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Mi última batalla

Por Guillermo Almeyra.
Que la tierra te sea leve, camarada.
El miércoles pasado me caí y me rompí la cabeza del fémur de la pierna derecha. Los médicos encararon enseguida la posibilidad de operarme y colocarme una prótesis artificial. Desgraciadamente sufrí una crisis respiratoria que les hizo desistir porque podría morir en la operación.

Los galenos de reanimación del hospital de Marsella, la Timone, reconsideraron mi situación global y estimaron que probablemente no llegaría al fin de esta semana y que, si lograba ese milagro, sólo después se podría considerar la posibilidad de una operación. En una reunión de familia con mi compañera de hace 60 años, que ha estado conmigo en todas las situaciones riesgosas y mi hijo, un joven ecologista, anticapitalista muy claro en sus conceptos y decisiones, resolvimos basarnos en la estimación de los facultativos. Superar el fin de semana y esperar una mejoría de mis pulmones: esta podría ser, por consiguiente, mi última batalla.

En 1943 llegué a la militancia socialista, aunque estaba en un liceo militar. Volvería a hacer todo lo que hice y repetiría todo lo que dije desde entonces –salvo algunas de las tonterías que cometí entre 1962 y 1974, años de mi expulsión del trotskismo posadista por divergencias políticas que compartía con mi compañera.

Luché en cuatro continentes; milité en partidos políticos y creé revistas y periódicos políticos en seis naciones; fui expulsado de varios países por mi actividad revolucionaria. Cuando volví legalmente a México, de donde fui expulsado durante la presidencia de Gustavo Díaz Ordaz, trabajé en la división de estudios de posgrado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, desempeñándome como coordinador de estudios latinoamericanos y colaboré en el periódico Uno Más Uno, entonces dirigido por Manuel Becerra Acosta. Cuando Carlos Payán Velver y Carmen Lira Saade, entre otros, crearon La Jornada, trabajé en ese medio y en el posgrado en desarrollo rural integrado de la UAM Xochimilco.

En el mismo periodo fundé, junto con otros, maestrías de ciencias sociales en la Universidad Nacional Autónoma de Guerrero y –siempre con otros– elaboré la carrera de historia y de sociología para la UACM. Escribí o colaboré en la redacción de unos 50 libros. Tuve un hijo y planté árboles en México y en Nicaragua. Tengo el honor de haber dejado una ínfima huella en los movimientos obreros de Argentina, Brasil, Perú, Italia, México y en la República Socialista Árabe de Yemen del Sur.

Mis artículos de La Jornada son reproducidos por varios medios europeos y latinoamericanos. Desde mi adolescencia defiendo a los trabajadores y al pueblo, los recursos naturales, la relación civilizada y pacífica entre las naciones y la lucha por la democracia que implica enfrentar al Estado burocrático del capitalismo de Estado o del gran capital financiero e industrial. Revolucionarios hay muchos, pero pocos se proponen la eliminación del sistema de explotación; aunque en los partidos comunistas, sobre todo en las décadas de los años 30 y 40, militaron personas abnegadas y de enorme valor, las líneas y el funcionamiento de sus direcciones perpetuaban el sistema capitalista tanto a escala nacional como mundial. Critiqué esas direcciones yesas políticas estalinistas que sobrevivieron en gobiernos y partidos que no eran estalinistas.

Discuto francamente y no temo quedar en minoría, pero al mismo tiempo busco reunir a los revolucionarios anticapitalistas de todas las tendencias con los de mi propia corriente y los marxistas ecosocialistas revolucionarios.

Como he dicho en alguno de mis libros, soy copernicano, newtoniano, darwinista, marxista, leninista, trotskista, pero de forma laica y sin abandonar la crítica de los errores de los maestros.

Pese a tanto y al terrible peligro que vivimos a escala mundial de destrucción ecológica de las bases de la civilización y de guerra nuclear que haría volver al mundo a la edad de piedra, estoy convencido de que la humanidad tendrá un futuro mejor y de la posibilidad de asegurar a todos trabajo, educación, sanidad, un ambiente sano, alimentos y agua de calidad, derechos democráticos, seguridad y respeto para las mujeres y el cese de toda discriminación.

Si no pudiese vencer esta batalla difícil que estoy librando, que estas banderas pasen a quienes me siguen en la carrera. ¡Vivan los trabajadores mexicanos! ¡Viva el internacionalismo proletario! ¡Unámonos todos y construyamos una alternativa al capitalismo!