumenta cada vez de forma más rápida desde los años 1950. En estos inicios del siglo XXI, alcanza niveles extremadamente alarmantes y continúa creciendo en casi todos los ámbitos. Hay umbrales críticos de degradación que están ya  a día de hoy superados en muchos ámbitos, como la concentración atmosférica de gases de efecto invernadero. Existe un riesgo real, innegable, de que esta presión cuantitativa creciente, palpable en todas partes y en todos los ámbitos, desemboque en una transformación cualitativa que podría ser brusca (en algunos decenios) y en gran parte irreversible. El Sistema Tierra entraría entonces en un nuevo régimen de equlibrio dinámico, caracterizado tanto por unas condiciones geofísicas y geoquímicas muy diferentes a las actuales, como por una disminución incluso mayor de la riqueza biológica. Además de las consecuencias sobre otros seres vivos, la transición hacia un nuevo régimen pondría en peligro, cuanto menos, la existencia de cientos de millones de seres humanos de entre los más pobres, en especial mujeres, niños y personas mayores. En el peor extremo, un hundimiento ecológico de proporciones globales podría conllevar el colapso de nuestra propia especie.

1.2. El riesgo aumenta día a día, pero aún estamos a tiempo de conjurarlo o, al menos, limitar y contener la catástrofe. Efectivamente: no es la existencia humana en general la causa determinante de la amenaza sino más bien el modo de producción y reproducción social de esta existencia, que también implica un modo de distribución y consumo, además de determinados valores culturales. Este modelo, en vigor desde hace ya casi dos siglos, el capitalismo, es insostenible porque la competencia para obtener beneficio, que es su fuerza motriz, implica una tendencia ciega al crecimiento cuantitativo ilimitado, incompatible con los flujos y ciclos limitados de la materia y la energía en el sistema Tierra. A lo largo del siglo XX, los llamados países del “socialismo real” fueron incapaces de ofrecer una alternativa a la destrucción productivista del medioambiente, a la cual, por el contrario, han contribuido de forma muy importante. Al inicio del siglo XXI, la humanidad está confrontada a una obligación sin precedentes: controlar su desarrollo en todos los ámbitos con el fin de hacerlo compatible con los límites y la buena salud del medioambiente en el seno del cual se ha podido desarrollar. Ningún proyecto político puede situarse al margen de esta conclusión de los estudios científicos sobre el “cambio global”. Al contrario, todo proyecto político debe ser juzgado, en primer lugar, por la comprensión de este riesgo, las respuestas sistemámicas que aporta al mismo, la adecuación de estas respuestas con las exigencias fundamentales de la dignidad humana y su articulación con su programa sobre otras cuestiones, sobre todo las sociales y económicas.

  1. La quiebra entre la urgencia de una alternativa ecosocialista radical y las relaciones de fuerza y los niveles de conciencia

2.1. Es urgentemente necesario establecer una relación completamente diferente del ser humano y la naturaleza, basada en “cuidar” a ambos. Esta nueva relación no surgirá simplemente de acciones individuales dirigidas a cambiar los comportamientos; exige un cambio estructural de la relación de los seres humanos entre sí: la erradicación total y global del capitalismo como modo de producción de la existencia social. Esta erradicación es, en efecto, la condición sine quae non de una gestión racional, temperada y prudente del intercambio de materiales entre la humanidad y el resto de la naturaleza. Las ciencias y la técnica podrían facilitar esta gestión, pero sólo si su desarrollo deja de estar dictado por el beneficio capitalista.

2.2. El capitalismo verde y el acuerdo de París no permiten salir de la destrucción ambiental en general y, concretamente, del peligro del negacionismo climático. La alternativa no puede venir más que de una política global que satisfaga las necesidades humanas reales, es decir, aquellas que no están determinadas por la influencia del mercado sino por una deliberación democrática, lo que permitiría a las poblaciones apropiarse de nuevo de su destino, liberarse de la alienación mercantil y romper la lógica impersonal de acumulación productivista que caracteriza al capital.

2.3. Los ejes de esta alternativa son:

– Socialización del sector energético: es el único medio de salir de las energías fósiles, detener las nucleares, reducir radicalmente la producción y  consumo de energía y guiar una transición rápida hacia un sistema de renovables, descentralizado y eficiente, de acuerdo a los imperativos ecológicos y sociales

– Socialización del sector crediticio: es indispensable, vista la imbricación de los sectores energéticos y financieros en las inversiones de gran calado y larga duración, y también para la puesta a disposición de recursos financieros necesarios para la transición

– Abolición de la propiedad privada de los recursos naturales (suelos, aguas, viento, energía solar, geotermia, recursos marinos, etc) y de los recursos propios de los diversos saberes.

– Destrucción de todos los stocks de armamento, supresión de la producción inútil (el propio armamento) o dañino (petroquímica, nuclear) y producción de valores de uso democráticamente determinados en lugar de valores de cambio

– Gestión comunal y democrática de estos recursos en función de las necesidades humanas reales dentro del respeto al buen funcionamiento y la capacidad de renovación de los ecosistemas

– Abolición de todas las formas de desigualdad y discriminación basadas en el género, la raza, la etnia, la religión o la orientación sexual, y la emancipación de todas las oprimidas, en particular de las mujeres

– Abolición del trabajo obligado, del trabajo como productor de mercancía – en tanto que categoría alienante – ajeno a la libre actividad humana y destructora del tiempo libre

– Una política socio-económica a largo plazo, dirigida a reequilibrar las poblaciones urbanas y rurales y superar la contraposición entre ciudades y campo

2.4. Una quiebra profunda separa esta alternativa, objetivamente necesaria, y las actuales relaciones de fuerza social y los niveles de conciencia actuales. Esta quiebra no puede ser superada más que por las luchas concretas de las explotadas y oprimidas en defensa de sus  condiciones de existencia y de su entorno. Se trata de, mediante la conquista de reivindicaciones inmediatas, llevar a la radicalización a capas cada vez más amplias de la población, en una vía en la que converjan sus luchas y se formulen reclamaciones incompatibles con la lógica capitalista (reivindicaciones transitorias).

Algunas exigencias clave en el marco de esta estrategia son:

– Desinversión en energías fósiles. Supresión de subsidios al desarrollo de proyectos fósiles y al transporte basado en estas energías. Denuncia de la colaboración público-privada que domina el sector energético mundial

– Movilización contra los proyectos extractivistas – en particular las nuevas explotaciones petrolíferas y de gas de esquisto – así como contra las grandes obras inútiles construidas para el sector fósil (aeropuertos, autopistas, etc)

– Parar  lo nuclear y poner fin al carbón, las arenas bituminosas y el lignito

– Apoyar los proyectos de formación permanente y popular en sostenibilidad ecológica

– Rechazo de la apropiación capitalista de los territorios, los océanos y sus recursos

– Reconocer los derechos de las pueblos originarios, así como sus saberes y su modo de gestionar los ecosistemas de forma sostenible

– Conceder el estatus de refugiados a las víctimas de catástrofes ecológicas/climáticas. Respeto total de los derechos democráticos para las refugiadas en general. Libertad de movimiento y de asentamiento

– Defender los derechos de las mujeres luchando contra todo intento de criminalizar las decisiones de las mujeres sobre sus capacidades reproductivas. Aborto y contracepción libres y gratuitos, sostenidos por la seguridad social. Desfemenización y desprivatización de los cuidados de menores, enfermas y personas mayores, porque es una responsabilidad colectiva.

– Garantizar buenos sistemas de seguridad social, asegurando la vida de las personas y unas pensiones suficientes

– Abolir los tratados de libre comercio, multilaterales y bilaterales, y sacar las tecnologías ecológicas del marco del Acuerdo general sobre el comercio de servicios (AGCS) de la OMC

– Respeto de los compromisos adquiridos en torno al Fondo Verde (100 mil millones anuales), que se desarrollaran a través de donaciones (no de préstamos). Gestión pública del Fondo Verde, no por el Banco Mundial sino por los representantes de los países del Sur, bajo control de las comunidades y de los movimientos sociales.

– Imponer tasas fiscales a los transportes internacionales, aéreos y marítimos, y dedicar el volumen de dichas tasas a los países del sur, en concepto de compensación (parcial) de la deuda ecológica

– Reconocimiento de la deuda ecológica con los países del sur. Abolición (sin indemnización, excepto para los pequeños acreedores) de las deudas públicas que el imperialismo utiliza como forma de imponer un mal desarrollo, injusto e insostenible

– Tasar las transacciones financieras y llevar a cabo una reforma fiscal redistributiva para que el capital y los capitalistas paguen la transición

– Abolición del sistema de patentes; y, en concreto, prohibición inmediata de patentar lo vivo y las tecnologías de conversión/almacenamiento de energía. Erradicación de los dispositivos que permiten el robo de saberes ancestrales a los pueblos autóctonos, especialmente por parte de las compañías farmacéuticas

– Refinanciación significativa de la investigación pública y eliminación de los dispositivos que la subordinan a la industria

-Promover la soberanía alimentaria y la protección de la biodiversidad por medio de la reforma agraria

– Pasar a una agricultura ecológica y campesina local, de proximidad, informada por el interés público y sin OGM ni pesticidas

-Abolición de la cría animal industrial. Fuerte reducción de la producción y consumo de carne. Respeto al bienestar animal

– Prohibición de la publicidad y fomento del reciclaje, la reutilización y la reducción: rechazo del modelo consumista, despilfarrador y energívoro impuesto por el capital

– Gratuidad de la energía y el agua imprescindibles para las necesidades básicas y, más allá de ese límite, fiscalidad fuertemente progresiva en función del consumo, para combatir el despilfarro. Extender la esfera de gratuidad de los bienes (productos alimentarios básicos) y servicios (transporte público, educación, salud, etc).

– Garantizar a las trabajadoras de las empresas que desaparecerán en el marco de la transición el derecho a proponer  una alternativa en la producción de infraestructuras sostenibles. Si esas alternativas se relevaran irrealizables, mantenimiento de los derechos sociales a la reconvenrión, a un nuevo empleo o a la jubilación.

– Desarrollo de empresas públicas y comunitarias orientadas a la creación de empleos para la puesta en pie de la transición ecológica al margen del beneficio, bajo control obrero y ciudadano (sobre todo en el ámbito de la producción eléctrica, de la construcción-aislamiento-renovación de edificios, de la movilidad de las personas para salir del “automóvil para todo”, del reciclaje de los desechos y de la reparación de los ecosistemas)

– Reducción colectiva y radical del tiempo de trabajo sin pérdida de salario, reduciendo la cadencia en el trabajo y con nueva contratación proporcional (especialmente de mujeres, jóvenes y miembros de minorías): junto con el desarrollo del sector público, es la condición por excelencia para conciliar la reducción de la producción con la creación del pleno empleo y la asunción social de la transición

– Extensión de los derechos de organización y control de los trabajadores y trabajadoras de las grandes empresas, sobre todo en lo que respecta a la salud en el trabajo, la durabilidad de los productos, la eficiencia de la producción, etc, así como protección de quienes dan la voz de alerta sobre estas cuestiones

– Reforma urbana a largo plazo, orientada a terminar con la especulación del suelo, a “desartificializar” la ciudad (agricultura urbana) y a liberarla del coche en beneficio del transporte colectivo, de los huertos colectivos y de la movilidad blanda, espacios reservados a peatones y ciclistas.

2.5. Este programa no es exhaustivo; será enriquecido de forma constante por las luchas concretas. Desde una perspectiva ecosocialista, este enriquecimiento debe ser guiado por los principios clave de una transición justa: justicia ambiental y social, responsabilidades comunes pero diferenciadas, lucha contra las desigualdades y mejora de las condiciones de vida, rechazo del colonialismo verde y del racismo ambiental, prioridad de las soluciones colectivas, internacionalismo y principio de precaución. Por encima de todo, se trata de desarrollar el empoderamiento de las explotadas y las oprimidas por medio de la democracia, la descentralización, el control y la apropiación – o reapropiación – colectiva de los comunes. Porque lo que es común se define por el proceso social de su construcción democrática, y no por la naturaleza – que haría ciertas cosas “comunes” mientras otras quedan sujetas a la apropiación privada. Por lo tanto, estas reivindicaciones no forman una solución “llave en mano”: indican una dirección general que seguir para abrir una vía anticapitalista, ecosocialista y ecofeminista que modificará todas las esferas de actividad (producción, distribución, consumo) y vendrá acompañada de un profundo cambio de valores. No son aplicables de forma separada, pero una salida a la crisis no puede ser posible sin su aplicación coordinada y planificada. El conjunto forma un todo coherente, incompatible con el funcionamiento normal del sistema capitalista. No hay otra solución, no hay atajos para hacer frente a la urgencia de la situación.

  1. Trabajo asalariado, alienación y ecosocialismo

3.1. Solo las y los explotados y oprimidos pueden llevar la lucha medioambiental hasta el fin, porque la abolición del sistema capitalista se corresponde con sus intereses de clase. Pero el capital incorpora a las trabajadoras al incorporarlas mediante la compra de su fuerza de trabajo. En condiciones “normales” del modo de producción capitalista, la existencia cotidiana del proletariado depende del funcionamiento del sistema que les mutila directa e indirectamente y que mutila el medioambiente. Esta contradicción hace que la participación del movimiento obrero en la lucha es al mismo tiempo difícil y decisiva. La dificultad tiende a crecer en la situación actual porque la reestructuración de la economía conduce a un desempleo masivo y deteriora la relación de fuerzas entre el trabajo y el capital.

3.2. Las direcciones mayoritarias del movimiento sindical se alinean con el llamado “capitalismo verde” a través de una línea de colaboración de clase. Tienen la ilusión de que la transición capitalista, a condición de que sea pactada, reducirá masivamente el paro mediante el relanzamiento del crecimiento gracias a la producción “verde”. Frente a esta corriente sindical dominante, algunos sectores se inclinan hacia el populismo y el proteccionismo, incluso hacia el negacionismo climático. En algunos casos, en efecto, la defensa del clima sirve de pretexto a los ataques capitalistas, o se da la la circunstancia de que sindicalistas creen que al poner en duda la realidad podrán evitar la destrucción de empleos en los sectores fósiles o vinculados a los mismos. Por consiguiente, alimentar el debate en torno a las alternativas ecosocialistas y contribuir a la emergencia de una izquierda en ruptura con el capitalismo en el interior de los sindicatos constituye una tarea de importancia estratégica.

3.3. Sectores sindicales de izquierda participan en las luchas medioambientales, (fundamentalmente a través de las “Trade Unions for Energy Democracy” y la reclamación de la creación de empleos climáticos). Estas campañas implican en sus acciones a los sindicatos y sus miembros, que temen pérdidas masivas de empleos. Todas estas importantes iniciativas sindicales imputan la responsabilidad de salir de la economía fósil a las empresas contaminantes y a los gobiernos que las han protegido y subsidiado. En esta medida, despiertan reivindicaciones anticapitalistas que pueden ser ampliadas y coordinadas cuando las trabajadoras se enfrenten a la gravedad de la crisis ecológica (Trade Union For Energy Democracy, por ejemplo, defiende la socialización de la energía).  Es evidente que las fuerzas capitalistas tratarán de limitar el radicalismo de estas campañas para mantenerlas dentro del marco de “respeto a la competitividad de las empresas” (Resolución sobre Transición Justa, World Congress – International Trade Union Confederation, Vancouver). Por otra parte, las campañas por el empleo climático se basan a menudo en estimaciones demasiado optimistas de crecimiento del empleo en la transición. No siempre se tiene en cuenta que la sostenibilidad exige una reducción de la producción. No obstante, el cierre de industrias dañinas – desde la fabricación de armas a las centrales térmicas de carbón – y la reconversión de la industria automovilística hacia la fabricación y mantenimiento de un sistema de transporte público masivo son medidas prioritarias en la transición. Es cierto que ésta también implicará un crecimiento del empleo en otros sectores. Por ejemplo, el desmantelamiento de la industria agroquímica en beneficio de una agricultura ecológica y el desarrollo de un sector público o comunitario bajo control social ofrecerán posibilidades de reconversión.  Conviene también asumir el hecho de que esta reorganización de la actividad de acuerdo a las necesidades sociales, al igual que la reducción de las desigualdades sociales, no son objetivos limitados a una región concreta, sino objetivos globales que implican nuevos empleos para la reparación de los daños causados a los países del sur. No obstante, una reducción global de la producción es necesaria. El movimiento obrero debe responder a esto con una exigencia de reducción de jornada sin pérdida de salario. La lucha contra el cambio climático es una reivindicación antiproductivista por excelencia. Es el medio privilegiado para gestionar racionalmente los intercambios materiales con la naturaleza dentro del respeto a la dignidad humana, es decir, de conciliar el pleno empleo y la supresión de producción inútil y dañina, o de la obsolescencia programada.

3.4. La degradación de la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo se traduce sobre todo en el deterioro de las condiciones de trabajo, y esto conlleva la intensificación de los ataques capitalistas contra la salud de las trabajadoras; en particular, de las y los precarios. Entre las trabajadoras, la lucha contra el incremento de las enfermedades profesionales constituye la base para hacer avanzar la conciencia de que el Capital destruye tanto la Tierra como a ellas mismas. Destrucción que también adquiere la forma del incremento de los riesgos psicosociales, que no solo está ligado a las formas de organización y de control en el trabajo, sino también a los estragos medioambientales que muchos trabajadores y trabajadoras se ven obligados a llevar a cabo por orden del Capital. La defensa de la salud constituye también un punto de apoyo para la convergencia –a menudo difícil-  de las reivindicaciones de las y los trabajadores de empresas contaminantes, de las poblaciones adyacentes que también padecen esa polución, y de los movimientos en defensa del medio ambiente.

  1. Luchas de las mujeres y ecosocialismo

4.1. Son los pueblos indígenas, el campesinado y la juventud quienes se sitúan en la vanguardia de la lucha por el medio ambiente, y las mujeres juegan un papel primordial en estos tres sectores. Esto es debido a su opresión específica, no a su sexo biológico. La opresión patriarcal impone a las mujeres actividades sociales directamente vinculadas a los “cuidados” que les sitúan en primera línea de los desafíos medioambientales. Puesto que producen el 80 % de los productos alimenticios en los países del Sur, las mujeres están directamente confrontadas a los estragos del cambio climático y de la agroindustria. Porque asumen la mayoría de las tareas en la crianza de los niños y el mantenimiento de la casa, las mujeres están directamente confrontadas a los efectos de la destrucción y la contaminación del medio ambiente en los ámbitos de la salud y la educación.

4.2. En el ámbito ideológico, los movimientos de mujeres conservan la memoria de las experiencias de instrumentalización del cuerpo de las mujeres en nombre de la ciencia (campañas de esterilización forzada, etc.), lo que favorece una visión crítica de la pseudoracionalidad científica mecanicista como instrumento de dominación y manipulación.

4.3. Los combates de las mujeres aportan un plus particular, precioso e irremplazable al desarrollo de la conciencia anticapitalista global, que favorece la integración de las luchas. Según la ONU, la gama completa de medios de planificación familiar sigue sin ser accesible para, al menos,  350 millones de parejas en el mundo. Más de 220 millones de mujeres no disfrutan de los servicios básicos ligados a la reproducción, que son a menudo la diferencia entre la vida y la muerte. 74.000 mujeres mueren cada año como consecuencia de abortos clandestinos, la mayor parte en países del sur. Cada año, 288.000 mujeres (el 99% en países del sur) mueren por causas evitables relacionadas con el embarazo y el parto. Luchando contra la apropiación patriarcal de su cuerpo, así como de su capacidad natural de reproducción, y contra la explotación del  trabajo doméstico gratuito que realizan en su mayoría, las mujeres alientan la comprensión de que el capitalismo se basa no solo en la apropiación de la naturaleza y la explotación de la fuerza de trabajo a través del trabajo asalariado, sino también en la invisibilización patriarcal del trabajo de cuidados y de reproducción de la fuerza de trabajo. A estos tres pilares se une un cuarto: la explotación y la opresión racistas. Es decir, estos cuatro pilares del capitalismo tienen en última instancia un denominador común que es la apropiación de los recursos naturales, de la que forma parte la fuerza de trabajo humano. Las lucha de las mujeres (1) a favor del derecho al control de su cuerpo, su sexualidad y sus capacidades reproductivas, (2) contra las discriminaciones sexistas de las que son víctimas en el mercado de trabajo asalariado y en el producción en general, y (3) a favor del reconocimiento social y del reparto del trabajo doméstico, forman parte integral del combate ecosocialista. Las luchas de las mujeres enriquecen y amplían el horizonte de la liberación.

  1. Cuestión agraria y ecosocialismo

5.1. A nivel mundial, el campesinado y las obreras agrícolas constituyen el sector social más masivamente comprometido con la lucha medioambiental en general y la climática en particular. Este papel de vanguardia es la respuesta a la brutal agresión del capital que quiere acabar con el campesinado independiente para convertirlo en mano de obra desempleada (para presionar sobre los salarios) o en asalariadas agrícolas o situaciones asimilables –que produzcan mercancías mediocre a precio barato para el mercado mundial en lugar de productos alimenticios de buena calidad para las poblaciones locales. Todo ello es fruto del trabajo de organización y concienciación desarrollado por sindicatos campesinos como Vía Campesina, y especialmente por las ocupaciones de tierra de los campesinos que carecen de ella.

5.2. A diferencia de las asalariadas, el pequeño campesinado no está integrado en el capital. A pesar de  que la producción para el mercado tiende a imponerles objetivos y métodos productivistas, los campesinos y campesinas siguen conservando la mentalidad del artesano preocupado por “trabajar bien”. A pesar del poder de  su enemigo capitalista, se movilizan para preservar o reconquistar la propiedad de sus medios de producción. Ahora bien, la desigual relación de fuerzas frente la agroindustria y la gran distribución les lleva a buscar alianzas con otros movimientos sociales; sobre todo, con las trabajadoras y el movimiento ambientalista. En cuando a las obreras agrícolas, sobre todo los temporeros sin-papeles y sobrexplotados, sobre todo ellas, casi no tienen ninguna perspectiva, ni de convertirse en campesinos ni de superar los límites ultra-precarios del asalariado. Su lucha es objetivamente anticapitalista.

5.3. La importancia de la cuestión agrícola no debe ser juzgada solamente por la proporción de agricultoras en la población activa, sino a partir de cinco hechos objetivos:

5.3.1. Los modos de la producción de agrícola y de pesca están en el centro de desafíos decisivos para la salud humana (obesidad, enfermedades cardiacas, alergias, etc) y de protección del medioambiente que muestran la fuerza destructiva del capital. Los cambios de comportamiento de las consumidoras no pueden liderar la transición ecológica, pero las elecciones en materia de alimentación pueden sostenerla como redes que dan soporte a la reorientación y que tienen un impacto ecológico significativo. La reivindicación de la “soberanía alimentaria” pone en cuestión la capacidad de las multinacionales para utilizar el arma de la alimentación contra las luchas de los pueblos, y permite unir a las consumidoras y productoras en toron a una lucha y unas prácticas que generan conciencia anticapitalista.

5.3.2. El papel de las mujeres en la producción agraria.  Las mujeres constituyen el 43 % de la mano de obra agraria en los llamados “países en desarrollo”. La discriminación patriarcal se traduce en el reducido tamaño de sus explotaciones y sus cabañas, en un nivel de mecanización más débil, en una carga de trabajo más pesada para un rendimiento inferior debido al peso de las tareas improductivas – obtención de agua y madera–, en el acceso más reducido a la formación y al crédito (pero mayor que los hombres al micro-crédito).  Las asalariadas tienen un estatus más precario que el de los hombres. La emancipación de las agricultoras en tanto que mujeres es una de las condiciones determinantes para responder tanto al reto de la alimentación como al de la agricultura ecológica. Se trata, por lo tanto, de un asunto ecológico en sí mismo.

5.3.3.  El sector agrícola-forestal en su conjunto es responsable de más del 40 % de las emisiones de gas de efecto invernadero. La agroindustria es, además, un agente clava de la contaminación química de la biosfera, mientras que la pesca industrial y la contaminación del agua por la agroindustria son factores determinantes del declive de la biodiversidad en el entorno acuático. Al mismo tiempo, el calentamiento amenaza la productividad de la tierra, y la acidificación provocada por el calentamiento climática amenaza los ecosistemas acuáticos.

5.3.4. En su mayor parte, el declive de la biodiversidad no se frenará mediante la creación de reservas naturales sino mediante el impulso de una agricultura ecológica. Por otra parte, para detener el cambio climático ya no basta con reducir las emisiones de gas de efecto invernadero. En las próximas décadas es preciso retirar carbono de la atmósfera. En su lógica de beneficio, el capital no puede reaccionar más que a través de las tecnologías de aprendiz de brujo de la geoingeniería y de una apropiación generalizada de los servicios ecosistémicos. La agricultura campesina y una silvicultura racional son los únicos medios de disminuir la concentración de carbono eficazmente, sin peligros y manteniendo la justicia social. Así, la protección de la biodiversidad y la del clima refuerzan la necesidad de una alternativa ecosocialista y construyen las bases materiales para el rol decisivo de la alternativa agroecológica en esta alternativa de conjunto.

5.3.5. El paso a una agricultura (y a una pesca y silvicultura) ecológica es un factor de primer orden para la construcción de una sociedad ecosocialista, de la misma importancia que la democracia de los productores y la utilización de una energía 100 % renovable. Ahora bien, esta agricultura es más intensiva en mano de obra que la agricultura industrial. El paso a una silvicultura sostenible y a la restauración / protección de los ecosistemas implica también un incremento de la población dedicada a estas actividades. Responder a este desafío exige una política de largo aliento sobre la revalorización del trabajo agrícola, la formación de trabajadoras y el equipamiento de zonas rurales con infraestructuras y servicios para las personas, así como el desarrollo de una agricultura urbana.

  1. Pueblos indígenas, buen vivir y ecosocialismo

En América del Norte, Central y del Sur, en África, Asia y Oceanía, los pueblos originarios se sitúan también en primera línea. Su combate se suma a menudo al de los campesinos y campesinas y al de las comunidades rurales; pero es específico. Los pueblos originarios producen su existencia social a partir de una relación directa con el medioambiente que han moldeado y que constituye su espacio vital. Debido a ello, estos pueblos están en el punto de mira de muchos actores capitalistas muy poderosos y ávidos de saquear recursos naturales: multinacionales del petróleo, del gas, mineras, de la madera y de la pasta de papel, de la carne, de la agroindustria, del sector farmacéutico, sin contar las financieras de la “compensación carbono” disfrazadas de defensoras ecológicas de los bosques. Por regla general, todos estos saqueadores extractivistas actúan con la complicidad de los gobiernos nacionales y de las autoridades locales, que invocan objetivos de desarrollo y necesidades ecológicas para disimular su afán de lucro y su desprecio neocolonial hacia los pueblos indígenas. Por su parte, éstos generalmente no disponen de ningún título de propiedad sobre los recursos de su entorno. No disponen de más medios que la lucha para evitar su expulsión. Para luchar, los pueblos primitivos protegen y dan a conocer su cosmogonia, que es de una riqueza maravillosa para el conjunto de la humanidad y una fuente de inspiración para el ecosocialismo. Frente al capitalismo que intenta aplastarlos y apropiarse de sus recursos y sus saberes, estos pueblos juegan un papel de vanguardia en la lucha por una sociedad ecológicamente sostenible. Incluso en los casos en los que los pueblos originarios se han urbanizado, mantienen una relación con su comunidad y su cultura mientras hacen frente a problemas diferenciados, especialmente el de la discriminación. Tienen buenas razones para buscar aliados que refuercen su combate.

  1. Autogestión, control y alternativa política

7.1. Los profundos cambios en el modo de vida y en las perspectivas de desarrollo que necesita la transición ecológica no se podrán imponer desde arriba, de forma autoritaria o tecnocrática. Sólo serán realizables si la mayoría de la población se convence de que son indispensables y compatibles con la mejora significativa de sus condiciones de existencia; es decir si se hacen deseables. Esto exige un cambio de calado en las conciencias con el objetivo de dar más valor al tiempo, al control de lo que se produce y al trabajo no alienado que a la acumulación infinita de bienes materiales. Se trata de impulsar la educación permanente sobre la gravedad de la destrucción medioambiental y sus causas. Frente a la impotencia capitalista, se trata de estimular procesos democráticos de control activo, de hacerse cargo de la transición, de intervenir en las decisiones públicas, incluso de la apropiación común de la producción y de la reproducción social, así como de la protección de los ecosistemas amenazados. Por su propia naturaleza, estos procesos se combinan con las luchas de las nacionalidades oprimidas en favor de sus derechos sociales y su derecho democrático a la autodeterminación. Se trata de esbozar en la práctica la invención de relaciones emancipadas entre los seres humanos y entre la humanidad y el resto de la naturaleza, para mostrar que “es posible otro mundo”.  Estas prácticas de los sectores sociales más comprometidos en las luchas animan al movimiento obrero a combatir la influencia del productivismo en su interior.

7.2. Hay que apoyar y alentar de forma activa al movimiento a favor de las desinversiones en energías fósiles y el movimiento de las ciudades en transición. En general, las experiencias de control obrero, de control ciudadano, de gestión participativa, incluso de autogestión, así como las luchas de las mujeres a favor de su reconocimiento social y el reparto de las tareas domésticas, crean el terreno apropiado para la formación de una conciencia y de un proyecto anticapitalistas que incluya la dimensión ecosocialista. Como se ha mostrado en Europa  y, sobre todo, en América Latina las experiencias de agricultura ecológica cooperativa que influyen en el movimiento obrero. Por otra parte, numerosas experiencias de producción autogestionada involucran a trabajadores y trabajadoras despedidas, a gente en la exclusión y a gente precaria e incluso a sin-papeles y a solicitantes de asilo. Estas alternativas aportan una respuesta inmediata a la exclusión social masiva y permanente que degrada la existencia y la dignidad de las personas. Todas ellas ocupan un lugar importante en la estrategia ecosocialista, porque rechazan el fatalismo, generan solidaridad y van más allá de los círculos militantes medioambientalistas.

Sin embargo es ilusorio creer que su generalización por contagio al conjunto de la sociedad permitirá evitar la catástrofe ecológica: las medidas socio-económicas estructurales –fundamentalmente, la socialización del crédito y la energía– resultan indispensables. Las iniciativas de transición han de articularse en base a la exigencia de una planificación democrática de la transición que incluya al mismo tiempo la satisfacción de las necesidades sociales y el respeto a los imperativos ecológicos. Sin dicha articulación, estas iniciativas pueden conducir a la despolitización, incluso acabar, a largo plazo, en una coexistencia con el sistema basado en obtención de beneficios.

7.3. La lucha contra los grandes proyectos fósiles constituye un elemento clave del movimiento general para interferir, controlar y hacerse cargo de la transición. Las manifestaciones masivas, la ocupación de los emplazamientos, de las minas, y las campañas de desobediencia civil permiten oponerse de forma concreta a la dinámica “crecentista” y “extractivista” del capital. Estas luchas tienen una importancia de primer orden para la defensa de los ecosistemas y de las comunidades humanas que habitan en ellas y que las han conformado. Tienen una importancia estratégica para la defensa del clima, porque el nivel actual de infraestructuras constituye un cuello de botella que estrangula la valorización de las reservas de capital fósil. Constituyen un medio privilegiado para establecer puentes a nivel territorial entre las luchas campesinas, de los pueblos indígenas, de la juventud, las mujeres y, a partir de ahí, exigir al movimiento obrero que se adhiera a la lucha. La construcción de redes internacionales de estas resistencias permite mejorar la relación de fuerzas, disipar las acusaciones de NIMBY [“no en mi patio trasero”, por sus siglas inglesas] y reforzar la legitimidad de las reivindicaciones. En determinados casos, esto imponer reformas que, aún en el marco del capitalismo, pueden servir de puntos de apoyo para radicalizaciones posteriores.

7.4. La convergencia necesaria de las luchas sociales y medioambientales no tiene por objetivo una convergencia basada en un compromiso estable entre la cuestión medioambiental y social. Se trata de un proceso dinámico de clarificación, de recomposición y de radicalización. Semejante proceso implica múltiples conflictos entre sectores sociales, en particular, conflictos con los sectores del movimiento obrero que practican la colaboración de clase con el productivismo. Mostrando un sentido táctico indispensable e insistiendo en las ventajas de la transición ecológica para las trabajadoras (especialmente en términos de empleos y salud), es necesario resistir al movimiento obrero alineado con el productivismo. En un conflicto entre  sectores sociales comprometidos con el medioambiente y sectores obreros alineados con el productivismo o el proteccionismo, apoyamos a los primeros mientras tratamos de convencer a los segundos para que cambien su posición. En este caso, deberíamos tratar de proponer alternativas programáticas sólidas dirigidas a aumentar los derechos y el bienestar de trabajadoras y comunidades, que no tienen porqué pagar las decisiones de las empresas y los gobiernos que las apoyan.

7.5. Ganar al movimiento obrero y al resto de movimientos sociales para la lucha en favor de un programa de transición ecosocialista solo es posible a través de la emergencia de alternativas políticas, que se planteen como objetivo llegar al gobierno para implementar un plan global de reformas estructurales anticapitalistas que satisfaga a la vez las necesidades sociales y los imperativos medioambientales. Sin la construcción de estas alternativas políticas y sin su articulación con los movimientos sociales, esta perspectiva común se reducirá a una quimera, de modo que el medioambiente será sacrificado en el altar de lo social, o a la inversa. La puesta en pie de un gobierno ecosocialista que rompa con el capitalismo apoyándose en la movilización social es la clave de bóveda de un programa ecosocialista urgentes. Ahora bien, el ecosocialismo en un solo país no es posible. La formación de semejante gobierno no constituye más que una etapa transitoria de un proceso permanente orientado al derrocamiento del capitalismo en todo el planeta.

  1. Tecnología, autogestión y descentralización

8.1. “La Comuna es la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo ” escribía Marx en sus lecciones de la Comuna de París. En el siglo XIX, el capitalismo creo un sistema energético cada vez más uniforme y centralizado, cuyo control técnico y político implicaba respectivamente un amplio aparato burocrático y un complejo sistema de delegaciones de poder. Evidentemente, este sistema no es la causa de la degeneración burocrática de la URSS –que fue, sobre todo, producto de la contra-revolución estalinista–; pero en cierta medida, lo favoreció. Inversamente, la flexibilidad y la adaptabilidad de las tecnologías no garantizan un socialismo democrático, pero abre nuevas posibilidades para reformas estructurales anticapitalistas a partir de un desarrollo territorial descentralizado, organizado en base al control democrático de los recursos energéticos renovables disponibles y de su utilización por parte de las comunidades locales. Pero la materialización de estas posibilidades depende de la lucha de clases. La confiscación solo de una parte de las fortunas acumuladas por las petromonarquías árabes sería suficiente para financiar proyectos regionales de desarrollo alternativo, basados en la energía solar y dedicados  a la satisfacción de las necesidades sociales a nivel local, en Oriente Próximo y Oriente Medio. En esa misma línea, es deplorable que los denominados gobiernos latinoamericanos “progresistas” no hayan invertido los recursos obtenidos con la explotación fósil en planes de transición social y ecológica orientada a otro tipo de desarrollo, descentralizado, democrático, más equilibrado entre la ciudad y el campo, centrado en las comunidades y basado en un 100 % en las renovables.

8.2. Las tecnologías energéticas renovables modifican también la articulación de medidas estructurales y experiencias de control o autogestión a nivel territorial, lo que abre nuevas posibilidades de autonomía energética. De ese modo, gana actualidad y credibilidad el proyecto de una sociedad ecosocialista democrática basada en una red de órganos de poder descentralizados. Este ámbito de lucha, incluyendo también la soberanía alimentaria, es particularmente importante para los países del Sur en el marco de un modelo de desarrollo alternativo al modelo imperialista.

  1. Destrucción medioambiental y compromiso social de las científicas

Las respuestas capitalistas son insuficientes ecológicamente y socialmente injustas porque están sesgadas al considerar las reglas sociales del mercado como leyes naturales ineludibles. Esto lleva a determinados científicos a sumarse al campo de la lucha. Su compromiso tiene como telón de fondo la crítica a la parcialización creciente de la investigación y su subordinación cada vez mayor a las necesidades del capital y a su temporalidad. Un número minoritario, pero creciente, de investigadores e investigadoras perciben la necesidad del trabajo interdisciplinar y transdisciplinar, que implica la colaboración con los sectores sociales. En ese contexto, emerge la oportunidad para redefinir “el saber”, sacarlo de su aislamiento y de volverlo contra el capital. Esta oportunidad aumenta por el incremento, en determinados sectores de la clase dominante, de la irracionalidad y la negación de hechos objetivos, dos elementos reaccionarios encarnados sobre todo por Donald Trummp. Los ecosocialistas deben contribuir a apropiarse a manos llenas de esta oportunidad. No se trata de someter el movimiento social a la dictadura de la “ciencia” o de los expertos sino, al contrario, de poner su pericia al servicio del movimiento social y someterlo a la crítica. Ello puede aumentar en gran medida la credibilidad y la legitimidad de las opciones anticapitalistas. En concreto, la experiencia de la cooperación internacional de los científicos constituye una baza importante para desarrollar el internacionalismo.

 

  1. Autoorganización de las poblaciones afectadas

3.9.1. Los medios para conjurar LA catástrofe que viene están terriblemente atrasados en relación a las exigencias. Por tanto, van a darse catástrofes ecológicas “antrópicas” de forma múltiple; especialmente debido a fenómenos meteorológicos extremos (inundaciones, ciclones, etc.). Esto crea situaciones de desorganización y de caos que son explotados por los especuladores e instrumentalizadas para ejercer la dominación (política, económica, geoestratégica). Al mismo tiempo, estas situaciones pueden ser propicias para desarrollar iniciativas de construcción de redes de solidaridad alternativa a las agencias imperialistas, así como la autoorganización de la ayuda, de la acogida de refugiados y refugiadas e incluso de la reconstrucción y de la vida social en general. Así pues, estas iniciativas cuentan con una gran legitimidad porque resultan vitales en estas circunstancias y son más eficaces que la ayuda internacional [oficial]. El factor subjetivo es determinante para concretar las posibilidades de este tipo. Esta perspectiva forma parte integrante de nuestra estrategia ecosocialista en tanto que estrategia revolucionaria. Más en general, la persistencia de la impotencia capitalista frente al desarrollo de la crisis ecológica contribuye a crear una situación objetivamente propicia, tanto para la barbarie como para la revolución.

  1. Ecosocialimo e internacionalismo

11.1. En el plan de urgencia ecosocialista, la exigencia de localización de la producción y de la soberanía alimentaria se inscribe en una perspectiva autogestionaria e internacionalista radicalmente opuesta tanto a la globalización capitalista como a la soberanía nacional. Particularmente en los países desarrollados, esto requiere prestar una gran atención a las tentativas de recuperación de la extrema derecha o derecha radical. Ambas tratan de desvirtuar las reivindicaciones ecológicas hacia pseudorespuestas nacionalistas que siempre están al servicio del capital y crean pasarelas hacia temas racistas, islamófobos y reaccionario-tradicionalistas en general. La exigencia de la localización y de la soberanía alimentaria constituye el terreno favorito de estas tentativas. Por tanto es crucial enmarcar con cuidado estas reivindicaciones para evitar toda recuperación.

11.2. Nos oponemos a la deslocalización de empresas hacia países con bajos costes, y somos partidarios de la localización de la producción en general, pero no apoyamos la exigencia de relocalización de empresas que han deslocalizado. En efecto; la idea de la relocalización implica que las trabajadoras de los países con costos reducidos pierden su empleo en beneficio de los de los países imperialistas que recuperan el suyo. En lugar de unir a las trabajadores de los diferentes países frente a sus explotadores, esta reivindicación los pone en conflicto y les desarma frente a las exigencias patronales de competitividad para el mercado. La localización de la producción se inscribe en un proyecto totalmente diferente, que parte de las necesidades ecológicas y sociales, en particular el derecho al empleo y al salario para todas cerca del lugar donde desarrollan su vida. Igualmente, para nosotros, la soberanía alimentaria no es una soberanía nacional sino una soberanía a nivel de los territorios en tanto que entes constituidos históricamente por las comunidades. Por lo tanto, respeta la historia de las comunidades. Defendemos la solidaridad intercomunitaria que permite gestionar los recursos comunes e intercambiarlos sobre la base del apoyo mutuo y la complementariedad, y no de competencia y sobre-explotación.

11.3. En general, las fórmulas “proteccionistas de izquierda y solidarias” dan credibilidad a la idea de que la competencia que ejercen países con salarios bajos y que no protegen el medio ambiente son la causa fundamental de las pérdidas de empleo industrial en los países desarrollados. Sin embargo, la causa principal de estas pérdidas de empleo es el incremento de la productividad del trabajo en un contexto en el que el movimiento histórico por la reducción del tiempo de trabajo está bloqueado debido a una relación de fuerzas en horas bajas. Adoptando una visión obsoleta de la economía mundial basada en la competencia entre países, cuando el papel fundamental lo juegan las multinacionales, el “proteccionismo de izquierdas” desvía la atención de la contradicción capital-trabajo en beneficio de un frente interclasista en defensa de la competitividad. El “proteccionismo de izquierdas” se presenta como internacionalista, pero pasa de largo por la competencia destructora de las exportaciones de productos agrícolas a bajo coste de los países desarrollados hacia los países del Sur y otras manifestaciones de la dominación imperialista. El peligro de contaminación racista a partir de las posiciones soberanista es significativo. Efectivamente, en los países más desarrollados, es fácil que haya traspasos desde la defensa del empleo – mediante la preservación de la competitividad de las empresas contra la competencia de los países con salarios bajos – a la defensa del empleo mediante la lucha contra la competencia de los trabajadores sin-papeles o desplazados, porque representan, por así decirlo, “un tercer-mundo a domicilio”. Es justamente a esta trampa mortal a la que la extrema derecha quiere llevar al movimiento obrero y al movimiento en defensa del medioambiente.

No hay atajo posible para resolver, al mismo tiempo, el paro y la destrucción del medioambiente mediante un frente común entre el capital y su fuerza de trabajo. En lugar de un frente con los patronos, las trabajadoras deben organizar campañas de solidaridad que les permitan encontrar la unidad y la fuerza para vencer la crisis.

11.4. De cara a un gobierno ecosocialista que comenzara a romper con la lógica capitalista apoyándose en la movilización de las explotadas y oprimidas, evidentemente, defenderemos el derecho de ese gobierno a proteger su política a través de medidas como el monopolio del comercio exterior, el control del movimiento de capitales, etc. Pero en este caso no se trata de proteger las empresas capitalistas contra la competencia internacional: se trata, por el contrario, de proteger la política anticapitalista al tiempo que se llama a todas las explotadas y oprimidas de otros países a luchar para que esa victoria se propague a otros países, en una perspectiva internacionalista de derrocamiento del capitalismo mundial. Tal política se encuentra en las antípodas del “proteccionismo”, que siempre conduce a subordinar las reivindicaciones ecológicas y sociales a la necesidad de reforzar el capitalismo nacional en el mercado mundial, es decir, en última instancia… al libre cambio.

11.5. El ecosocialismo puede comenzar a nivel nacional pero no puede realizarse plenamente más que a nivel mundial, porque la gestión racional y prudente del sistema mundial exige una planificación democrática mundial. El trabajo científico mundial realizado por organismos como el IPCC, el IGBP (Programa Internacional Geosfera) y otros, muestra que esta planificación democrática mundial es posible. Esto que los científicos hacen a su nivel también podría hacerse por representantes democráticamente electos de los movimientos sociales y, en parte, ya lo hacen hoy organizaciones como la Vía Campesina y otros sindicatos.

  1. Conclusión: Ecosocialismo y revolución

La lucha absurda e irracional de expansión y acumulación indefinidas, así como su productivismo obsesionado por la búsqueda de beneficio a cualquier precio son responsables de que la humanidad se encuentre hoy día al borde del abismo: destrucción ecológica, vuelco climático.

El paso del “progreso destructivo” capitalista al ecosocialismo es un proceso histórico, una transformación revolucionaria y permanente de la sociedad, de la cultura y las mentalidades. Esta transición conducirá no sólo a un nuevo modo de producción y a una sociedad igualitaria y democrática, sino también a un modo de vida alternativo, una nueva civilización, más allá del reino del dinero, más allá de los hábitos de consumo producidos artificialmente por la publicidad, y más allá de la producción ilimitada de mercancías inútiles. Y, como dijo Marx, el Reino de la Libertad empieza por la reducción del tiempo de trabajo.

Es importante subrayar que un proceso como este no puede tener lugar sin la transformación revolucionaria de las estructuras sociales y políticas por medio de una acción de masas de la gran mayoría de la población. El desarrollo de una conciencia socialista, feminista y ecologista, es un proceso en el cual el factor decisivo es la experiencia de lucha colectiva de los propios pueblos, desde las confrontaciones locales y parciales hasta la transformación radical de la sociedad.

Soñar y luchar por un socialismo verde, o por un comunismo solar – como se dice a veces – no implica dejar de luchar por reformas concretas y urgentes. Sin hacernos ilusiones sobre el capitalismo verde, debemos ganar tiempo e imponer a los poderes efectivos medidas concretas contra la catástrofe actual, empezando por una reducción radical de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Las reivindicaciones ecológicas urgentes pueden favorecer un proceso de radicalización, siempre que rechacemos la limitación de los objetivos que pretende adecuarlas a las exigencias del mercado capitalista o de la “competitividad”.

Cada victoria, cada avance parcial, puede llevar inmediatamente a una reivindicación más alta, un objetivo más radical. Las luchas en torno a problemas concretos son importantes no sólo porque son bienvenidas en sí mismas, además contribuyen a aumentar la conciencia ecológica y socialista y promueven la autonomía y la auto-organización por abajo. Esta autonomía y esta auto-organización son precondiciones necesarias y decisivas para una transformación radical del mundo, que no será posible sino es por la auto-emancipación de las oprimidas y las explotadas: las obreras y campesinas, las comunidades indígenas, así como las personas perseguidas por su raza, religión o nacionalidad.

Atrincheradas en sus refugios, las élites dirigentes del sistema son increíblemente poderosas y las fuerzas de la oposición son pequeñas. Sin embargo, su desarrollo hasta un movimiento de masas sin precedentes es la única esperanza para detener el curso catastrófico del “crecimiento” e inventar una forma de vida deseable, más rica en cualidades humanas, una nueva sociedad basada en los valores de la dignidad humana, la solidaridad, de la libertad y del respeto a “la madre naturaleza”.Berta_Caceres_otu_img