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Las huelgas eran parte del Día de la Mujer. Con Trump volverá a ser así.

Cinzia Arruzza y Tithi Bhattacharya

Ha llegado el momento de repolitizar la Fiesta de la Mujer que ha sido conmemorada a menudo con comidas, flores y cartas. Pero en la era Trump, tenemos la necesidad de que el feminismo del 99% entre en acción.

Éste es el motivo por el cual invitamos a las mujeres de todo el mundo a unirse a nosotras en una jornada internacional de huelga el 8 de marzo.

Las inmensas marchas de mujeres del 21 de enero y su resonancia en todas las naciones han demostrado que millones de mujeres en Estados Unidos están finalmente cansadas, no sólo de la descarada misoginia de la administración de Trump, sino también a las décadas de ataques continuos a la vida y los cuerpos de las mujeres.

Estamos unidas por la concientización de que la administración Trump es sinónimo de un problema más grande: el resultado de decena de políticas neoliberales, de la transferencia de la riqueza a los más ricos, de la erosión de los derechos y de la dignidad del trabajo, de las guerras neocoloniales de agresión, del racismo institucional y de la misoginia estructural radicadas en la sociedad estadounidense.

Las organizaciones feministas y los grupos de base en todo el mundo desde hace meses ya se estaban organizando para la Huelga Internacional de las Mujeres, cuando nos dimos cuenta de que existían las condiciones para lanzar una huelga de las mujeres en Estados Unidos, inspiradas por la reciente y exitosa huelga de las mujeres en Polonia, por las manifestaciones de masas de mujeres en Argentina e Italia. Estamos construyendo una creciente confianza de las mujeres de todo el mundo para reapropiarse de las calles por la justicia.

Es esto lo que hemos hecho recientemente, escribimos un llamado junto a otras activistas e intelectuales feministas por un día de acción en solidaridad con la Huelga Internacional de las Mujeres. Mujeres Cis-trans-gender de todo el mundo podrán darse la mano y manifestarse juntas.

La respuesta a este llamado fue excepcional: después de sólo 2 semanas, y después de horas de trabajo colectivo y frenético, nació una coalición nacional de grupos de base, colectivos informales, organizaciones nacionales feministas y del trabajo.

Al interno de esta coalición, mujeres que provienen de diversas tradiciones y culturas políticas están redescubriendo la alegría de la solidaridad y la confianza en las diversas luchas y de las diversas voces.

Lo que nos une es el deseo de dar una voz y un poder a las mujeres que han sido dejadas de lado por el feminismo “de vanguardia” y que sufren las consecuencias de décadas de neoliberalismo y guerras: desde las mujeres pobres y de la clase trabajadora a las mujeres migrantes y negras, de las mujeres con discapacidades a las mujeres musulmanas y a las mujeres transgénero.

Haciendo la huelga juntas, regresaremos a las raíces históricas de esta conmemoración – una historia con la cual deberíamos familiarizarnos nosotras mismas una vez más.

En esta jornada en 1908, 15.000 trabajadoras textiles, la mayoría de ellas migrantes, marcharon a través del corazón de Manhattan para revindicar un salario más alto, la reducción del horario de trabajo y el derecho al voto. Un año después las mujeres migrantes del sector textil hicieron una huelga contra las terribles condiciones de explotación por el cual estaban obligadas a trabajar, afrontando la violencia de la policía y la represión de los padrones.

Inspirada en esa huelga de las trabajadoras, la socialista alemana Clara Zetkin, llamada a participar en la Conferencia Internacional de las Mujeres Trabajadoras en 1910, propuso organizar una Jornada Internacional de las Mujeres Trabajadoras. Las mujeres delegadas de 17 naciones votaron con unanimidad para aprobar la moción.

Pocos años después, en 1917, miles de mujeres rusas, trabajadora y esposas de soldados, bajaron a las calles el 8 de marzo para revindicar la paz y el pan, y le dieron un inicio a la revuelta que se volcó contra el régimen zarista: este año la Jornada Internacional de las Mujeres será también el centenario del inicio de la Revolución de Febrero.

Hay dos cosas particulares en las que queremos repolitizar el 8 de marzo en la era de Trump.

Primero queremos recuperar la idea de los imposibles.

A inicios de siglo XX las mujeres en general, y las trabajadoras textiles en particular, eran consideradas imposibles de organizar. Los sindicatos principales del tiempo, las dejaron solas trabajando en terribles condiciones o –como en el caso de la Fabrica Triangle–las dejaron ser quemadas vivas en su lugar de trabajo.

Las mujeres se fueron a huelga aferrándose a lo imposible. Como Clara Lemlich de diecinueve años, una de las líderes de la huelga, que decía: “decían que las mujeres no podían ni siquiera organizarse. No vendrían a las reuniones del sindicato. Son ‘trabajadoras temporales’. Bien, ¡se los demostramos!”, nosotras tenemos necesidad de la idea del imposible en la era de Trump.

Segundo, queremos que la reivindicación del pan sea conjunta con la reivindicación de las rosas.

La sindicalista, Rose Scheneiderman, formuló la frase: “el pan y las rosas” en 1912 mientras se organizaba alrededor de las fábricas sobre la sombra del incendio de Triangle. “Lo que las mujeres que trabajan quieren” dijo, “es el derecho de vivir, no sólo de existir… el derecho a la vida, al sol a la música y al arte… la trabajadora tiene que tener pan, pero tiene que tener también las rosas”.

Décadas de neoliberalismo nos ha quitado no solamente el pan de la mesa de las trabajadoras y de sus familias, ha también sustraído toda la infraestructura que sostiene la vida, las rosas.

Hospitales y escuelas han sido cerradas mientras prisiones y policías se han multiplicado. Mientras los salarios disminuían, los sindicatos eran destrozados por una serie de leyes contra el trabajo; los mismos ejecutores de las leyes no lograron acusar a los oficiales de la policía que abiertamente mataron a hombres negros; intentaron cerrar las clínicas para abortar, y han prohibido a las mujeres transgénero utilizar los baños públicos para mujeres. Por lo tanto la lucha por el salario no puede ser separada de los instrumentos que sostienen la vida.

Esta es la historia, de mujeres que se autorganizaron y han luchado por los derechos económicos y políticos, historia que los Estados Unidos han anulado de la memoria.

Nosotras no revindicamos sólo el pan, también nos merecemos las rosas.

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Traducido de la página de Communia Network: http://www.communianet.org/gender/gli-scioperi-erano-parte-della-festa-della-donna-con-trump-torneranno-ad-esserlo.

Traducción al español: Helena Scully y Luis Emilio Téllez.