cumbre de los Pueblos - 20 de junio 2012

TRANSFORMACIONES SOCIALES, RESISTENCIAS Y ALTERNATIVAS / IV Internacional

Comité Internacional de la IV Internacional

Texto en PDF: file:///C:/Users/General/Downloads/Transformaciones%20sociales,%20%20%20%20%20resistencias%20y%20alternativas.pdf

Texto en inglés de la página de la IV internacional, International Viewpoint: http://www.internationalviewpoint.org/spip.php?article4934

Estos últimos años se han caracterizado por oleadas de movilizaciones sociales y políticas con distintas perspectivas. En el Magreb y el Medio Oriente, la Primavera árabe, si bien no está agotada, se enfrentan a la convergencia de fuerzas reaccionarias. En América latina, tras la derrota del PSUV en las elecciones venezolanas asistimos a un nuevo ciclo. En Europa, tras la capitulación de Tsipras Syriza no mantuvo el rumbo de la dinámica abierta por su elección o el mayoritario voto a favor del OXI en julio de 2015. En 2008, la quiebra de Lehman’s Brothers dio paso a la crisis financiera internacional que provocaría numerosas crisis en cascada, sobre todo las de las deudas soberanas en Europa. Esta crisis desencadenó nuevos ataques sociales que se añadieron a los profundos cambios operados a partir de los años 90 a través de las consecutivas reconversiones políticas, económicas y sociales iniciadas en 1989 y de la nueva fase de la globalización capitalista. Este texto se fija como objetivo analizar de forma sumaria las modificaciones sociales que se vienen dando en este contexto, así como las capacidades y experiencias de lucha de las y los explotados y oprimidos y, también, la evolución de los movimientos sociales, sindicales y políticos de resistencia y lucha contra los ataques capitalistas. El problema al que nos enfrentamos es el de la relación de fuerzas entre las clases a nivel internacional. Esto nos obliga analizar: La realidad de la clase obrera y del resto de las clases explotadas que, con la mundialización y la reinserción global de Rusia y China en el sistema económico capitalista mundial, ha conocido grandes transformaciones en los últimos treinta años.

• La fuerza organizada del movimiento obrero y de los movimientos sociales que luchan contra la explotación y las opresiones en su conjunto, dado que ha sufrido muchas transformaciones a distintos niveles. La desaparición de la URSS y el fin de la competencia URSS/China en torno a la hegemonía “socialista” sobre los movimientos de resistencia al imperialismo ha modificado ampliamente la geografía política en lo que definimos como los “tres sectores de la revolución mundial”. Pero, hacia adelante, ¿cual es la fuerza real de cada uno de estos movimientos que organizan a los sectores explotados y oprimidos en estos diferentes sectores?

• Los nuevos campos de radicalización en especial entre las generaciones jóvenes a lo largo de las dos últimas décadas. Incluso si el movimiento altermondialista es más débil que a principios del siglo, la cuestión de la justicia social, de la necesidad de combatir el poder de los bancos, de los grandes grupos empresariales y de las instituciones internacionales constituye un poderoso vector de radicalización. Existe una relación clara entre la justicia social, el empleo estable para los trabajadores y trabajadoras, el derecho a la tierra para los campesinos y campesinas y las cuestiones medioambientales. En lo que respecta al cambio climático y a los grandes proyectos inútiles, también se puede observar la voluntad de imponer un control democrático sobre las grandes decisiones y contra un sistema de poder profesionalizado con una masa de políticos que escapan a cualquier control. La aspiración libertaria a vivir sin violencia, sin la imposición de leyes injustas y también el poderoso impulso de las movilizaciones feministas y LGTBI. También se puede ver el poder de los nuevos medios de comunicación, en especial el de las redes sociales, como herramientas para organizar manifestaciones, informar y movilizar en todas las regiones del mundo.

• Más allá de las exigencias democráticas y de justicia social, la capacidad de dar coherencia política a las luchas, de integrarlas en una lucha global contra el sistema en una situación en la que ya no existe un “movimiento obrero internacional”. El rechazo de los efectos de las políticas capitalistas no conduce automáticamente en una consciencia anticapitalista. La identidad social obrera no genera automáticamente una conciencia de clase. ¿Qué capacidad existe para inscribir estas luchas en un programa político estratégico que ponga en cuestión de forma radical la sociedad capitalista y las opresiones que ha generado o reestructurado? En ese contexto, ¿qué balance hacer del movimiento altermondialista y de las diferentes redes internacionales que, en distintos sectores, tratan de coordinar las luchas? Por último, ¿qué fuerza tienen y que dirección toman las corrientes políticas de estos frentes de lucha (se definan como democráticas, anticapitalistas o revolucionarias) a escala nacional, regional o internacional?

I. Elementos de análisis

1/ ¿Cual es la evolución de la situación de la clase obrera y de las explotadas y explotados a nivel mundial?

Tenemos que tomar en cuenta varios elementos importantes. La globalización ha acelerado el crecimiento industrial y económico en toda una serie de países (BRICS, Turquía, México…); un fenómeno que, lógicamente, debería continuar y diversificarse. Esto entraña dos fenómenos importantes en los llamados países “emergentes”: la concentración urbana, y el incremento de trabajadores y trabajadoras asalariadas superior al crecimiento de la población (75 % de progresión entre 1992 y 2012 por un incremento de la población del 30 %). Evidentemente esto es debido al desarrollo de nuevos centros de desarrollo económico. Otra característica importante ha sido el crecimiento relativo del sector servicios en comparación con el de la producción, así como la proletarización de numerosos empleos asalariados anteriormente considerados como cualificados, tales como la enseñanza o la salud con su correspondiente impacto, y una creciente propensión de esos sectores a participar en las movilizaciones sociales contra las cadencias del trabajo, la congelación salarial, las privatizaciones y otros ataques. Ahora bien, en todos los casos hay que tomar en consideración que, tomadas globalmente y según los criterios de la OIT, la gran mayoría de la población activa en esos mismos países la constituyen trabajadores y trabajadoras con un empleo precario (trabajadores familiares no remunerados o autónomos) y esta proporción crece a partir de 2008, lo que constituye una contratendencia. Así mismo, desde 2008 la OIT registra y prevé un incremento regular del paro para los próximos 5 años en Asía, África y América Latina. La consecuencia es evidente: incremento importante de la urbanización, minorización de la población rural y, en paralelo, destrucción del tejido social, lo que conduce evidentemente a un deterioro de las condiciones de vida, incluso a pesar de que se mantengan redes de solidaridad campesina. Asistimos pues a un incremento numérico de la clase obrera, pero con características globales diferentes en lo que concierne al desarrollo global de las sociedades en las que se ha producido este desarrollo. En los “viejos países industriales”, el desarrollo del proletariado se dio, en general, en paralelo a las luchas sindicales y políticas contra la burguesía en el ámbito nacional y, fuera cual fuera la violencia de la luchas de clases del siglo XX, se obtuvieron derechos sociales en el marco de los Estados, cristalizó una relación de fuerzas entre las clases. El reconocimiento de los derechos colectivos de la clase obrera no solo estuvo vinculado al contrato de trabajo en las empresas sino también a derechos sociales colectivos en el marco de la sociedad; las burguesía dedicaron una parte de los beneficios capitalistas a la financiación de los sistemas contributivos y redistributivos fiscales sobre los que a finales del siglo XX se edificaron la mayoría de las sociedades industriales. El compromiso social y el desarrollo del “Estado social” estaban vinculados a sistemas ideológicos heredados del positivismo y del cristianismo social. Estas ideologías y sus compromisos fueron  también el contrafuego necesario frente al importante desarrollo de las corrientes marxistas y socialistas. Todo eso ya no existe, y el desarrollo industrial de los países emergentes no se realiza bajo los mismos parámetros. Por ejemplo, en lo que concierne a la industria automovilística “pasada al Este”: aparte de México, Argentina y Brasil, las grandes zonas de desarrollo son Europa del Este, Turquía, Irán, Pakistán, India y China. En estos casos, las líneas de producción y la cualificación son las mismas que en los viejos países industriales, pero los derechos sociales y la legislación laboral no tienen nada que ver. Se podría trazar un cuadro similar en muchos otros sectores industriales. En estas nuevas zonas de desarrollo industrial, el compromiso social del último siglo han perdido vigencia. En los viejos países industriales, este compromiso social del siglo pasado está ampliamente puesto en cuestión por las políticas de austeridad laboral. Al lado de todo ello, asistimos a situaciones de semi-esclavismo, particularmente para los trabajadores y trabajadoras inmigrantes; las fábricas clandestinas escapan a toda legislación.

2/ También evoluciona de la tasa de explotación a nivel mundial

Las modificaciones económicas de estos últimos años también tienen otras consecuencias. No solo se han estancado los salarios en los viejos países industriales, sino que estos últimos años han visto como el incremento de la productividad se daba en detrimento de los salarios, acentuando la tendencia general que se viene arrastrando desde los años 80 de pérdida de la masa salarial en beneficio del capital. Del mismo modo, en los viejos países industriales los contratos precarios y los recortes en la legislación laboral han sido uno de los elementos claves para esos incrementos de productividad (“contrato cero horas” en Gran Bretaña, “Jobs Act” en Italia, “Minijobs” en Alemania…) A pesar del frenazo productivo de 2008, en la mayoría de las nuevas zonas de producción, los asalariados y asalariadas lograron incrementos salariales reales, sobre todo en China. Incluso si se trata de huelgas económicas desarrolladas empresa a empresa, lograron resultados concretos. Así pues los elementos de tensión social en torno al mercado laboral se mantienen tanto en los países “emergentes” como en las viejas economías, bien a través de la creciente presión del paro, bien a través del progresivo deterioro de las condiciones de de trabajo y de los sistemas de protección social. Casi la mitad de los trabajadores y trabajadoras en el mundo vive al margen del trabajo asalariado, en la ultra-precariedad. Y la tendencia es a la generalización de los contratos precarios y de las legislaciones que reducen al mínimo la protección legal frente a los despidos. Estas evoluciones acentúan la flexibilidad y la capacidad de los capitalistas para adaptar al máximo las horas de trabajo y el número de la población asalariada a sus necesidades cotidianas. Todo ello va de la mano con una organización logística de cadenas de producción y de distribución que permite disminuir al máximo los costos mediante el recurso a una miríada de subcontratas. Muchos de los nuevos tratados internacional (TTIP, TISA, …) permiten a las grandes empresas escapar a las legislaciones nacionales. En el seno de la Unión Europea, cada mes, nuevas leyes ponen fin a las viejas leyes nacionales. De hecho, de cara al futuro, a nivel internacional existen dos jerarquías de poder: la de los Estados y la de las empresas, y la segunda es cada vez más poderosa en lo que concierne a la organización del comercio y de los contratos de trabajo. Esta última década, la crisis de la deuda se ha desplazado del Sur a los países capitalistas desarrollados: crisis de la deuda en los hogares en numerosos países (USA, India….) y crisis de la deuda soberana en Europa. Estas crisis aceleran los ataques sociales, la precariedad y las situaciones de miseria social; también aceleran la exigencia de auditorías y del control social para poner freno a esas políticas. Todas estas modificaciones debilitan la capacidad de organización colectiva y la estructuración a largo plazo de colectivos de resistencia en el seno de las empresas, aunque estimulan las resistencias FightbackDec16/Cast.doc- 4 – y las dinámicas de autoorganización. Lo que impone el desarrollo de organizaciones sociales territoriales orientadas a organizar, fuera de las empresas, a las trabajadoras y trabajadores aislados o itinerantes.

3/ ¿Cuáles son las consecuencias del importante incremento del fenómeno migratorio?

Varias regiones del mundo congregan los desplazamientos más importantes de poblaciones: los 250 millones de migrantes internacionales y los 750 millones de migrantes internos (desplazados…). A menudo estos desplazamientos se deban a cambios económicos estructurales y a importantes disparidades regionales: África del Sur y Angola, atraen migrantes de los países limítrofes, al igual que Argentina y Venezuela en America Latina y Australia y Japón en Asia del Este y el Sud Este. Los Estados del Golfo atraen a un gran número de migrantes provenientes del Cuerno de África, de Turquía, del subcontinente indio y de Filipinas. De este país, casi el 20 % de la población activa, en su mayoría mujeres, vive y trabaja en el extranjero: 50 % en Oriente Medio. Dos tercios de las migraciones internacionales se realizan entre países con niveles de desarrollo similares y un tercio, provenientes fundamentalmente de sus antiguos imperios coloniales, se dirige hacia EE UU (México) y Europa. Ahora bien a estos fenómenos permanentes se añaden también los desplazamientos originados por las guerras, sobre todo en Siria, Irak, Eritrea y Afganistán y, en el futuro, los generados por el cambio climático. Esta aceleración del fenómeno migratorio se convierte en una cuestión política importante y un fenómeno social a largo plazo. Los países industrializados tienen una gran capacidad para acoger a las poblaciones migrantes que desean llegar a ellos, pero estas poblaciones se convierten en sujeto de campaña xenófobas en muchos países: EEUU, Australia, Europa y África del Sur. El doble desafío que se le plantea al movimiento obrero es el de luchar a la vez contra esta xenofobia y ayudar a la organización de estos trabajadores y trabajadoras migrantes que llegan para reforzar la clase obrera en numerosos viejos países. Algunos países del Golfo, e incluso Israel, solicitan inmigrantes en situación de semi-esclavismo, para desarrollar su actividad industrial.

4/ El impacto de la crisis medioambiental

Estamos confrontados a desastres medioambientales a un nivel sin precedentes, con cambios climáticos de origen humano como su característica más peligrosa. Desertificación, salinización e inundaciones hacen que importantes regiones del planeta se vuelvan impropias para la vida humana o para el cultivo de alimentos. El caos climático crea fenómenos meteorológicos extremos en los que la pérdida de vidas humanas, la destrucción del hábitat y de las infraestructuras entraña la muerte, la miseria y una pobreza agravada para millones de seres humanos. En las últimas décadas, numerosas regiones del mundo también han estado marcadas por movimientos de población provocados por el cambio climático y otros aspectos de la crisis medioambiental que cada vez serán más importantes y afectarán a las poblaciones más pobres del plantea. Uno de los efectos de los proyectos capitalistas (por ejemplo, las mega presas) y la insistencia de la cada vez más importante puesta en pie de métodos extremos de extracción de combustibles fósiles en muchas de las regiones del mundo, ha generado una nueva ofensiva contra comunidades enteras: en Filipinas, en Canadá y en la Amazonia, los planes para transformar regiones enteras agreden a los pueblos que pertenecen, la mayoría de las veces, a los primeros pobladores y a otros grupos ya confrontados a discriminaciones. En estas regiones se ponen en pie frentes de auto-organización popular y el resistencia contra los desastres climáticos y los proyectos destructores.

Por consiguiente, el balance global es el de un mundo sometido a grandes cambios en numerosas regiones, con un desarrollo del trabajo asalariado que entraña importantes transformaciones sociales. Estos cambios se producen en un período en el que el desarrollo económico no se da en el marco en el que los Estados desarrollan estructuras o prestaciones orientadas garantizar mejores condiciones de vida. En la mayoría de los casos se trata más bien de todo lo contrario. A diversos niveles asistimos a una degradación de las condiciones de la vida cotidianas; degradación agravada en muchas regiones por la situación de guerra y el cambio climático. Las mujeres y los jóvenes son los más afectados por esta situación.

II/ Frentes de respuesta

1/ El desarrollo desigual del movimiento sindical

Está claro que en los países que conocen una industrialización asistimos a un desarrollo importante del sindicalismo entre los nuevos sectores asalariados y a un gran número de resistencias con huelgas frente a las exigencias patronales. Pero, en general, estas resistencias se dan en una situación en la que las conquistas sociales que logró la “vieja clase obrera” (fundamentalmente las pensiones y la seguridad social) lejos de extenderse a los países emergentes son, por el contrario, puestas a cuestión en Europa y en otros países industrializados en nombre de los planes de austeridad. Lo mismo que en China, que en estos últimos años ha conocido un gran número de huelgas locales, sobre todo en relación a los salarios, éstas no ha desembocado en la creación de un sindicalismo independiente del aparato estatal. Cuantitativamente, la clase obreras, la población asalariada está en progresión constante; es preciso señalar que los centros de esa progresión se han desplazado fuertemente hacia Asia y, en el futuro, lo harán hacia África. En estas regiones, nuevas fuerzas sindicales conocen una progresión numérica y crean las bases de una conciencia de clase pero, en general, no disponen de la fuerte referencia política que estructuró políticamente al movimiento obrero europeo, aún cuando la contradicción de ese modelo fuese a menudo el delegar las cuestiones “políticas” a los partidos políticos. Se siguen dando grandes luchas obreras, no solo en los viejos países industrializados sino, también, en África del Sur, Argentina, Pakistán, Turquía… Ahora bien, en la era de la globalización, la necesidad de tomar en cuenta preocupaciones más amplias, como el racismo o la vivienda, por parte de los sindicatos es cada vez más evidente y constituye un elemento de radicalización. Incluso si se han dado algunos intentos de organización de los sectores más precarizados (como los de comida rápida en EE UU y, a menor escala, en Inglaterra), en general, en los viejos países industrializados, las trabajadoras y trabajadores más precarios (los sectores más jóvenes con una proporción mayor de inmigrantes y mujeres) son los menos organizados. La situación actual también plantea otras cuestiones estratégicas. En la era de la globalización, el desarrollo de una nueva federación sindical en África del Sur plantean la cuestión de reemplazar la organización en sindicatos de industria por una organización en “cadenas de valor”. Más allá de ello, la cuestión de la democracia sindical es esencial para la construcción de organizaciones eficaces. La creación de una central sindical única a nivel internacional, la Confederación Sindical Internacional (CSI), que coordina a la amplia mayoría de las fuerzas sindicales a nivel mundial no puede ocultar una gran disparidad; sobre todo en términos de capacidad para defender los intereses de los sectores asalariados y de oponerse a los planes capitalistas. La debilidad de los sindicatos y de las organizaciones políticas de matriz marxista y de lucha de clases que realicen un trabajo educativo en sus filas ha conducido al debilitamiento de la consciencia de clase. – El movimiento sindical se ve confrontado a diversos problemas cruciales: • A su capacidad para integrar las cuestiones societales que se plantean en la sociedad (racismo, homofobia, discriminación de las mujeres, vivienda, medio ambiente…) • A integrar la situación del precariado en todas sus manifestaciones y, por tanto, crear e impulsar estructuras que permitan organizar a quienes lo integran, sobre todo mediante la creación de estructuras fuera de las empresas: en las zonas industriales y en los barrios y pueblos. • A la urgente necesidad de coordinarse a nivel internacional, adaptándose a la realidad de las cadenas de producción en las que se pone a competir entre sí a los trabajadores y trabajadoras. • A la capacidad para crear, a partir de la lucha en defensa de sus derechos, de una identidad de clase orientando las luchas de resistencia a partir de un programa que cuestione la estructura capitalista de la sociedad y esté orientado a revertir el sistema.

2/ Las luchas contra la deuda

Desde hace diez años y del inicio de la crisis financiera, la crisis de la deuda ha adquirido una dimensión más amplia: más allá de América del Norte y de la crisis de la deuda soberana en la Unión Europea, la crisis afecta a los pueblos del Estado español y a numerosos países europeos, con más de diez millones de familias expulsadas de sus hogares estos últimos años y, también, con deudas estudiantiles, como en EE UU. Estas deudas ilegítimas han sido el vector para la construcción de numerosos movimientos y luchas a favor de la auditorias de las deudas.

3/ El lugar de la juventud sin empleo en las formaciones sociales

En África, al igual que en América Latina, la juventud, sobre todo la escolarizada, constituye una capa social expuesta al desempleo y a la crisis. La revuelta de la juventud brasileña contra el precio del transporte, las huelgas estudiantiles en Chile y los distintos movimientos Occupy son el eco de las fuertes movilizaciones sociales en Túnez y en Egipto y de las numerosas movilizaciones democráticas y anti-corrupción que han tenido lugar en numerosos países del África occidental. En todas estas movilizaciones, la fuerza de la juventud se corresponde con el nivel de precariedad estructural y paro masivo que padece la juventud en numerosas regiones del mundo, aún cuando aumenta su nivel de educación. Estos movimientos ponen sobre el tapete exigencias de democracia política y cuestionan los sistemas políticos controlados por las oligarquías capitalistas. De ese modo, estos últimos años la juventud ha sido la fuerza motriz de las movilizaciones revolucionarias y ha jugado también un papel importante en el desarrollo de políticas progresistas, tales como la elección de Jeremy Corbyn a la cabeza del Partido Laborista en Gran Bretaña, el nacimiento de Podemos o el movimiento de apoyo a Bernie Sanders en EE UU en 2016.

4/ Derechos de las mujeres y movilización masiva contra las violencia, las violaciones y el feminicidio

Estos últimos años, otro factor de movilización social importante ha sido la respuesta a las violencias contra las mujeres, en primer lugar el feminicidio, en India, Turquía, Argentina, Chile, Uruguay o México. Desde las gigantescas manifestaciones en India en diciembre de 2012, se han desarrollado muchas otras movilizaciones en otras tantas ciudades: el 7 de noviembre de 2015, 500 000 mujeres se movilizaron en Madrid contra el incremento de la violencia y asesinatos de mujeres; en Argentina, centenares de miles de mujeres se movilizaron en 2015 en respuesta a varios asesinatos que impactaron al país; en México, la extensión de asesinatos y desapariciones de mujeres a un nivel hasta entonces desconocido también se tradujo en fuertes movilizaciones en Estados que también están marcados por el narcotráfico… Estas movilizaciones nos remiten al alto nivel de violencia que conocen numerosos países, violencia que afecta en primer lugar a las mujeres y pesa también sobre la realidad social: la mayoría de los  – países de América Central, entre ellos México y Brasil y casi todos del África subsahariana y África del Sur han alcanzado su más alto nivel en cuento a homicidios no vinculados a la guerra. Por otra parte, en lo que concierne a las cuestiones claves de las luchas feministas, la situación de estos últimos años ha sido contradictoria, dada una presencia cada vez mayor de mujeres en el mundo del trabajo. El movimiento de mujeres ha desarrollado múltiples estructuras y movilizaciones en todas las regiones del mundo, pero se enfrenta a una ofensiva reaccionaria en numerosos países, vinculada al ascenso de las corrientes neoconservadoras y fundamentalistas. Esta ofensiva vuelve a poner en cuestión derechos fundamentales; en concreto, el de la independencia financiera y social frente a los hombres (padres, hermanos o maridos), su capacidad para vestirse como quieran o de gestionar la procreación, sobre todo mediante el acceso legal, gratuito y seguro al aborto. Estos últimos meses, el Estado español y Polonia han conocido movilizaciones masivas contra la puesta en cuestión del derecho al aborto.

5 / Las luchas LGBTQI

En muchos países (si dejamos a un lado el mundo islámico y una parte sustancial del África subsahariana), la fuerza organizada del movimiento LGBTQI ha hecho posible la descriminalización de las relaciones homosexuales y de los derechos limitados a las personas transexuales. En ese proceso, el matrimonio homosexual ha sido legalizado en numerosos países: no sólo en los países ricos, sino también en África del Sur y cada vez en más países de América Latina. En la mayoría de las ocasiones con una amplio consenso social. Aún quedan batallas por ganar. En concreto, el reconocimiento de todos los derechos para los transexuales y los padres LGBTQI. La cuestión de la violencia y de las campaña homófobas pesan enormemente. El papel crucial de las corrientes religiosas reaccionarias contra el movimiento LGBTQI es clave en todas partes, bien se trate de corrientes cristianas -católicas o protestantes-, hindúes o musulmanas, o bien se trate de la violencia y el fanatismo de los grupos de extrema derecha, independientemente de su religión.

6/ Las organizaciones contra el racismo y en defensa de las y los migrantes

La organización autónoma del movimiento Black Lives Matter en EE UU, centrada en la cuestión del racismo policial pero poniendo al descubierto la cuestión más amplia del racismo de Estado, constituye, tras la desaparición del movimiento por los derechos civiles, el dato más significativo en EE UU. En Europa, aún cuando las consecuencias mortíferas de las fronteras y de las políticas migratorias se hacen cada vez más visibles, asistimos al desarrollo de movimientos de solidaridad concreta al igual que de reivindicaciones políticas. De forma más remarcada en Grecia, pero también en Italia, Alemania y Gran Bretaña.

7/ El ascenso de los movimientos contra el calentamiento climático

El ascenso de los movimientos contra el cambio climático también puede y debe jugar un papel central en la puesta en cuestión global del sistema en los años que vienen. El cambio climática deteriora, y va a continuar deteriorando, las condiciones de vida de centenares de millones de mujeres y hombres en los próximos años. A menudo son los pueblos autóctonos, las poblaciones que viven en las condiciones más precarias, las primeras afectadas, como lo han sido por las políticas de deforestación y de grandes proyectos capitalistas que ponen en cuestión su hábitat. En muchas regiones afectadas, las poblaciones se autoorganizan e intentan construir redes que integren a otras organizaciones sociales. Vemos como en muchas regiones el problema del paro y de las condiciones de trabajo se mezclan a otras cuestiones sociales de primera importancia, percibidas como tales por las poblaciones afectadas.

III/ El problema de la transformación política, de las luchas y de la estrategia anticapitalista.

A la hora de estructurar estos movimientos sociales y políticos, la cuestión fundamental es, evidentemente, la de las perspectivas de emancipación. La experiencia de Vía Campesina, de determinado sindicatos sectoriales y de las coaliciones contra el cambio climático muestran que, sobre todo entre la juventud, la puesta en pie de acciones a nivel internacional que cuestionen la sociedad capitalista constituye una postura natural. Pero la mayoría de las estructuras heredadas durante el ascenso del altermundialismo (FSM, Marcha mundial de mujeres, Vía Campesina, Attac…) conocen un parón en su desarrollo y han entrado en crisis. El CADTM ha logrado garantizar su desarrollo por el lugar central que han ocupado la deuda y las auditorías ciudadanas estos últimos años. La situación es difícil y más contradictoria en lo que respecta al movimiento sindical tradicional, en el que aún pesan mucho las políticas de consenso o de compromiso nacional con las políticas de austeridad. Incluso la dinámica de los sindicatos alternativos en Europa del Este se ha desfondado estos últimos años. Lo mismo ocurre con las experiencias de convergencia anticapitalista amplia desarrolladas al filo de los foros sociales que está estancada, en base también a la crisis de las organizaciones que formaban parte de ella (SWP, SSP, LCR/NPA…) Es necesario abordar los nuevos desafíos en relación a la construcción de un movimiento revolucionario internacional, un movimiento anticapitalista apoyado en la defensa de los derechos y de la justicia social. De entrada, en muchas regiones del mundo tenemos una batalla de nuevo tipo. Como hemos analizado más arriba, los ataques sociales, las políticas de austeridad, el desmantelamiento de las viejas estructuras de solidaridad social alimentan un malestar cada vez mayor. Este malestar se orienta contra las instituciones nacionales e internacionales, contra los dirigentes y partidos que impulsan esas políticas y que a menudo constituyen los pilares de esos sistemas políticos. Este desgaste, esta erosión, plantean un problema estratégico a nivel internacional: sitúa a las y los revolucionarios, a las corrientes de los movimientos sociales que luchan contra las políticas reaccionarias, ante la responsabilidad de proponer una perspectiva política que permita ofrecer un vector progresista, revolucionario, al rechazo del sistema. En sí mismas, las luchas a favor de la democracia y de la justicia social no desembocan automáticamente en la lucha por el derrocamiento de los sistemas opresivos. Los últimos años han hecho emerger una cuestión política evidente. Confrontado a la puesta en cuestión de las dictaduras de Túnez y del Oriente Medio, o a los regímenes progresistas en América Latina o a las erupciones sociales contra la austeridad, las fuerzas reaccionarias se han puesto a la ofensiva en todos los países, sobre todo mediante el fortalecimiento de regímenes autoritarios e incluso oponiéndose a estos movimientos emancipadores. Esto plantea la necesidad de poner en pie una estrategia tanto para organizar la movilización popular como para contrarrestar la ofensiva reaccionaria. Más aún cuando en el seno de las clases populares, vuelve a ponerse de actualidad la lucha por la hegemonía entre las corrientes democráticas, de clase o socialistas y las corrientes reaccionarias, religiosas o de extrema-derecha filofascista. La influencia de la religión siempre ha sido muy fuerte en los sectores populares; a menudo, comunidades rurales y urbanas se organizan integrando estas referencias religiosas y poniendo en primer plano las reivindicaciones de justicia social contra los ricos y los poderosos. Evidentemente, en esos casos, las organizaciones socialistas revolucionarias pueden cohabitar con organizaciones que tienen esas referencias. Pero el problema al que nos encontramos confrontados en diversas regiones es el de las corrientes religiosas reaccionarias y de las corrientes de extrema derecha. En Europa del Este y en EEUU, estas corrientes actúan en medios populares en base a mecanismos habituales para desviar la lucha anticapitalista en períodos de crisis (miedo a las personas inmigrantes y extranjeras, nostalgia nacionalista…), a lo que, sobre todo en Europa, se añade la islamofobia galopante. En otras regiones de tradición musulmana, esas organizaciones han construido su hegemonía entre las capas populares para desviar las aspiraciones de justicia social o de lucha contra los países imperialista y mitificando los viejos tiempos del Islam. Todas estas ideologías se apoyan en el malestar popular provocado por la crisis y/o el desmantelamiento de los sistemas de protección social, de los servicios públicos, el aumento de la precariedad, la desviación de la lucha anticapitalista hacia la vuelta a un orden religiosos, una identidad o una nación imaginaria, que lleva consigo todos los elementos reaccionarios de sumisión al orden, a la familia patriarcal, a la homofobia y a la misoginia. Pero esta competencia impone a las organizaciones anticapitalistas, tanto en los movimientos sociales como en los políticos, la necesidad de dar un nuevo vigor a una perspectiva de igualdad social en una sociedad desembarazada del capitalismo y la explotación. A otro nivel, también debemos responder a otro desafío. A la vez que construimos organizaciones de masa en los movimientos sociales para responder a todos los ataques y agresiones del sistema, tenemos que construir, al mismo tiempo, vínculos sociales que permitan poner en común todos los frentes de resistencia. En el ámbito político, la cuestión que se plantea es la de poder construir estrategias políticas que, lejos de limitarse a perspectivas institucionales, otorguen todo su lugar a la auto-organización de los movimientos sociales, poniéndose al servicio de las exigencias populares y poniendo las experiencias de gestión institucional a disposición de los movimientos sociales en la perspectiva de lucha contra el poder económico de los capitalistas. Al este respecto, las últimas experiencias no son nada positivas. En la primera década de este siglo sólo América Latina vió llegar al gobierno a sectores provenientes de los movimientos sociales, pero ello no condujo a la transformación de las condiciones de existencia de la población a un nivel que le permitiera redinamizar las perspectivas de emancipación social. La evolución de los gobiernos brasileño, ecuatoriano, boliviano y venezolano nos llevan hoy en día a un cambio de ciclo y a la necesidad de poner fin a las perspectivas basadas fundamentalmente en políticas extractivistas. Los movimientos sindicales y sociales se encuentra en una situación de resistencia frente a los políticos que no han respetado sus promesas. Por otra parte, en el Magreb y Egipto, los movimientos populares, basados en la movilización de la juventud y de las fuerzas sindicales, lograron derrocar los regímenes dictatoriales. También estos movimientos se encuentran ahora arrojados al terreno de la resistencia. En Grecia, la traición del gobierno de Tsipras, fruto del rechazo a las políticas de austeridad, deja hoy al movimiento social en la responsabilidad de reconstruir una alternativa política con corrientes de la izquierda radical. En el Estado español, Podemos, fruto directo de la movilización social de Indignados, sitúa hoy al movimiento social en una situación similar. Los debates estratégicos en Podemos planteados por Anticapitalistas a favor de un programa de confrontación directa con las políticas de austeridad va en consonancia con las exigencias impulsadas por el movimiento social. En conclusión, en diversas regiones en las que han tenido lugar cambios políticos como fruto de las movilizaciones sociales, los movimientos sociales se encuentran confrontados a una situación defensiva en un contexto de desarrollos de fuertes luchas de resistencia portadoras de esperanza. La cuestión clave en los próximos años, no será solo la del nivel de organización a la altura de los ataques sufridos, sino también la de la capacidad política para construir un movimiento político emancipación vinculado a los movimientos sociales capaz de hacer frente al capitalismo.