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Trump o el populismo de derecha, una tradición estadounidense

Por Bill Crane. Traducción de Irving Radillo para la Coordinadora Socialista Revolucionaria.

La victoria en las primarias republicanas del millonario ego-maníaco, sexista y racista, magnate de la construcción y estrella de los reality shows, ha constituido un shock para las esferas dirigentes del partido que representará en la elección presidencial. ¿Cómo explicarlo y qué hay realmente detrás del “fenómeno Trump”?

Trump viene de una tradición política estadounidense, la del populismo de derecha que está siempre combinada con racismo y posiciones xenófobas en contra de los migrantes (y fundamentalmente, en el contexto estadounidense, contra los negros), sobre la base un sentimiento anti-élites.

No es sorprendente que los Estados Unidos, una nación fundada sobre la esclavitud de los negros y la violenta desposesión de los indígenas americanos, vea emerger frecuentemente sentimientos racistas en la política. Pero el país fue fundado de igual manera como una república, es decir, una comunidad que consagró los derechos y las libertades políticas de cierto grupo de personas, a saber, de los hombres blancos. Así, el racismo puede cruzarse fácilmente con llamados anti-elitistas o democráticos radicales.

Este tipo de política se deja ver en los hechos desde la campaña de Andrew Jackson (presidente de los Estados Unidos de 1829 a 1837), quien construyó su carrera combinando la hostilidad hacia una supuesta aristocracia representada por el Partido Whig (la derecha liberal de la época) y la First Bank de los Estados Unidos, con el compromiso de proseguir las expropiaciones de tierras indias. La tradición de derecha populista se perpetuó con los Know-Nothings, o Partido Americano, cuya política estaba basada en la hostilidad hacia los inmigrantes, particularmente los católicos romanos, y hacia las élites políticas acusadas de vender el país del hombre blanco a extranjeros leales al Papa. Desde los brotes de violencia contra la inmigración china en las décadas de1890 y 1920 a las oleadas sucesivas del Ku Klux Klan en el sur, pasando por los anticomunistas de la Jhon Birch Society y la campaña presidencial del segregacionista George Wallace en 1968, sin olvidar la campaña de Pat Buchanan a las primarias republicanas en los años noventa, esta tradición jamás ha estado alejada de la corriente política dominante. El Tea Party y Donald Trump no son otra cosa que las expresiones más recientes de una corriente presente durante mucho tiempo en la política americana.

En tanto que ideología, este populismo de derecha es incoherente, pero reposa sobre dos constantes mayores. La primera es el racismo, dirigido más frecuentemente en el último periodo contra dos grupos: los migrantes indocumentados de América Latina y, desde el 11 de septiembre, las comunidades árabes y/o musulmanas. La segunda es el anti-elitismo: la “élite”, más bien la clase capitalista o la clase política, constituida por las clases superiores y las clases medias liberales que son percibidas como las que gobiernan, como aquellas que han “traicionado” a los ciudadanos ordinarios (hombres y mujeres blancos) favoreciendo la inmigración de poblaciones hostiles que representan amenazas, reales o potenciales, para la nación.

Mientras Trump continúa descargando sus absurdas declaraciones sectarias sobre los mexicanos y los refugiados musulmanes, dispone de un amplio espacio para explicar cómo las políticas de libre comercio de las administraciones republicanas y demócratas sucesivas han hundido a los Estados Unidos. En tiempos de crisis económica, el resentimiento contra las élites que han dejado que se destruyan los bastiones de la industria pesada firmando el Tratado de Libre Comercio de América del Norte puede moverse hacia la derecha como hacia la izquierda. En ausencia de un verdadero movimiento obrero y de izquierda en los Estados Unidos, lo más probable es que sus expresiones políticas se recorran a la derecha, acompañando y reforzando el racismo contra los mexicanos, los árabes, los chinos y otros grupos.

Dirigir los sentimientos racistas contra el establishment republicano

Trump no es en sí un fascista, sus seguidores tampoco representan un movimiento del tipo de los camisas negras de Mussolini o de las secciones de asalto de Hitler. Puestas aparte las tentativas fallidas de construir una milicia llamada Lion Guard con el fin de defender los mítines de Trump de las protestas, así como la intervención abierta de algunos grupos de extrema derecha y neofascistas, es necesario decir que la campaña de Trump no es la de un movimiento fascista constituido o naciente. La izquierda estadounidense no debe caer en la histeria sobre esto, sino comprender su campaña como la radicalización de una verdadera corriente racista y xenófoba.

En estos últimos años, Trump ha explotado el ascenso de las ideas de la derecha radical, que se expresaron en el Birther Movement o en la campaña racista por un muro de separación con México. En cierto sentido, se trata de una excrecencia de las políticas republicanas tradicionales. Desde 2000, los representantes de este partido han alentado la immigrant bashing (“paliza a inmigrantes”) para hacerse elegir. Este ha sido el caso particular desde 2008, cuando recurrieron al racismo ante su incapacidad de ofrecer una alternativa a la hábil gestión del neoliberalismo estadounidense hecha por Obama. Los viejos rivales de Trump como Marco Rubio, Jeb Bush o John Kasich no están en condiciones de acusar a Trump de fascismo o de alentar particularmente el racismo, después de ver lo que ellos mismos han hecho.

Por otro lado, Trump encarna una verdadera cesura con respecto a las políticas republicanas tradicionales, en la medida en que él se ha servido de las ideas racistas radicales para dirigir una fracción significativa del electorado contra el mismo establishment republicano. Que la corriente republicana mayoritaria haya abierto camino a Trump no significa que no haya entre ellos diferencias substanciales. Tal como Todd Chrétien escribió, “la dirección republicana ha construido un monstruo de Frankestein con el fin de disponer de una base popular que apoye su agenda de clase dirigente (…) Ahora, Trump toma al establishment republicano para explotar todo ese odio en beneficio de su candidatura”. Así como los dirigentes republicanos abrieron el camino a Trump, este último bien podría, con su fanatismo sectario y su aversión al establishment, abrir el camino a una corriente, a grupos o a un movimiento todavía más a la derecha.

Si es poco probable que éste tome la forma del fascismo clásico (en gran parte porque la crisis económica y política no es demasiado ruda, ni la clase obrera tan rebelde para convencer a la clase dirigente de la necesidad de métodos dictatoriales), tal movimiento podría prosperar en los Estados Unidos sobre las condiciones que siempre han estado presentes: el racismo contra los negros y los inmigrantes de todo color.

La base social de Trump tiene algo en común con la del fascismo clásico. El candidato republicano habla a una clase media desesperada por la crisis económica y la aprovecha para hacer de los migrantes latinos y los refugiados musulmanes los chivos expiatorios, en una cruzada contra las “élites” que les habrían vendido el país. Trotsky escribió que esas gentes comprendían el “polvo de la humanidad” en el ejército de Hitler, los “funcionarios, empleados, comerciantes, artesanos, campesinos, todas las capas intermedias y dudosas”, así como los trabajadores más atrasados y los desempleados a los cuales Hitler ofrecía la ilusión de convertirse en una fuerza política independiente.

Es necesario hacer notar que entre los que apoyan a Trump hay tanto un “núcleo duro” como sectores menos consolidados, tales como numerosos trabajadores desesperados por la crisis y que se sienten, sin razón, reanimados por su desprecio abierto a la élite dirigente. Los anticapitalistas pueden y deben entablar un diálogo con estos últimos, criticando sin concesiones los prejuicios sectarios y la vacuidad de las soluciones de Trump. Esto puede y debe incluir la movilización lo más amplia posible de personas de color radicalizadas, de jóvenes, de seguidores de Bernie Sanders y otros para enfrentarse e intentar impedir, cada vez que sea posible, sus eventos de campaña.

Trump y la carrera presidencial

¿Cuáles son las posibilidades de que Trump gane las elecciones? Su victoria en las primarias, que fue un verdadero shock tanto para el establishment republicano como demócrata, así como para numerosos anticapitalistas, nos debe prevenir contra los peligros de pronósticos categóricos. No obstante, siendo las elecciones en los Estados Unidos una operación tan controlada, una victoria de su parte es muy improbable.

En cierto sentido, esto proviene de su estatus de estrella de los realty shows y de candidato típicamente posmoderno. El tiempo que pasa bajo los proyectores juega contra él, mucha gente no llega a tomarlo en serio y el porcentaje de opiniones favorables a él está entre los más bajos observados en las campañas presidenciales. El mes pasado, solo 24% de los electores tenían una opinión positiva de él, contra 57% de opiniones negativas, una proporción que aumenta entre las minorías y las mujeres, (que tienen una opinión negativa de 70%), directamente aludidos por sus declaraciones racistas y sexistas exacerbadas.

A pesar de que Trump comenzó a dar pasos hacia la reconciliación con el establishment republicano, su megalomanía legendaria limitará ciertamente su capacidad de convertirse para él en un candidato aceptable. Como Charlie Post escribió hace algunos meses en el sitio de Jacobin, a pesar de su propio estatus de miembro de la clase dirigente, Trump no representa a ningún sector de la clase capitalista estadounidense. El millonario del sector energético, Charles Koch, que con su hermano David se ha distinguido en financiar todas las causas reaccionarias posibles e imaginables, declaró ante la prensa que es “posible” considerar a Hillary Clinton como una mejor opción que Trump. La megalomanía y el oportunismo de Trump sobre cuestiones tales como el libre comercio, que ha beneficiado ampliamente a la clase dirigente, o la inmigración, donde ésta ha demostrado un pragmatismo deliberado, significan que una administración de Trump sería potencialmente desastrosa para esta clase. Sin embargo, existe una crisis tal de la política establecida, y en particular del Partido Republicano, que hace que esto se convierta en una posibilidad. Estamos tal vez asistiendo a un giro de la política de los Estados Unidos, que vería el fin de los republicanos como los representantes más tradicionales y entusiastas del capital estadounidense.

Su adversaria, Hillary Clinton, es casi tan impopular como él y hace que Trump disponga de un pequeño margen para ganar. En estas décadas de vida política, Clinton ha demostrado ser objeto de escándalos tanto como su marido. Trump podría aprovecharlo en los meses que preceden noviembre, pero una victoria dependería mucho de su capacidad de asestar el golpe certero en el momento propicio.

Una presidencia de Trump, vistas sus relaciones antagónicas con los representantes republicanos en el Congreso, podría resultar un caso desastroso, que desacreditaría perdurablemente al Partido Republicano a los ojos de la clase dirigente y de todas las demás. Eso no quiere decir que no sería portadora de verdaderas amenazas. Ésta alentaría a la derecha revanchista y atizaría los ataques contra los hispanos, los musulmanes y los negros.

Sin embargo, no podemos considerar a Trump como la amenaza existencial que quita el sueño a los sectores de la izquierda liberal. Los gritos emanados de las corrientes dominantes, según las cuales Trump sería un fascista, tienen hoy un objetivo político preciso: asegurarse que el reformismo oficial en los Estados Unidos, incluyendo el movimiento sindical, organizaciones de mujeres y de negros, y también elementos de la izquierda radical que surgieron durante la campaña de Sanders, se agrupe en torno a Clinton después de las primarias.

Una probable presidencia de Clinton representa un peligro más grande que una improbable administración de Trump. Cuando él describe a los mexicanos como violadores, escandaliza con toda razón a las multitudes de izquierda y liberales. Pero en el curso de estos últimos ocho años, han sido expulsados más de 2.5 millones de migrantes indocumentados, venidos principalmente de México y de Centroamérica. Y esto no es producto de la derecha republicana, sino del liberal Barack Obama que al fin de su segundo mandato podría haber expulsado más inmigrantes que todos los demás presidentes juntos desde 1892.

La amenaza que representa Clinton se presenta en otros aspectos. Ella hizo gala, delante del Comité de Asuntos Públicos Americano-Israelíes, de la relación particular de los Estados Unidos con Israel y de la denuncia de la campaña BDS y de toda solidaridad con Palestina como antisemita. Puede uno intuir lo que les espera bajo su gobierno a los musulmanes, a los árabes y a los militantes de izquierda que se solidarizan con ellos.

Calificando a su oponente republicano como portador de un peligro inmediato de fascismo y de guerra, la candidata demócrata ha contado con las fuerzas del reformismo oficial, así como de numerosos miembros de la izquierda radical. Sin embargo, el hecho es que en la historia de los Estados Unidos, los presidentes demócratas han lanzado muchas más guerras que sus alter egos republicanos.

Contra las “políticas del mal menor”

Los últimos cuatro años nos han afirmado que “esta elección es la más importante de nuestra historia”. Teniendo como oponente esta vez a un megalómano como Trump, los sargentos-reclutas demócratas se lamen los dedos. Como Alan Maas y Elizabeth Schulte dijeron en una entrevista para RS21, hay en la izquierda y de manera particular en el espectro político estadounidense una larga tradición de “políticas del mal menor”. En cada elección, somos llamados a apoyar al candidato demócrata considerado como el mal menor, quien, incluso si es execrable, sería más sensible a la presión de los movimientos sociales, expulsaría menos migrantes que un presidente republicano y lanzaría menos intervenciones militares.

Así, el candidato demócrata siempre ha puesto a su favor las voces de los liberales disidentes, de las fuerzas reformistas, de los oprimidos y de numerosos militantes de izquierda. Puede entonces girar a la derecha (en lo que Bill Clinton patentó como la “triangulación”) a fin de buscar un supuesto justo medio y, una vez instalado en el poder, encontrarlo junto con republicanos cada vez más racistas, misóginos y con un odio manifiesto. Cuando la izquierda elije apoyar al mal menor, se encuentra frecuentemente confrontada a grandes males mucho más numerosos.

Las elecciones de 2016 se distinguen por el ascenso no solamente de Trump, sino también de Bernie Sanders quien, más allá de nuestras grandes diferencias, canalizó por primera vez en la historia reciente una corriente popular favorable a una reforma económica y a un cambio social, en la sociedad capitalista desarrollada que es posiblemente la más desigual y antidemocrática. El futuro del fenómeno Sanders es incierto, pero muestra el potencial que existe para políticas más allá de Trump y de Clinton.