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Narcoterroristas: Todos narcos, de los malos…

En Ciudad Juarez iniciamos la primavera con una masacre en el fraccionamiento ‘Los Arcos’ donde un escuadrón de sicarios en ocho vehículos cercó dicha colonia asesinando a tres personas (esta acción de “cercar” antes de cada masacre se ha presentado en nuestra ciudad en otras ejecuciones sumarias como la de Villas de Salvarcar).
Por lo relatado en el periódico ‘Norte’ de esta frontera, al menos las dos primeras víctimas no se esperaban dicha acción violenta y el tercero fue cazado al intentar refugiarse en su hogar, huyendo, como cualquier vecino lo haría, de los primeros balazos. Fueron ejecutados a plena luz del día frente a un parque.
Como siempre, en los medios no se aclaran bien a bien los hechos, antes se les oscurece con datos imprecisos y versiones encontradas. A las notas sobre este tipo de acontecimientos no les puede faltar su clásico “en algo andaban” en sus distintas versiones (“al parecer traía droga”, “andaban en malos pasos”, “era narcomenudista” “trabajaba en un bar” “era prostituta”); esto es, una especie de mecanismo que permite al que se entera de los hechos poder pensar y decir: “esto nada tiene que ver conmigo, puedo seguir con lo mío” (Pero cuidado amigos, más nos valdría investigar que son los “falsos positivos” en Colombia).
A diferencia de las masacres perpetradas de 2007 a 2012 donde no se nos informaba quien recibía los plomazos, haciéndonos creer desde los medios informativos que todo “muertito” era criminal y que, por lo tanto, merecían perder la vida (Así de fascista estaba el rollo y lo sigue estando), ahora, por lo menos, tienen la “decencia” de darnos un triste y frío nombre, vacío de cualquier historia, de cualquier contenido: “fueron identificados como Alan, José y Abraham”.
De esta masacre, que nos ha regresado nuevamente a los momentos más álgidos de la violencia desatada en el calderonato (las ejecuciones nunca se han ido del todo), la disposición de los hechos nos da a pensar que para estos convoys de “escuadrones de la muerte” matar es algo secundario: el objetivo central parece ser que un mayor número de personas sean parte de esta macabra representación tratando de sembrar terror en la población, paralizar, dejar en shock a la gente.
Cómo levantar la cabeza frente a las condiciones cada vez más miserables en que viven los obrer@s de la maquila si están volando cabezas y viceras enfrente de los parques en las narices de tus hij@s? Así es, no es gratuito que estas masacres tengan sus epicentros en las colonias populares o fraccionamientos del suroriente de nuestra ciudad, donde vive asinado el grueso de la clase trabajadora de la industria maquiladora (más de 250 mil obrer@s).
Después de más de un cuarto de millón de mexicanos ejecutados extrajudicialmente y en total impunidad, después de 9 años de masacrar al pueblo “para que la droga no llegue a tus hijos” no son pocas las voces que insistimos en que esto es algo más que una supuesta “guerra contra el narco” (ya sería el colmo que nos siguiéramos haciendo de la vista gorda), sino una guerra no declarada contra la población, contra los prescindibles o desechables desde la lógica de un Estado criminal al servicio de los intereses más oscuros del Capital.
Hoy, primero de abril de 2016, despertamos con una noticia alarmante vía el encabezado electrónico del pasquín reaccionario “La Polaka”: “Masacre narcoterrorista en Juárez” (en efecto, lo narrado es terrorífico y ocurre en una casa de Infonavit, de esas que se construyen para los obreros de la maquila). Pero permítanme detenerme en una parte del encabezado.
Quiero hacer notar que el término “narcoterrorista” vendría a terminar de fusionar simbólicamente las dos guerras globales que la doctora en Ciencias Políticas por la UNAM, Pilar Calveiro, analiza en su libro “Violencias de Estado” en tanto mecanismos de control global.
La supuesta “Guerra contra el terrorismo” lanzada tras los atentados de las Torres Gemelas en el 2001, en EE.UU, ha presentado a supuestos terroristas como el ENEMIGO EXTERNO, difuso, escurridizo e inlocalizable (Bin Laden y Cía.), permitió la implementación de la ‘Patriot Act’ que suspendería ‘de facto’ los más elementales derechos de los norteamericanos, Esto funcionaría como una especie de “represión preventiva” que inhibió la participación política y cualquier oposición a las prácticas neocoloniales de saqueo vía invasiones y masacre de cientos de miles de personas en los países árabes.
Por otro lado, la supuesta “Guerra contra las drogas o el crimen”, ha hecho algo muy similar en los países de América Latina, especialmente en México y Colombia, ya que con el pretexto de combatir a un supuesto ENEMIGO INTERNO, igualmente difuso, escurridizo, inlocalizable y siempre acechante (el símbolo de esto en México sería el mentado “Chapo” y los carteles de la droga) se ha permitido justificar ante la sociedad el retiro de las más elementales garantías individuales en defensa de una nunca clara “paz pública” y la instauración de un ‘Estado de excepción permanente’ con la presencia constante de fuerzas militares, policías militarizadas y comandos paramilitares (que abiertamente identifico con los “escuadrones de la muerte”, comúnmente conocidos como sicarios, que han bañado en sangre al país, sembrando el terror a diestra y siniestra).
Este despliegue de fuerzas represivas a nivel global ha permitido el mayor despojo de territorios, petróleo, gas, bosques, selvas, minas, agua, entre otros, del que se tenga registro en nuestros pueblos. La militarización de la sociedad con el pretexto del combate a un enemigo interno o externo pretende sumir a los pueblos de las distintas sociedades en el miedo irracional, en la parálisis social, para evitar cualquier posible brote de organización política en defensa de nuestros derechos humanos, sociales y de la naturaleza misma, cada vez más amenazada por la voracidad de quienes desean mantener la tasa de ganancia del actual sistema económico a partir de la abierta rapiña, del despojo más agresivo que podamos imaginar. Una represión preventiva que pretende aplastar la más mínima chispa que pueda incendiar la pradera de la inconformidad. Cerrarle al topo cualquier posible salida a la superficie. Encapsular el acontecimiento.
Así pues, lo que Pilar Calveiro veía en estas dos guerras globales desde el 2012, como las dos caras de una misma necropolítica impulsada desde el poder hegemónico global, articulada por los estrategas de los más oscuros grupos de poder financiero mundial; hoy lo podemos ver en comunión simbólica en el termino ‘narcoterrorista’. Esta construcción discursiva que mediáticamente conecta “terrorismo” con “narcotráfico” sería una manera de ver cualquier actos criminal del narco dentro de la lógica de “enemigo abatible” que reclama el estado de excepción en aras de nuestra seguridad.
Quiero hacer notar que esta doble estrategia de construir la muerte tanto discursiva como materialmente, ha estado presente desde el inicio de la militarización desplegada por el genocida Felipe Calderón. El énfasis mediático, la teatralización y musicalización de los atentados de Morelia, el coche bomba de Ciudad Juárez y liberación de secuestrados han estado encaminados a consolidar en la opinión pública la idea de que la idea de narcos semánticamente se equipara a la de terroristas, y que por tanto deben ser exterminados. Nada ingenuas son las noticias de la cadena televisiva Fox, en el sentido de que en el poniente de Ciudad Juárez hay una base de terroristas islámicos del ISIS, así como las vertidas en el sentido de que supuestos grupos terroristas estarían haciendo tratos con carteles de la droga en México. Se trata de que socialmente se identifique terroristas, narcos y grupos criminales en un mismo concepto semánticamente aborrecible en la sociedad y, por tanto, justificatorio de su exterminio total. Solo bastaría que mediáticamente seas señalado como tal, para que una bala te alcance.
Mientras esto pasaba con la supuesta “guerra contra el narco”, la crisis global del capitalismo estallaba coincidentemente en 2008, agudizando, como consecuencia lógica, la lucha de clases. Los trabajadores, el movimiento estudiantil, campesino, indígena, ecologista, feminista y otros, empezarían a salir a las calles en defensa de sus derechos y conquistas frente a los intentos de la patronal y los Estados de trasladarles los costos de la crisis. Frente a estos brotes de inconformidad en nuestro país, los sectores más conscientes de los movimientos sociales han sido y son asesinados y siempre vinculados con el narcotráfico o la delincuencia. De tal suerte que el costo político de ser asesinado por luchar en una causa justa se diluye en el desprestigio sembrado desde los medios de comunicación gobiernistas y/o desde el Estado mismo (no sólo se criminaliza la protesta, se criminaliza al protestante).
Desaparece el Estado mexicano a 43 normalistas en Ayotzinapa, y la línea de investigación principal es una supuesta relación con el cartel “Guerreros Unidos”; La rectoría de la UNAM pretende desalojar el Auditorio Che Guevara y los okup@s empiezan a ser señalados de controlar parte del narcomenudeo de la Universidad Nacional; se levantan grupos de autodefensas en Michoacán y no se escatiman notas periodísticas para relacionarlos con los carteles de la droga. Lo mismo aplica para las guerrillas ubicando su financiamiento en el cultivo y tráfico de drogas y de igual manera aplica a cualquier manifestante de la Ciudad de México de Mancera donde se les acusa al igual que a los “narcoterroristas” de atentados a la “paz pública”.
Resulta pues claro que las violencias materiales y discursivas de un Estado Mexicano supeditado a los intereses más perversos del imperialismo, están encaminadas estratégicamente a poder justificar el extermino total de cualquier disidente político o social. Todo aquel que se oponga a las injustas y autoritarias leyes que se están implementado atenta contra la legalidad, quien altera el orden establecido (por demás aborrecible), es un criminal al que socialmente se le deshumaniza para poder facilitar su ejecución, sin más explicación que los ya trillados “en algo andaba” “se lo busco” “quién le manda andar protestando”. Sus muertes pueden ser socialmente aceptadas e incluso solicitadas por una población educada desde los grandes medios de comunicación para equiparar semánticamente las prácticas políticas de los luchadores sociales con las de los supuestos narcos y terroristas, esos enemigos construídos a punta de balazos, bombas y discursos televisivos desde el Estado. Como diría Bersuit Vergarabat en su rola ‘Señor Cobranza’: “Todos narcos, de los malos…”
El actual estado de excepción en que vivimos es la consolidación del elemento coercitivo de la hegemonía, en tanto que la aguda crisis del capitalismo a puesto sobre la lona cualquier posibilidad de construir consensos sobre los mecanismos de austeridad y despojo que requiere el Capital para mantener su tasa de ganancia. Estamos en presencia de un Estado ya abiertamente autoritario y dictatorial revestido de una ridícula fachada de democracia y que avanza peligrosamente a lo que Pilar Calveiro llama globalitarismo.
El fascismo se abre paso aceleradamente y nosotros debemos entender que con el fascismo no se dialoga, no se le da besos ni abrazos. Al fascismo se le enfrenta, se le combate por todos los medios posibles hasta derrotarlo. Todos y todas podemos tener miedo, empezar a dominarlo es comenzar a derrotar a los fascistas. Es urgente la organización militante de los explotados y oprimidos entorno al objetivo común: parar esta mentirosa guerra.
Por Julián Contreras Álvarez, miembro de la Coordinadora Socialista Revolucionaria en Ciudad Juárez