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Tecnología y capitalismo: libertad virtual

Emilio Téllez Contreras

La tecnología en el capitalismo siempre ha sido una fuente de renovación de las fuerzas productivas, una constante revolución de los métodos, tiempos y formas del trabajo pero también de los ámbitos de la vida no laboral: los viajes, el esparcimiento, el entretenimiento, la cultura de masas, etc. Este desarrollo tecnológico global aunque está marcado por profundas desigualdades construye progresivamente un espacio cultural común, único, a nivel global que estandariza la experiencia tecnológica.

Por ello, la tecnología se ha convertido hoy en un medio cada vez más homogéneo aún en su complejidad, que refuerza una suerte de vinculación y la jerarquiza. Material e ideológicamente la tecnología se presenta como una totalidad, un sistema técnico globalizado, por ello, es posible que esta sea un símbolo apropiado por el capitalismo, el cual ha logrado convertir en sentido común a través de la experiencia, impulsando en gran medida el acceso tecnológico a las más diversas sociedades, consolidándolo así en una vivencia cercana, cotidiana o en la condición de posibilidad de nuevas experiencias. Esto no significa que todos tengan acceso directo a internet  por ejemplo, o a un carro, pero es indudablemente la aspiración dominante y al mismo tiempo la fuerza más dinámica de la economía.

En este marco, la ideología del capitalismo vincula la tecnología a la realización de la libertad humana y el primer paso a la realización de una suerte de utopía, con el sello de la modernidad occidental guiada desde los centros económicos liderados por Estados Unidos y sus aliados en Europa y Asia.

Este conglomerado de elementos le dan fuerza a la frase más popular en contra de la posibilidad de un sistema diferente al capitalismo, a saber: “no puedes ser anticapitalista desde tu teléfono inteligente”. Esto es posible porque la tecnología misma se ha vuelto sinónimo de capitalismo. Lo que ésta nos da y nos posibilita es la realidad misma que hace palpable al capitalismo a nivel global como proceso de desarrollo constante. En este sentido, la tecnología es absorbida en el marco de la ideología dominante como una supuesta prueba de que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

La vinculación de las sociedades con la tecnología en términos amplios e histórico-concretos es parte “normal” del desarrollo humano desde las prácticas más cotidianas como el uso de transporte, el trabajo, la alimentación, etcétera. Pero la diferencia presente es que hoy tenemos una suerte de relación y vivencia con la tecnología punzante y en desarrollo, la más avanzada. Esto genera una aparente apertura del mundo concreto sobre todo para la subjetividad individualizada y moderna sustentada en simuladores virtuales, interconexiones globales, aumento de la velocidad, modificaciones físicas de los cuerpos, etcétera, y al mismo tiempo abre horizontes y nos muestra la tecnología que vendrá próximamente, avisándonos que lo que se presenta hoy, será superado en un corto tiempo.

Podemos interpretar esta situación como la continuidad de la ideología del Progreso, la idea de que entramos en un momento de la humanidad en la que todo mejorará y los ideales de satisfacción de las necesidades humanas y de libertad irán de la mano del desarrollo de la técnica y el capitalismo.

No obstante, esta fuerte narrativa que supone que la tecnología es la manifestación de superioridad del capitalismo se enfrenta al menos a 3 diferentes realidades que rompen con este matrimonio forjado tecnología-capitalismo y el discurso que existe a su alrededor.

La primera es la realidad histórica de la extinta Unión Soviética que estuvo durante mucho tiempo a la cabeza del desarrollo de la carrera espacial llevando al primer satélite, al primer  humano y a la primera estación orbital fuera de la tierra, además logró desarrollar una primera computadora soviética en 1951, el mítico videojuego Tetris en 1984, los programas antivirus y antispam en 1990, así como otro tipo de avances en telecomunicaciones. Es decir, el desarrollo tecnológico en países donde la propiedad privada de los medios de producción no existía, comprueba que el desarrollo de la tecnología no es el resultado de la libre competencia entre empresas que buscan ganancia y que un futuro distinto le esperaba a la tecnología hasta antes de la caída de la URSS.

En segundo lugar está la hoy superpotencia china que está integrada al sistema capitalista de manera muy exitosa abarcando toda la cadena de valor (desde producción de encendedores hasta los celulares más avanzados), sin embargo es un exitoso capitalismo planificado desde el Estado en alianza con grandes empresarios y consorcios chinos integrados al PCCH, así como el desarrolla de Zonas Económicas Especiales para inversión extranjera. Los históricos inventores de la brújula, la pólvora , el papel y la imprenta se han integrado a la modernidad capitalista a partir de una gran transferencia tecnológica de bienes y servicios de alto valor agregado dirigido por la planificación estatal. Lo importante aquí es que muere el mito del desarrollo de la tecnología dado por la “libertad” del capitalismo, la cual está teniendo más éxito en un país autoritario, sin democracia parlamentaria y con control estatal de las finanzas.

Finalmente tenemos la presencia del financiamiento estatal en las grandes innovaciones que recientemente nos deslumbran. Grandes ejemplos son el hecho de que la pantalla multitáctil se impulsó en la universidad de Delawer con financiamiento público o el internet fue desarrollado por un proyecto militar durante la guerra fría llamado ARPANET en Estados Unidos y posteriormente liberalizado. El hecho es que son pocos los productos tecnológicos de innovación que tienen éxito si no tiene detrás un impulso y desarrollo público y estatal.

Como demostró Bolívar Echeverría: no toda modernidad es capitalista, tampoco todo desarrollo tecnológico fue, es o será capitalista.