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Reproducción social y pandemia: Entrevista a Tithi Bhattacharya

Por Sarah Jaffe. Traducido del inglés por Viento Sur.

La pandemia del coronavirus ha demostrado a muchas de nosotras, con una claridad brutal, la rapidez con que la sociedad puede cambiar y qué necesitamos –y no necesitamos– para vivir. Resulta que gran parte de una economía capitalista puede mantenerse paralizada en tiempos de crisis, mientras que los recursos se encaminan a la atención sanitaria. Muchas cosas que antes nos decían que eran imposibles –desde liberar presos de las cárceles hasta suspender alquileres e hipotecas y desembolsar a cada habitante del país un dinero en efectivo–, ahora se están haciendo.

Tithi Bhattacharya lleva pensando desde hace tiempo en cómo sería una sociedad centrada en la vida humana y no en las necesidades del Mercado Todopoderoso. Es profesora de historia y directora de estudios globales de la Universidad Purdue, así como coautora del Manifiesto de un feminismo para el 99 %, miembra del consejo editorial del nuevo periódico Spectre y editora de un libro reciente titulado Social Reproduction Theory: Remapping Class, Recentering Oppression. Hemos hablado con ello sobre lo que nos puede enseñar la teoría de la reproducción social con respecto al periodo actual, a las demandas que debería avanzar la izquierda en estos momentos y a cómo podemos aprovechar estas lecciones para prevenir una catástrofe climática.

Sarah Jaffe: Para empezar, explícanos brevemente qué es la teoría de la reproducción social.

Tithi Bhattacharya: La mejor manera de definir la reproducción social es decir que son las actividades e instituciones que se requieren para crear vida, mantener la vida y reemplazar la vida generacionalmente. Las llamo actividades de creación de vida.

Crear vida en el sentido más directo es dar a luz. Pero para mantener esta vida necesitamos toda una ristra de otras actividades, como limpiar, alimentar, cocinar, lavar la ropa. Hay instituciones físicas que se precisan: una vivienda; transporte público para acudir a diversos lugares; instalaciones recreativas públicas, parques, programas extraescolares. Escuelas y hospitales son algunas de las instituciones fundamentales que se requieren para mantener y crear vida.

Estas actividades e instituciones que están implicadas en este proceso de creación de vida las llamamos trabajo de reproducción social e instituciones de reproducción social. Pero la reproducción social también es un marco; es una lente a través de la cual contemplamos el mundo que nos rodea y tratamos de comprenderlo. Nos permite ubicar la fuente de riqueza en nuestra sociedad, que es tanto la vida humana como el trabajo humano.

El marco capitalista o la lente capitalista es lo opuesto a la creación de vida: es creación de cosas o generación de ganancias. El capitalismo pregunta: “¿Cuántas cosas más podemos producir?”, porque las cosas generan ganacias. No se piensa en el impacto de esas cosas en la gente, sino en la creación de un imperio de cosas en el que el capitalismo es el nigromante que reina soberano.

La mayoría de estas actividades y la mayor parte del empleo en el sector de la reproducción social –como los cuidados, la enseñanza, la limpieza– corre a cargo de mujeres trabajadoras. Y puesto que el capitalismo es un sistema de hacer cosas y no de hacer vida, estas actividades y estas trabajadoras están gravemente infravaloradas. Las trabajadoras del sector de la reproducción social son las peor pagadas, son las primeras en irse, se enfrentan a un constante acoso sexual y a menudo a una violencia directa.

Jaffe: Nos hallamos en un momento en que hay espíritus malignos como Glenn Beck diciendo que darían la vida por que el capitalismo siguiera funcionando, más claro el agua.

Bhattacharya: La crisis del coronavirus ha sido trágicamente esclarecedora en dos sentidos. En primer lugar, ha aclarado lo que las feministas de la reproducción social vienen diciendo desde hace un tiempo, a saber, que la labor de cuidados y la de crear vida son los trabajos esenciales de la sociedad. Ahora mismo, cuando estamos en confinamiento, nadie dice: “¡Necesitamos corredores de bolsa y bancos de inversión! ¡Mantengamos abiertos estos servicios!” La gente dice: “Que sigan trabajando las enfermeras, las trabajadoras de la limpieza, los servicios de recogida de basuras, la producción de alimentos.” Comida, combustible, cobijo y limpieza: estos son los servicios esenciales.

La crisis también ha revelado trágicamente la total incapacidad de capitalismo para afrontar una pandemia. Lo que busca es maximizar el beneficio y no mantener la vida. [Los capitalistas afirman] que las principales víctimas de todo esto no son las innumerables vidas que se pierden, sino la maldita economía. La economía, parece, es el bebé más vulnerable que todos, desde Trump hasta Boris Johnson, están dispuestos a proteger con espadas afiladas. Mientras, el sector sanitario ha quedado devastado en EE UU debido a las medidas de privatización y austeridad presupuestaria. La gente dice que las enfermeras tienen que hacer máscaras en casa. Siempre he dicho que el capitalismo privatiza la vida y la creación de vida, pero pienso que hemos de reformular la frase después de la pandemia: “El capitalismo privatiza la vida, pero también socializa la muerte.”

Jaffe: Quería hablar más sobre la manera en que se minusvalora el trabajo de cuidados y esas otras formas de reproducción social. El gobernador de Pensilvania tenía una lista detallada de actividades esenciales para mantener la vida a las que autorizó a permanecer abiertas. El personal de limpieza abandonó el trabajo por carecer de equipos de protección individual. Nuestra tendencia a minusvalorar esta clase de trabajo está afectada por y también afecta a lo que pensamos de las personas que lo llevan a cabo.

Bhattacharya: Las residencias de ancianos y el sector de cuidados asistidos acogen actualmente a unos cuatro millones de personas en EE UU. En su mayoría están afiliadas a Medicare. El New York Times informó hace poco de que todos los años mueren 380.000 pacientes a causa de una infección en las residencias permanentes, que a menudo se resisten a invertir en los debidos procedimientos de higiene y salud. Estas instituciones influyen de modo importante en la propagación de epidemias. Esto se agrava sabiendo que en EE UU hay 27 millones de personas que carecen de seguro médico.

Cerca del 90 % del personal sanitario y auxiliar de clínica que presta servicio a domicilio en EE UU son mujeres. Más del 50 % de estas son mujeres de color. No estoy segura –nadie lo está– cuántas de ellas están indocumentadas. Son vulnerables por partida doble, tanto a la pérdida del empleo como a las redadas de los agentes de inmigración. En promedio, ganan unos 10 dólares la hora, y en la mayoría de los casos no tienen derecho a la paga en caso de baja por enfermedad ni seguro médico. Estas son las mujeres cuyo trabajo sostiene tantas instituciones de cuidados en nuestro país.

He seleccionado algunas de las categorías de trabajos que figuran en la lista de servicios esenciales que publicaron Indiana y Pensilvania y he comparado los salarios del personal de estos servicios esenciales con los de los altos ejecutivos. La diferencia es astronómica. Las trabajadoras de estos servicios que ahora nos dice que son esenciales –y que las feministas y socialistas sabemos desde siempre que son esenciales– perciben menos de 10 dólares la hora, mientras los banqueros permanecen sentados en casa.

Durante la crisis hemos de plantear reivindicaciones como la institución inmediata de lo que llamo una paga pandémica para las trabajadoras de cuidados esenciales. Están arriesgando sus vidas. Necesitan salarios mucho más altos. Inviertan de una vez en hospitales y servicios médicos, traten de nacionalizar la sanidad privada, como ha hecho España. Aseguren el cuidado de la infancia y la ayuda económica a todo el mundo, especialmente las trabajadoras y trabajadores que tienen que ir a trabajar. Y déjense de redadas y deportaciones de inmigrantes. Esto es algo que disuade a la gente de acudir a la asistencia médica: tienen miedo de ir al médico y llamar la atención de las autoridades de inmigración. Irlanda y Portugal han promulgado leyes que prorrogan todos los visados y anulan la condición de inmigración indocumentada. Estos son los modelos que hemos de seguir.

Jaffe: Uno de los grandes brotes en el Estado de Washington se produjo debido al pluriempleo de muchas asistentas sanitarias a domicilio que llevaron el virus a numerosas residencias de ancianos. La insuficiencia de la paga que reciben en un solo puesto de trabajo favorece la propagación del virus.

Bhattacharya: El virus, en cierto modo, es democrático. Ha infectado incluso al príncipe Charles. Sin embargo, esto no debe engañarnos hasta el punto de creer que el acceso a la curación será igual de democrático que el virus. Como sucede con todas las demás enfermedades bajo el capitalismo, la pobreza y el acceso al tratamiento determinarán quién vive y quién muere.

Esto tendrá un efecto devastador en mi país, India. El primer ministro fascista Narendra Modi acaba de decretar 21 días de confinamiento. Todas las ciudades han cerrado básicamente las empresas. ¿Qué será de los trabajadores migrantes? ¿Tiene Modi un plan para ellos? No. Millones de trabajadores y trabajadoras migrantes cruzan literalmente el país a pie para volver a sus aldeas, filas de gente caminando por las carreteras, de oeste a este. Modi ha prohibido todas las formas de transporte público y privado para que no vuelvan a casa, ya que pueden propagar el contagio. En cambio, Modi se ha asegurado de que los ciudadanos indios que viven en el extranjero –gente de clase media alta– pudieran volver en avión. Se fletaron vuelos especiales, se dieron permisos excepcionales para permitir que los aviones aterrizaran a pesar del cierre anunciado de los aeropuertos y se extendieron visados especiales.

Este es el modo en que una serie de gobiernos capitalistas del Sur global van a tratar a la gente pobre. Veremos cómo la enfermedad acecha en los arrabales de Calcuta, Mumbai, Johanesburgo, etc. Ya nos llegan declaraciones de nuestros gobernantes de que el virus es una manera de que el planeta se recupere, que se deshaga de los indeseados. Es un llamamiento eugenista a la limpieza social para eliminar a la gente más vulnerable y débil.

Jaffe: Lo que esto demuestra no es que las emisiones disminuyan por la falta de gente, porque la mayoría de la gente no muere; lo que demuestra es que el mundo está mucho más sano sin tanto trabajo, porque la gente solo lleva a cabo, como dijiste antes, el trabajo de crear vida.

Bhattacharya: Este argumento de que el coronavirus es un botón de reset para el mundo es un argumento ecofascista. Lo que debería ser es un botón de reset para la organización social. Si el virus se va y volvemos a la vida de antes, entonces es que no nos ha enseñado nada. Puesto que se ha vuelto necesario que nos quedemos en casa, somos capaces de hallar la belleza y el tiempo para gozar de aquellas personas con las que compartimos nuestro hogar. Pero no podemos olvidar que en el capitalismo los hogares, al tiempo que nos proporcionan cobijo y seguridad, también son escenarios de una violencia increíble. Hace dos días recibí un correo electrónico de un refugio local para víctimas de la violencia machista en que yo solía hacer voluntariado, preguntándome si podría plantearme volver allí porque prevén un repunte de casos.

Mis compañeras feministas de Brasil, Sri Lanka e India, todas me dicen lo mismo: un repunte de los abusos domésticos debido a la olla a presión que supone que todos permanezcan en casa. No necesitamos el aislamiento social. Necesitamos aislamiento físico y solidaridad social. No podemos olvidarnos de la vecina anciana que vive enfrente; puede que para ella no sea seguro ir a la tienda. No podemos olvidarnos de nuestra colaboradora que viene demasiado maquillada alrededor de los ojos y dice que se ha golpeado la cabeza contra una puerta. Tenemos que verlas regularmente.

La gente lo hace voluntariamente a pesar de que nuestros gobernantes apenas muevan un dedo para animarles realmente. Hay docentes que se acercan en coche a casa de sus alumnas y alumnos, les saludan con la mano y les dicen “¡vamos a salir de esta!” Mi distrito escolar, como muchos otros, suministra comidas a todas las personas menores de 18 años. En mi Estado, las entregan a domicilio. Es algo que ni el gobierno federal ni ningún político ha hecho. Son el personal docente y los distritos escolares que deciden hacerlo por su cuenta. Hay brillantes actos de solidaridad y amor y asistencia que florecen en medio de esta tremenda crisis. Estas son nuestras fuentes de esperanza.

Jaffe: Me pregunto en este momento por el trabajo doméstico, porque tenemos una situación en que muchas de estas tareas esenciales que se siguen realizando las llevan a cabo mujeres. Y el trabajo de cuidados, del que normalmente son responsables las mujeres en casa, está ahora a cargo de sus maridos, que de pronto se han tornado menos esenciales. ¿Qué perspectiva aporta esto a la comprensión que tendrán algunas personas del trabajo de reproducción social?

Bhattacharya: Joan C. Williams realizó un interesante estudio que demuestra que los hombres de clase obrera cuidan más de la prole que los hombres de clase media. Los hombres de clase media alardean de que asumen tareas del hogar, mientras que los de clase obrera prefieren no admitirlo porque es un trabajo de mujeres. Me pregunto si ese tabú perderá fuerza. Las mujeres realizan nueve horas más de trabajo doméstico a la semana que los hombres, en promedio, en EE UU. Puede que estas nueve horas se reduzcan, pero me pregunto si cambiará la actitud. ¿Se enorgullecerán los hombres de mantener unida la familia mientras sus parejas mantienen unido el mundo?

Jaffe: Una de las razones por las que los hombres no lo admiten, como has dicho, es que es un trabajo de mujeres. Buena parte del trabajo también está racializado. Muchas de las personas que llevan a cabo este trabajo de cuidados son mujeres inmigrantes, mujeres de color.

Bhattacharya: En EE UU está racializado. En otras partes del mundo, como por ejemplo en India, sigue corriendo a cargo de mujeres migrantes y las más pobres y a menudo de casta inferior. Las más vulnerables de cualquier sociedad son las que realizan este trabajo. Sus salarios y demás prestaciones lo reflejan. Desde el punto de vista de la reproducción social, buena parte de las tareas que se llevan a cabo en un día dado las desempeñan mujeres de color. No podríamos comer, pasear por las calles, dar a cuidar a nuestros hijos e hijas y a nuestras personas mayores, mantener limpias nuestras casas y hoteles, sin las mujeres migrantes y mujeres negras que se encargan de esta clase de trabajos. El capitalismo no reconoce para nada este trabajo que mantiene al mundo.

Jaffe: Actualmente se dice mucho que esta crisis es como una guerra. Sin embargo, el economista James Meadway se ha referido a ella como la economía antiguerra, porque lo que hemos de hacer es lo contrario a la guerra. Hemos de reducir la producción. Espero que esto haga comprender a la gente que el trabhajo que es necesario y que tendrá que continuar incluso en un mundo radicalmente diferente es un trabajo que hemos infravalorado sistemáticamente durante siglos, a diferencia de las tropas que se acostumbra tanto a fetichizar.

Bhattacharya: Estoy de acuerdo con James en que es preciso reducir la producción, pero no todos los tipos de producción. Deberíamos incrementar la producción de materiales médicos, alimentos y otros recursos esenciales para crear vida. En EE UU, el país más rico del mundo, tengo amigas enfermeras que van a trabajar sin el equipo adecuado.

Tomemos el ejemplo de las compras por internet. Está muy bien poder encargar ropa o calzado para que te lo traigan, pero hemos de recordar que por mucho que un par de zapatos ya esté fabricado, cuando lo encargas tendrá que viajar a través de varios lugares de trabajo hasta llegar a tu puerta. Piensa en los camioneros que lo hacen. Piensa en la gente que mantiene abiertos los espacios donde paran los camioneros. Piensa en las personas que limpian esos lugares de parada de camiones. Si compras por internet medicamentos esenciales, vale, pero ese precioso par de zapatos probablemente puede esperar.

No solemos pensar en el trabajo invisible que hay detrás de esos zapatos. No pensamos en los seres humanos que trabajan en la producción y en las cadenas de suministro que nos traen los zapatos a la puerta de casa. No obstante, en estos tiempos de pandemia tenemos que pensar en esas personas y tratar de dirimir si deberíamos hacerles correr el riesgo de ir a trabajar y hacer eso por nosotras. ¿Es un riesgo que queremos imponerles? Se trata de considerar el trabajo humano y no el producto del trabajo humano.

La segunda cuestión con respecto a la expresión “apoya a nuestras tropas”: pienso que debemos redefinir totalmente el concepto de tropa. La gente que trabaja en la sanidad, en la producción de alimentos, en la limpieza, en la recogida de basuras: ¡estas son nuestras tropas! Esta es la gente a la que debemos apoyar. No debemos entender por tropa a gente que quita vidas. Por tropa debemos entender a gente que da y mantiene vidas.

Jaffe: Desde hace decenios nos hemos topado con la negativa a cambiar el capitalismo para combatir el cambio climático, y ahora vemos con qué rapidez pueden cambiar las cosas, con destilerías o incluso la Ford planeando pasar a fabricar desinfectantes de manos o respiradores. ¿Qué lecciones nos da esto de cara a la lucha futura contra la castástrofe climática?

Bhattacharya: Nuestra lucha por la infraestructura es necesaria, pero no suficiente. Hemos de luchar por un cambio de actitud con respecto a la organización social. Esto es mucho más complicado que luchar simplemente por mejoras democráticas y sociales. Ya sabemos que un aumento de la temperatura del planeta pondrá en entredicho nuestra capacidad de producir alimentos a escala global. Si no las controlamos, las temperaturas subirán tanto que en lugares del sur de Asia y de África la agricultura al aire libre será imposible durante buena parte del año, y el ganado morirá. Hoy en Delhi, donde vive mi familia, durante largos periodos del año las escuelas han de permanecer cerradas porque hace demasiado calor y en invierno cierran debido a la contaminación atmosférica.

La amenaza para la producción de alimentos se traducirá en un machismo creciente y la posible violencia contra las mujeres en todo el mundo, porque son las mujeres o la gente que se identifica como mujeres quienes son responsables de poner alimentos sobre la mesa y a menudo incluso de producir esos alimentos. Y ya padecemos una crisis de agua fresca potable en todo el planeta que no hará más que empeorar. Dicho de otro modo, a menos que abordemos el cambio climático con la misma urgencia con la que afrontamos hoy el coronavirus, entonces esta pandemia se parecerá a unas vacaciones en comparación con lo que vendrá. El apocalipsis climático no será pasajero, y mucha gente no tendrá dónde refugiarse allí donde vive.

Estamos viendo ahora las medidas extraordinarias que pueden tomar los Estados capitalistas para hacer frente a una crisis. El gobierno británico se hace cargo del 80 % de los salarios de muchos trabajadores. El gobierno estadounidense planea enviar cheques a las familias. Pero si tales medidas y este énfasis en lo que es esencial se abandonan tan pronto pase la crisis, entonces el apocalipsis climático se nos vendrá encima y no habrá manera de salir de él. Después de la crisis de la COVID-19, el capitalismo tratará de volver a lo de antes. Seguirán utilizándose combustibles fósiles. Nuestra tarea es no dejar que el sistema olvide.